6.10.10

Caperucita Feroz*

Ya no se oyen los aullidos de la manada. La luz es cada vez más turbia pero aún le resta un buen trozo de bosque por cruzar. Su cuerpo avanza sigiloso y mudo a través de la nieve. Cada tanto el crujido de una rama lo alerta; se detiene y tantea el aire con esa nariz como de cuero húmedo que tienen los lobos. Lo hace para orientarse y también para beber el aroma de la madera de los álamos que exhiben, inofensivas, sus garras desnudas. Con cada exhalación una nube de vapor se forma en el aire gélido sobre su cabeza y se desvanece; parece que lo persiguiera un fantasma. Las patas desmesuradas dejan un hilván de huellas a través de los troncos negros y pelados como rejas. De pronto la ve allí, como si hubiera salido de la nada. Está de pie a corta distancia, revelada a medias detrás de un árbol. Con una contracción imperceptible, el lobo baja un poco la cabeza y apenas retrocede sin dejar de mirarla a los ojos. Su instinto lo sosiega: no es un cazador, es solo una niña, una hembra humana, cachorra, como él, cruzando el bosque en sentido contrario. No quiere asustarla ni quiere huir. Algo hay en ella que lo deslumbra y lo desespera a la vez: formas que nunca ha visto, sensaciones y olores que no sabía que existían. Sin gestos ni palabras aquel organismo lo desafía a perder la cautela y acercarse más. Tal vez sea por el presentimiento de esa piel nacarada y fina como la de una muñeca de porcelana; tal vez por la inocencia salvaje de su mirada. Al acortar la distancia, la fragante acidez de sus axilas y el vaho de un pubis infantil que de lejos intuye poblado de un vello incipiente y rizado, le adormece los sentidos. Su naturaleza astuta y prudente cede ante el anhelo de una caricia. Se acerca a la niña haciendo un rodeo; agita la cola manso pero con tanta convicción que el movimiento le nace de las costillas; los últimos pasos hacia ella los da doblegando las patas delanteras y ofreciendo el tupido pescuezo en señal de entrega. Pero como en todo gesto de sumisión, su cuerpo declina la pretensión de ver de cerca aquello a lo que por amor se ha sometido. Por eso no ve la daga desde siempre engarzada en la pequeña mano lampiña. Y no reconoce en el pecho el calor de la sangre sino la tibia caricia; y en la nieve humeante que se tiñe cree ver solo el gorro rojo que su niña ha dejado caer. Por eso el lobo no entiende, por eso no puede levantarse, por eso no sobrevive. *El título del relato es el mismo del taller que lo motivó y del cual participé el pasado septiembre: "Caperucita Feroz, arquetipos femeninos e historia personal", dictado por Gabriela Onetto y Gabriela Palma, el cual recomiendo con énfasis.

8 comentarios:

Su dijo...

¡Qué excelente relato, Vesna! Mientras leía, las palabras se transformaban en imágenes de una película que corrió por mi monitor. Un montón de expresiones poéticas me envolvieron y, como el lobo antes de entregarse a la daga, terminé sin saber si ese amor por la niña fue realidad o sueño. ¡Qué importa!

Eleuterio dijo...

Pobre lobo.

Eleuterio dijo...

Ella es una perra.

vesna kostelich dijo...

Lobos del mundo, uníos...

sorjuana dijo...

Ya lo decía yo: este texto está espectacular... Menos mal que insistí en darle su lugar.
Me encanta. Absolutamente. Revisa únicamente la necesidad del final explícito (lo de que no sobrevive). Es estupendo, estupendo.
El taller en verdad es "Caperucita Feroz: arquetipos femeninos e historia personal". Si bien se usa la escritura, el énfasis está en ese trabajo de exploración sobre cada una. Que salgan productos de interés literario es un efecto colateral, generalmente con la trampa de contar con alguna que otra buena escritora en el grupo :-)

vesna kostelich dijo...

"Que salgan productos de interés literario es un efecto colateral..."

Bueno, jeje, lo será para las coordinadoras y los objetivos del taller. Algunas participantes tenemos nuestros motivos recónditos... :) Me hace acordar a cuando empecé un curso anual de guión para TV, que cursé con quien era entonces, la más grande: María Inés Andrés. Yo tenía 20. Eran todos técnicos, productores, guionistas. Cuando la Andrés, con sus dos bastones y su mirada de bisturí me preguntó "y usté, qué quiere acá?", yo le respondí con tanta convicción: "quiero aprender a escribir sobre un personaje literario como si llevara una cámara al hombro". :)

sorjuana dijo...

Me refería a que "arquetipos femeninos y escritura" pone más el énfasis -la promesa del taller, porque se trataría del título- en lo literario, algo que en realidad no está en el epicentro. El nombre es "arquetipos femeninos e historia personal", porque de última ese es el eje del asunto, si bien una de las herramientas principales es la escritura.
De todos modos, me quedé muy contenta de que las que escriben como forma de expresión habitual se hayan sentido especialmente motivadas en esa dirección, con toda la polvareda que levantó el trabajo mismo y lo que intentamos enseñarles de las diosas, etc
Sabrás que esas "motivaciones recónditas" son la razón de ser de mis talleres, pero acá, por ejemplo, no se puede leer lo que escriben todas, etc. Por eso te comenté lo de "escritura". Las expectativas pesan y la propuesta es limitada.

cecilia dijo...

Me encantó este texto con imágenes tan certeras, como la daga de la niña :)
Un lobo sumiso, una caperucita feroz...de esos hay también.
Buenísimo, gracias!