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23.5.14

Amurados 





Artículo publicado
en 
Replicante, en agosto de 2011




En poco tiempo, millones de personas pegamos el salto desde 
el mero mail y el chat a otras zonas más complejas 
de la comunicación vía internet: Facebook, Twitter y sucedáneos.  La buena noticia: podemos vincularnos con nuestros lejanos seres queridos, conocer otras personas, intercambiar información 
o encontrar entretenimiento. La mala: la gran cantidad de tiempo que, de pronto, insume en nuestra vida y la tangencialidad 
y el carácter compulsivo que suele caracterizar el intercambio. Esta nota trata de este espacio vincular nuevo que aún no comprendemos del todo, de la adicción y las secuelas que este paradigma de relación social imprime en nuestra vida.






“¿Cómo? ¿Todavía no estás en Feisbuc?”. La frase se la escuché a una de 60 dicha a otra de la misma generación, ambas esperando a sus nietos en la puerta de una escuela.
No importa la clase social ni la edad, cada vez es más raro estar fuera de las redes sociales.

Algunos usuarios se entusiasman con los beneficios de la comunicación horizontal en pos de la divulgación de un emprendimiento, una convocatoria o un negocio.  Otros, en cambio, nos regodeamos en el placer de tener con quién compartir música o viejas películas, hallazgos de YouTube, esa bendita caja de Pandora en la que siempre hay la esperanza de encontrar lo que creíamos perdido en las brumas del olvido.

Muchos nos abandonamos al tsunami emocional de recuperar el vínculo diario con personas que estaban -ya no- lejos en el espacio o el tiempo. Hay quienes se entusiasman participando de campañas o ejercitando el músculo intelectual en debates de índole política o cultural, o intercambian información o lecturas como figuritas de un preciado álbum de historia personal. Están los fanáticos de la broma fácil, los políticos que dicen buenos días desde el Twitter, los que que desvisten o trasvisten su alma,  los que dictan cátedra, los del lenguaje críptico o hiperbólico, los que navegan para pescar algún romance.
Como es mucha la tela para cortar, es indispensable delimitar el retazo que nos ocupa (la aclaración, por otra parte, podría aplicarse a cualquier tema en el cual al pararnos en medio perdiéramos de vista los bordes). Por eso, aunque sea de suma relevancia, no vamos a tratar aquí la democratización de la información que facilitan las nuevas plataformas, ni lo revolucionario y masivo del sistema  (aunque lo verdaderamente revolucionario, conservador o, sencillamente, estúpido, es el modo en que la gente lo utiliza). Tampoco es tema de este ejercicio el retroceso o no del periodismo clásico en pos de una mayor circulación horizontal de la información ni la incertidumbre acerca de quién y por qué la produce.

Los párrafos que siguen son un hilván de fotografías recién reveladas y colgadas de una cuerda. Postales enviadas durante una travesía a través de las redes sociales, particularmente, en el territorio virtual del Facebook. Muchas de ellas, si no todas, surgen de apuntes tomados durante semanas y meses -en un principio, sin sistematicidad alguna- a partir de reflexiones y preguntas propias y de amigos, usuarios regulares o auto diagnosticados adictos al Facebook.

Pero, ¿qué es lo adictivo? ¿Qué se pone en juego en el acto del intercambio personal en internet? ¿Cuál es la calidad de las relaciones en esta nueva fábrica de vínculos? ¿Cuál es el impacto de las redes sociales en nuestra vida cotidiana?

Partimos del supuesto de que las redes sociales llegan con un formato ideado para dar (se) permiso, para conceder (se) deseos, para soplar la herida que a nuestra existencia infringe el sablazo del estilo de vida contemporáneo en las clases medias occidentales. Esto es, la imposición cultural e inamovible de una estructura clásica de familia; la postergación de la realización personal en pos de la supervivencia o el progreso; la rutina y el tedio que nos condena, a la larga, al ayuno de vínculos significativos; el siempre latente pero paradójicamente postergado apetito por la belleza.

