29.3.08

Sala de espera

Cuatro personas esperaban sentadas en los sillones de falso cuero blanco enfrentados como puntos cardinales. Se ignoraban educadamente como si no quisieran contagiarse ni siquiera con la mirada. Un hilo de música funcional hilvanaba la espera de todos. Yo entré y fui directo a la recepción; pero la había visto antes aún de entrar, calcado su rostro en el reflejo del mío sobre el vidrio blindado de la puerta. Ella se frotaba las manos, no digo, con inquietud, era otra cosa, y las volvía a poner sobre las rodillas. Miraba a un punto imaginario en el suelo, un poco más allá de la punta de sus zapatos y volvía a hacer aquello de las manos. Quién sabe por qué, yo, que venía de la calle pensando en nada e iba allí por otra cosa, empecé a preguntarme cuál sería la espera desesperada de aquella muchacha. Fue una flecha de piedad lanzada por el arco de su espalda erguida y altanera, y el gesto cóncavo y triste que lleva siempre una mujer derrotada. No, no siempre, quise decir esa mujer, en ese instante. Fue un picotazo al adentro y sentí de inmediato una culpa insignificante al comprender que ella necesitaba un auxilio que yo podía pero no iba a darle, porque no se estila andar por la vida empuñando una varita o una palabra salvadora o una daga para terminar de una vez con todo. Quise ignorarla porque yo venía a otra cosa, eso lo dije, pero mientras hablaba con la secretaria, no pude evitar prestar atención a esa urgencia de frotarse las manos como si estuviera esperando que un genio apareciera de una lámpara invisible. De pronto, sin dejar de hablar lo que yo hablaba y sin dejar de escuchar las indicaciones monocordes del otro lado de la mesa de fórmica, me ví a mí misma hace veinte años, en una sala parecida pero sin luz de la mañana colada entre las persianas, sin sillones de cuero ni otros ni secretaria. Me traje y me distraje en mi derrota. No dejé ni un momento de hacer mis preguntas operativas, incluso devolví una o dos sonrisas y atendí las explicaciones; sin embargo, era yo esta vez restregándome las manos en una espera desesperada, veinte años atrás, como si jamás hubiese salido de allí, como si en dos décadas no hubiese estado mirando otra cosa que aquel punto en mi mente, justo delante de mis zapatos. Y por extraño que parezca, en ese paréntesis obligado de la memoria, adiviné la cara de oprobio de los otros tres esperadores cuando en unos instantes yo me pusiera en cuclillas justo enfrente de los ojos de la joven, cuando moviera mi cuerpo para instalarme en el centro de su pensamiento; y presentí su desconcierto -y su alivio?- cuando le tomara las manos y le preguntara, como si hiciera falta, te puedo ayudar. Hay imperativos del alma que nadie te impone y que nadie puede impedir que te veas obligado a cumplir. La secretaria extendió entonces el papel para que yo lo tomara, lo apoyó sobre la mesa de fórmica para que pusiera en él mi firma y yo, que quise asirlo pero sucedió lo de aquella brisa a mis espaldas que lo hizo volar. Y entonces me dediqué a atraparlo aplaudiendo en la nada, persiguiendo la hoja leve y oscilante que se estacionaba en el piso encerado y yo detrás, y la hoja que aún insistía obstinada en patinar un poco más, separada del piso por un colchón de aire ínfimo, disparada limpiamente hacia la sala de espera, hasta que pude atraparla en un malabarismo ridículo y un malambo absurdo y certero. Y cuando me agaché y me extendí hacia el papel, en cuclillas, justo frente al sillón vacío, no tuve que darme vuelta para saber que era ella la que había provocado la brisa, la que había decidido no esperar más, dejar de tolerar; la que había huido, en fin, corriendo o caminando; quién sabe cómo hacen los demás para salir. En verdad, solamente queda el recuerdo de lo propio y el vaivén de la puerta entreabierta de las salas de espera de nuestra biografía.

6 comentarios:

Cecilia dijo...

Buenísimo Vesna!!! Me atrapó por completo. Brillante relato

sorjuana dijo...

Che, o ese taller autogestionario que están haciendo es muy bueno (el de B&T), o estás escribiendo espectacular! Me encantó, y lo mejor es que te leo y me dan ganas de escribir. Qué bien aprovechado ese tiempo de salas de espera...

A mí una vez una muchacha me paró en una avenida de Querétaro, yo en plena depresión postparto, desesperada. Me dijo "¿Te puedo ayudar?", precisamente; yo le dije que no (porque así era), pero en el corazón me sentí como reconfortada por un ángel. A uno no le parece normal que alguien tenga semejante arrojo con sus semejantes, salvo que sea un ángel.

vesna kostelich dijo...

Bueno, en este caso, creo que la narradora, más que un ángel del cielo, se reconoce intuitivamente en el mismo infierno...
Acaso, en otro plano, no hace falta algo de esto para que una relación sea amor verdadero o amistad genuina?

Juana dijo...

Recuerdo una vez que me bajé de un ómnibus (lugar en el que ya me ha pasado de todo) y sentí que todavía debía llorar un ratito antes de llegar a casa. Así que me recosté contra una pared a descargar un poco de la angustia con la que viajaba.
Un minuto después una mujer se acercó a asistirme. No solo me preguntó si precisaba ayuda sino que me indicó dónde vivía y que no dudara en ir hasta allí a usar el teléfono o lo que fuera. Cuando esta mujer se había alejado unos metros, paró una segunda mujer. Esta insistió en saber la causa de mi comportamiento. Tanto insistió que terminé diciéndole: "No es nada malo, no se preocupe, solo estoy emocionada." Entonces le cambió la cara, se sonrió de oreja a oreja y con los ojos vidriosos dictaminó: Estás embarazada!!!
Me dio pena decepcionarla y le devolví una mueca ambigua. Ella igual estaba convencida.

Definitivamente no estaba tan sola, ni siquiera en la calle anónima. De todas maneras salí corriendo a mi casa. No tenía fuerza para enfrentarme a un tercer ángel!

vesna kostelich dijo...

Qué anécdota genial. Faltaba que dijeras: "por el amor de dios! podrían dejar de interrumpir mi llanto con su ayuda!!!". Fuera de broma, alguna vez me pasó esto de tener pudor de recibir ayuda, la vergüenza de exhibir el propio desamparo que suma un dolor más al que ya uno traía. No me enorgullezco de esto, que quede claro; a pedir ayuda y aceptar la que otros ofrecen, a veces se aprende de vieja...

mario dijo...

Me pareció un relato por demás inquietante, muy bien escrito, con palabras bien elegidas, certeras además, en fin, me gustó mucho.
saludos desde Argentina,