1.9.11

Esta esperanza de miércoles

No es que me moleste la basura, pero es como si hoy alguien hubiera descargado un contenedor entero frente a la Plaza Cagancha, junto a la glorieta. El viento no ayuda, juega nomás. Las bolsas vuelan como palomas de plástico; hay calesitas de hojas, botellas y boletos.
Es temprano. Creo que soy la única en este salón interminable. El mozo me trae el cortado y la medialuna; corro un poco la laptop y la libreta para hacerle lugar y por las dudas.

Recién despiertos, los habitantes de la calle se van acercando al montón de deshechos a buscar algún desayuno. Tres hombres y una mina. Uno viene atrás, rezagado, y no quiere soltar su sobre de dormir; primero lo lleva como una capa, después lo arrastra. Me contagia el bostezo. Se refriega los ojos y camina en zigzag barriendo el cemento; tiene la barba larga y complicada, pero parece un niño sonámbulo tirando de la punta de su frazada tras una pesadilla.

Unos encuentran un pan y otros unas frutas y vuelven al banco. Los observo a través del vidrio del bar. La mujer sacó un cuchillo para pelar una naranja. El cortado caliente y amargo me incendia la garganta.

La Lupe le puso voz a un pensamiento que me anda rondando desde hace semanas: ¿cómo llegamos a esto? No digo a la pobreza, eso se sabe. ¿Cómo fue que nos acostumbramos?

Si alguna vez esperamos o desesperamos, es claro que ya no.

¿Es el dejar de esperar lo que nos ha quitado la furia y la valentía sobre la que cabalgaba nuestra esperanza?


Ahora ha brotado una niña de una bolsa de papas rellena de diarios. Se para y corre a las palomas de verdad. Veo a la gente despertar aterida y húmeda en la calle, arrastrar su humanidad por un pan duro.  Yo observo, tomo mi café y, enseguida, en un rato, voy a escribir algo lindo y cierto y bien pago.

En mi biografía -en relación a los vínculos y las posesiones- dejar de esperar, dejar que los deseos vuelvan a enrollarse y dormirse, ha sido el talismán para encontrar la paz interior y, paradójicamente, hay veces, toparme por azar con aquello que esperaba (Por algún motivo pueril y egoísta, tengo temor de que al confesarlo deje de suceder, sin embargo voy a arriesgarme).

A veces, dejar de esperar es la mejor manera de encontrar.

Pero no puedo renunciar a esta otra esperanza que saca la mano de la basura y dice aquí estoy, te duele porque estoy, no tenés paz porque estoy. Renunciar a esa esperanza es un movimiento inútil de la voluntad porque no depende de ella. Como no es posible conseguirla con solo desearla ni quitármela de encima como un disfraz. La esperanza es un don. Como el amor.


Pero la única manera de lidiar con una esperanza que sigue encendida es hacer algo con ella. Y parece ser que a ella no le alcanza con que yo  ponga un papel en una urna cada tantos años. La esperanza inmóvil quema, duele, se hunde en la carne. Es una brasa encendida que nos incinera por dentro. Como el amor. (Desde la marcha de los Indignados un amigo hizo un cartel con lapiz labial en un trapo: "es amor, y lo llaman revolución").

Es Vitamina E, dijo Galeano en la plaza Catalunya, a quien todavía quisiera escucharlo, hablando de lo bien que viene una buena dosis de rebeldía y esperanza.

Habrá que hacer algo urgente porque unos se mueren de frío y otros nos estamos convirtiendo en cenizas.

Y si no, claro, está la opción de hacer, manso y tranquilo, la cola para que te apliquen la inyección diaria de anestesia local.



Ya no te espero
ya estoy regresando solo
de los tiempos venideros
ya he besado cada plomo
con que mato y con que muero
ya se cuándo, quién y cómo.

Ya no te espero
porque de esperarte hay odio
en una noche de novios
en los hábitos del cielo,
en madre de un hijo ciego,
ya soy ángel del demonio.

Silvio Rodríguez

8 comentarios:

Anónimo dijo...

pongo la moneda de oro y hago una reverencia ante su capacidad de hacerme ver las cosas esenciales.

guadalupe dijo...

poder nombrar el horror con hermosura, si eso no es arte, que es entonces? Gracias Ire.

Vesna Kostelic dijo...

Hoy me dí cuenta que la fecha en la que en realidad hice estas notas, era el día de los desaparecidos. Yo lo sabía, y todo y la marcha, pero desde algún lugar -tal vez también por las derrotas- nace con fuerza esa evidencia del derecho humano urgente, inaplazable, el derecho a la vida digna aquí y ahora.

Gracias por pasar y tomarse el tiempo de leer; qué va, las reverencias son todas mías.

Flor Barindelli dijo...

"Yo pisaré las calles nuevamente".

Ire, te siento en medio de un retorno renovado a las calles, al mundo exterior, a lo público. No a la literatura, no. Esto es otra cosa. Me alegro de esa "salida", de esa pisada esperanzada sobre las calles húmedas de Montevideo.

Vesna Kostelic dijo...

Bueno Juanita, te garanto que es verdad eso de que agarré la calle (aunque no sé si en el sentido que vos decís, je). La literatura me importa un pepino, pero escribir es un hueso que no suelto, cuestión de supervivencia.
Gracias por pasar. A vos te voy a leer hoy de noche...

mario capasso dijo...

textos como éste hacen que uno admire y respete tu obra, Vesna, que es muy necesaria,

Vesna Kostelic dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Vesna Kostelic dijo...

Gracias Mario. Si lo que yo escribo en necesario, lo suyo es indipensable. Tus palabras me hacen extrañar esos abrazos virtuales que uno daba en Facebook.