Como última advertencia vale aclarar una toma de posición: desde la invención de la rueda hace seis milenios al contemporáneo “Me Gusta” de Facebook, es un error pensar que una herramienta tecnológica viene a instalar necesidades que antes no existían.  En este trabajo se parte de la suposición de que las redes sociales no inventan nada; que, en cambio, interpretan, son emergentes de una época y facilitan el resurgimiento de formas de vincularnos con nosotros mismos y con los otros.


I– Un millón de amigos

¿Qué necesita cada uno para considerar a otro, un amigo? Alguien en un Muro dijo, con razón, que la pregunta tiene tantas respuestas como personas la formulen.

En los vínculos virtuales el perfil de las identidades se conforma con apenas algunas imágenes, un par de referencias biográficas y algunos comentarios. Mostramos la punta del iceberg de nuestra forma de vivir y de ver el mundo. Esta configuración es suficiente para dejar sentadas las bases de la afinidad e iniciar una relación. Habrá quien se rasgue las vestiduras por tamaña frivolidad, pero resulta que la fórmula no es otra que la aggiornada versión analógica del “¿trabajás o estudiás?”, proferida tantas veces para hacer contacto en la oscuridad de un boliche o una fiesta, al amparo de la madrugada.

Dejando de lado a los coleccionistas de contactos –todo un tema aparte que refiere al asunto borgiano de los abominables espejos que como la cópula multiplican el número de los hombres, es decir, del propio ego-  la primer cuestión es que la red social, de pronto, nos propone convivir con personas cuyo nombre y foto nos acostumbramos a ver al pie de la pantalla y con los que cambiamos opiniones.

Amigos cercanos, lejanos, conocidos y desconocidos. Personas que por un instante nos emocionan, nos enriquecen, nos hacen pensar o reír, nos provocan, nos enfurecen por su estupidez o nos inspiran sueños eróticos. Sujetos con los que llegamos a compartir la misma sensibilidad hacia la música, el arte o la literatura, similar afinidad ideológica o una entrañable hermandad en el sentido del humor.

La selección de algunos, en la incalculable paleta de gustos, marca las reglas del juego. Invocando a Bourdieu
[1]: por mis gustos me distingo y tengo un rol en el juego y por sus gustos sé para dónde patea el otro. El gusto es la vara sagrada que divide las aguas. Buen gusto, mal gusto, gusto a poco, mucho gusto. Me gusta. He aquí el campo de batalla del Facebook. Una cancha delimitada por la intersección de los gustos y la complicidad. Lo interesante del deporte depende de los declives, los baches y las proezas de cada atleta. El tamaño de la apuesta depende del capital simbólico y emocional que cada uno ponga en juego.

En Facebook se conforman guetos inofensivos, multitudes que observan, apretadas rondas, círculos de distinción: “All in all it's just another brick in the wall”. Y si alguien desentona demasiado, lo quitamos de la vista en el Muro, o lo borramos sin culpa con un solo clic.

A diferencia de la vida real, no hace falta mucho más para alejar a quienes consideramos o nos consideran imbéciles. El gusto es el rifle sanitario del Facebook. Y disparar puede volverse un inesperado deporte cotidiano.

II.  (No) me gusta cuando callas

En la mayor red social del planeta, el Me Gusta inclusivo, el que habilita y distingue, tiene varias modalidades: aplicar un Me Gusta, comentar, compartir o “robar” el post para el propio Muro, enviar un mensaje privado o dar un Toque, ese gran enigma semántico. 

Es paradigmático, en cambio, el reclamo de muchos de los usuarios de la plataforma ante la no tan sencilla posibilidad de distinguirse con un No me gusta excluyente. Si así fuera, sería aburridísimo. Para expresar disgusto en el Facebook no alcanza con un clic. Una manera usual de excluir al otro es ignorarlo sistemáticamente. Si es un ser realmente despreciable o fastidioso, su Muro se convertirá muy pronto en un páramo solitario de tristes mensajes a sí mismo.

Lo interesante es que, para expresar un No me Gusta inclusivo -sin duda el más apetitoso del hambre de vínculos-, hay que trabajar, poner de uno mismo, pensar y debatir, decir, al menos una pavada, un emoticón hecho de puntos y corchetes. Recién entonces la plataforma le da al usuario la opción del dis-gusto.

Pero casi nadie usa el botón Ya no me gusta. Hacerlo –lo cual no estaría nada mal- supondría que el sujeto se entregó seriamente a un intercambio: escuchar, argumentar, volver a escuchar, hacer una devolución, volver a escuchar y, al fin, si no hay consenso, disentir o disgustarse: ya no me gusta. Pero la profundidad en las discusiones no es algo, ni de lejos, característico de la red social.

Por otra parte, los disparos de este juego no son otros que la munición gruesa de las palabras, lo cual aumenta el riesgo de lesiones, heridas graves y tarjetas rojas. La palabra escrita dista mucho de la diáfana oralidad, y los malentendidos y disputas completamente inútiles son el alimento preferido del monstruo que habita en el centro del Facebook. En esto, quienes dominamos un poco más la herramienta escrita, tenemos una pequeñísima ventaja. El otro lado de la moneda es que, confiados en ella, damos rienda suelta a la compulsividad en el decir, el decir de más y el leer entre líneas discursos que muchas veces no fueron dichos con la intención que creemos estar escuchando.

¿Qué estás pensando?, propone el sistema.  Las discusiones que se suceden debajo de una barra de estado nunca son muy largas. ¿Podrían serlo, acaso? Los Muros no están pensados con la dinámica de un Foro habilitado para construir un sentido sobre los retazos de sentido de los demás y en el que es posible buscar un tema, retroceder, retomarlo.  (Curiosamente, en Buenos Aires, y aproximadamente desde los ´80, cuando queremos decir que alguien pretende ser lo que no es, decimos que hace face.  Un book, por otra parte, es el nombre que se le da al catálogo con fines de venta de las top models. No solo, pero también por esa asociación de ideas, el Facebook me resulta más parecido a un beauty contest que al brainstorming en el que pretendemos transformarlo).

Algunos debates pueden ser intensos pero suelen ser tangenciales y, sobre todo, fugaces. Si algo bueno pasó, lo hizo rápidamente. Los intercambios de ideas que únicamente están atados a los Muros –y no a otros enlaces menos efímeros- son material descartable. Lastimosamente, las más largas cadenas de comentarios suelen rondar alrededor de los temas más irrelevantes. Ni más ni menos que como en la vida misma.

No obstante, la gracia –en sus múltiples y hondos sentidos-  del juego está menos en ese Me Gusta superficial anque bipolar, que en el volcarme por lo que no conozco, por lo desigual. Lo que Me gusta pero me invita al intercambio. Lo que No me gusta pero me hace ceder a la tentación de rozar nuestras diferencias, de tocarnos y, a veces, sacarnos chispas.  Lo que me gusta es lo que me completa y no me sobra, dijo una amiga en su Muro.

Y aunque esta funcionalidad no sea altamente adictiva y, mucho menos, mortal, es también una dulce droga a la que nos gusta someternos en las redes sociales.


III. Todas las voces todas

N.B., el amigo más real que tengo en la vida real me dijo, antes de convertirse en adicto al Facebook, “es lo más parecido a morirse e irse al infierno: tu pasado, tu presente y tu futuro están vigentes al mismo tiempo ante tus ojos”.

La configuración de las redes sociales nos permiten ser coleccionistas de personas. Tener, sin mayores problemas, la fantasía de pertenecer a un grupo que supera el tiempo, la distancia, el grupo etario y social y otras variables menos definitivas pero que se articulan de un modo diferente fuera de la red: el estado civil, la orientación política, la profesión.

El roce con el otro puede ser insignificante. Hay siempre una presencia latente, agazapada. A veces, en el silencio de la noche, cuando veo aparecer tres, cinco, diez pequeños globos de diálogo rojos sobre el ícono de un mundito azul, me siento un poco como Damiel, Cassiel o Rafaela sentados en la estatua de la Siegessäule sobre Berlín escuchando los pensamientos de la humanidad. Si se aguza el oído, se pueden oír los devaneos de las personas en la soledad de sus hogares, en la soledad de unos pasos sobre el empedrado, en la soledad del bus lleno de gente. Esas conversaciones internas ven la luz por un instante, son ofrendas fugaces a otros ángeles urbanos caídos, fantasmas taciturnos que también están solos, suspendidos en esa franja del blanco y negro, separados de la manzana roja y jugosa de la vida real.

En ese umbral confortable de ver sin ser visto, de escuchar sigilosamente y estar no estando, a salvo, del lado inmaterial de los ángeles, está la adicción.

IV. El caballero inexistente

En la novela homónima de la trilogía de Calvino[2] hay un legionario que no existe pero cree que existe; la voz sale de la armadura del caballero Agilulfo como de una gruta porque la armadura está vacía. No obstante, Agilulfo es el primero en levantarse al amanecer y se dedica a lustrar su armazón hasta que el brillo de su yelmo ciega al mismísimo sol. Es el más valiente en la batalla. Jamás retrocede. Los principios que lo guían son inquebrantables. Los demás lo siguen, lo admiran. Su condición es digna del elogio -léase Me gusta- del mismísimo Carlomagno. Pero, atención: su presencia es tan verosímil que casi llegamos a olvidar que el hidalgo Agilulfo no existe, que se mantiene en pie gracias al acero de su voluntad y la creencia de los otros.

La repetición minuciosa de las mismas cosas, los idénticos pequeños detalles de su forma de ser y hacer las cosas, lo convencen de su presencia en el mundo.   Por eso –y solo por eso- Agilulfo no es un cretino. Es noble y leal. No miente: cree en su existencia porque cree fervientemente en los protocolos que la confirman.

A veces sucede que en las redes sociales, la materia que forma al amigo, así sea un desconocido o una compañera de escuela que no vemos hace dos décadas, está formada por la armadura de los pocos datos que delinean su perfil, unos vagos comentarios y un par de gustos.

El resto, la mayor parte de la sustancia de ese otro, suele convertirse en carne por obra y gracia de nuestras proyecciones, nuestra fantasía y nuestra voluntad. Cuántos nos hemos preguntado alguna vez como el Mario Levrero de La Novela Luminosa echado en la cama junto a su amada: “¿este vínculo es cierto  o lo estoy imaginando todo?”.  La duda no es fortuita, porque necesito que ese otro sea tal y como lo imagino. No importa que, efectivamente, lo sea porque la tangencial relación con ese amigo o amiga no es real, no tiene impacto en mi vida (¿no es real?, ¿no tiene impacto?). Eso queremos creer.

Cuando nos damos cuenta de que la huella de ese otro virtual deja una marca real en nuestra vida, pasan dos cosas: o enloquecemos de euforia y ansiedad -como si nos diéramos cuenta de que vivimos con un fantasma- o, paranoicos, empezamos a quitar amigos compulsivamente de la lista hasta verificar que cada uno de los nombres tiene un sentido.  Tal vez Facebook hubiera salvado a Levrero al demostrarle que no estaba solo, que varios millones de personas viven alimentando conexiones íntimas, invisibles, aparentemente ilusorias, de un alto grado de espiritualidad.

En el Caballero Inexistente de Calvino hay al menos otro personaje que interesa al zoológico de las redes sociales. Se trata de Gurdulú, escudero de Agilulfo; un sujeto que sí existe pero que no sabe que existe. Y como desconoce su propia existencia se identifica con todo aquello que ve: cree que es una pera al ver rodar por el prado los frutos de un peral, se cree rey al ver pasar revista a Carlomagno. Me recuerda a tantos de nosotros, usuarios de las redes sociales, los seguidores de, los que no saben –hasta que lo descubren y ahí sucede la magia-  que tienen tanta existencia para ofrecer.

¿Qué provoca más movimiento interior, el vacío o la plenitud? 


Los muros de Facebook están habitados por Agilulfos y Gurdulús. Aunque muy pocos quisiéramos admitir que a veces, en la vida o en la red, vivimos como armaduras vacías o no sabemos quiénes somos en realidad.  La red social nos habilita y nos motiva a completarnos unos a otros, a seguir y ser seguidos con devoción; a rellenar, a veces, lo inexistente con la cabal materia de nuestra fantasía.

En el movimiento hacia lo que no soy y quiero ser, y lo que el otro no es y quiero que sea, en esa maravillosa operación de supervivencia de la voluntad, también está la adicción de las redes sociales.

V. La enamorada del Muro

¿De qué sustancias químicas se componen los deseos? ¿Cuál es el motor que lo pone en marcha y lo mantiene encendido? ¿Qué hace que personas a las que no conocemos en absoluto excepto por una cantidad limitada de caracteres, se vuelvan deseables?

El deseo, como el gusto o el apetito, no se teje de abstracciones ni enunciados. El deseo es algo primitivo. Deleuze afirma que uno nunca desea a una persona sino al paisaje que la envuelve. Uno desea el paisaje que ve reflejado en la mirada ajena. Esa mirada está amueblada de pensamientos, de viejas canciones, de palabras y de silencios que pueden ser tan densos como la corporeidad. Pero no se trata de una naturaleza muerta. En el centro de ese paisaje está, sobre todo, uno mismo, transformado e incluido en la mirada del otro.  El lente miope de la cotidianeidad convierte a las personas que nos rodean, -amigos, familia, pareja y a nosotros mismos- en personas sin paisaje. Nos volvemos invisibles por el hechizo de la costumbre.

Así como un alcohólico no bebe porque desea la bebida ni un escritor escribe febril porque desea la escritura, deseamos a una persona para crearnos un nuevo lugar en el mundo, real o imaginario, una región distinta, una zona liberada. Deseamos al otro por esa zona del nosotros hecha de planicies visibles e iluminadas, pero mucho más lo deseamos por los sombríos socavones llenos de presagios que ese nosotros supone. El valor de esa operación interior del deseo en movimiento es incalculable y a veces no importa qué tan real sea el destinatario. Lo que importa es el viaje a esa nueva geografía.

La recuperación del propio deseo es lo más adictivo de las redes sociales. Y, hay que advertirlo, nadie con una cuenta en Facebook, libertad para elegir y tiempo para robarle al día o la noche, está libre de una sobredosis.

VI. I want to believe

Desde el ´93, cada martes durante 8 años, el canal Fox ponía los X Files.  Éramos varios los acólitos del cínico y sufrido –infalible fórmula seductora- agente Fox Mulder y. otros tantos. los que se ratoneaban con el cerebro hiperdesarrollado de la astuta -y robusta, para qué negarlo- Dana Scully. En la saga, los agentes enfrentan cantidad de casos de abducción, misterios paranormales y experimentos del FBI.

Mulder y Scully se admiran mutuamente y son capaces de dar la vida el uno por el otro, se cuidan, se aman en silencio, con ternura y haraganería. En cada minuto de la serie se mantiene, tensa, la cuerda del erotismo. Cuando la fibra amenaza con romperse y el auditorio está por colgarse del ventilador de techo de los nervios,  la agonía amorosa entre Mulder y Scully se derrama, no en una buena cama con resortes como debe ser, sino en el inmaculado lecho de la ironía:

Mulder:-Oye, Scully…
Scully: -¿Si?
Mulder: -Te amo.
Scully: Ah,  ahora esto.


Chris Carter, el dueño del kiosco de los deseos insatisfechos y los aliens, lo sabía perfectamente. Aquello que mantenía inamovible la columna de fieles no eran ni las conspiraciones de la CIA, ni la telepatía, ni el cáncer negro, ni las clonaciones, ni los zombis, ni las posesiones de vientres fertilizados por extraterrestres o los monstruos salidos de los sumideros. No. Lo que nos tuvo en vilo durante más de 500 capítulos fue la dulce y dolorosa tensión de ese único beso que Mulder y Scully no se daban. Un beso siempre al borde del presentimiento, un beso perfecto instalado en el por-venir.

Se dice que hasta hubieron manifestaciones de seguidores de los X Files -gente prosaica sin sentido lúdico ni resto para la fantasía- frente a la casa de Carter.  Le exigían con todo y pancartas, que hiciera algo acerca del maldito beso. El tipo, muy hábil, sabía que la serie y sus finanzas dependían de ello y, en más de una oportunidad hizo trampa con algunos memorables capítulos de besos falsos: o Scully tenía un ataque de amnesia cósmica y olvidaba que él la había besado, o Mulder no era él sino su clon, o todo había sido un sueño. Besos de engaña pichanga. Foja cero. A la semana siguiente, los protagonistas seguían arrastrando la nostalgia del amor no consumado y, mientras tanto, resolvían algún que otro misterio. El recurso literario se usó muchas veces después de los X Files, pero en su momento, el truco tuvo su costado novedoso.

¿Qué es más poderosa, la esperanza de un beso o el beso mismo? ¿Qué es más cautivante, la certeza o el presentimiento? El poeta ebrio tiene su opinión formada: no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Ahora, vuelva a leer todo lo anterior pero olvídese de los ovnis y mueva los argumentos a las relaciones humanas de afinidad en las redes sociales. Ahí descubrirá la naturaleza de la más deliciosa y perversa de todas las adicciones del Facebook.

VII. El planeta invisible

“No es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina: la psicología. Las otras están subordinadas a ella”, afirma Borges en su Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Allá por el año 94, bauticé mi primer cuenta de mail con ese nombre: tlon, seguido de la arroba -que costaba encontrar en el teclado- y signada por el nombre de un pequeño servidor casi artesanal.

Hoy, la red social más grande del mundo es, cómo dudarlo, ese planeta en sí mismo. Un mundo sin accidentes orográficos ni abismos. Un orbe redondo y rumoroso. Hasta las instituciones, los ministerios, los organismos públicos o privados están obligados a ponerse a la misma altura que todos los demás. Todos eligen, nadie gobierna; excepto la deliciosa tiranía de la adicción. Los usuarios somos una llama unida a otras, pocas o muchas sin vocación de fogata. El mar de fueguitos de Galeano, pero al revés.

El Facebook es ese laberinto separado por muros y calles laterales, una anarquía de Estados
individuales, un infinito planeta en donde cada uno es dueño de una porción de mapa, y en donde los mapas solo sirven para perderse alegremente. Es una ciudad, una más, la más colosal de las ciudades invisibles de Calvino, en donde cada uno posee la partitura de una estrofa de esa gran canción de las tribus de Chatwin, la letanía interminable y atonal del planeta.


¿Adónde va todo ese universo de ideas, de filosofía barata, de estupideces, de amores y rencores? ¿En qué fuego se cuece tanta carne puesta en el asador? ¿Cuál es el servidor que contiene el alma y la vida de 500[3] millones de personas?

Somos nosotros y no una oficina de Palo Alto los servidores de esta nuestra Matrix de pantalla plana. Somos los anfitriones y los esclavos del fragmento de maravilla que nos toca, que nos cambia en algo la vida, que nos quema por dentro, nos ilumina o nos quiebra. Una de estas cosas, o todas a la vez.

Como en las redes sociales, las cosas en Tlön tienen también la inevitable tendencia  a desaparecer y a perder los detalles cuando los habitantes de esa región las olvidan.  Los Muros pasan en videoclip, los temas de inaplazable tratamiento son suplantados por otros, los pensamientos circulan veloces hacia ninguna parte. Es imposible asirlos, se van como arena entre las manos.  Y con ellos, se nos va la vida y el tiempo.

¿Tenemos el poder de elegir sobre nuestro retazo de maravilla? La decisión oscila, pendular, entre la adicción del deseo pendiente o la piel del deseo. Es nuestra la mano que pone leña al fuego y mantiene encendida esa pequeña llama de belleza aun sabiendo que es efímera. Es nuestra la decisión de ser un ladrillo más en la pared o saltar olímpicamente los muros. Las redes sociales pueden ser un techo estrellado para nuestro desamparo -lo cual en sí es perfecto- o un simulador de lo que podemos ser y hacer con nuestro mundo interior en la vida real.

Podemos seguir escuchando los susurros por encima de todo, cerca de los seres celestiales y la eternidad o elegir el camino de Damiel y dejar caer la armadura que nos sostiene, solamente para sentir el crepitar de la manzana roja y fresca en la boca. Nadie más que nosotros mismos tiene la soberanía de elegir entre el romántico estertor de una carcasa vacía o el toque de un ángel amigo con una sonrisa en 4D. 

Los platos de la balanza se equilibran y en la palma de la mano están esos gramos de plomo que la inclinan suavemente. No hay juicios sobre qué lado de la vida elegir porque ambos son, a su manera, valiosos. Pero quisiera no olvidar que tenemos el poder de hacer crecer una flor verdadera de una semilla imaginaria. 

En las redes sociales, como en el Tlön de Borges, el contrapeso que podríamos poner para que la belleza y la amistad existan en toda su dimensión puede ser ínfima, pero decisiva: “es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro”.



Amurado / de Julio Sosa / Carlos Gardel


Ilustración:
Los Muros de Jericó cayendo, de Gustavo Doré.






[1] [1] “La Distinción, Criterio y Bases Sociales del gusto”, Pierre Bourdieu, 1988, Edit. Taurus.
[2] El Caballero Inexistente, Italo Calvino
[3] En 2014, fecha de la publicación de esta nota, Facebook cuenta con más de 1.200 millones de usuarios y usuarias.

4.3.14

La soledad de Diana Prince (o Qué absurdo sería el mundo sin mi hermana)

La pedí. Insistí. Porfiada. Dicen que hice todo lo que estaba a mi alcance. Mandé cartas a los Reyes y sus secuaces, recé todas las noches, se lo pedí a Pipo Pescador por el micrófono, pregunté si venían de semillas y se podían plantar; incluso cuentan que traté de sembrar uno en el jardín de tres por tres que da a la calle:

-¿Qué hacés?
-Planto.
-¿Qué cosa?
-Un hermanito.
-Los hermanitos no se plantan.
-Ah, ¿no?  Entonces ¿qué?

Pensé que me lo negaban por gusto.  Llegó cuando ya casi había perdido las esperanzas.

Como hasta los tres, mal que le pese, era gorda. Una niñita fornida que mordía de lo lindo. Exclusivamente a mí. Avanzaba como R2D2, un tanquecito imparable listo para atacar. A veces también le hincaba el diente al gato, pero el Negro era peludo y tiraba el tarascón; y ella prefería morderme la nariz mientras dormía (yo), o algún miembro desnudo si escribía o dibujaba y no le prestaba atención.

El doctor Nieri dijo que la niña mordía por cariño.

Una vez, en un saludable reflejo de autodefensa, intenté inculparla mordiéndome con ferocidad a mí misma el brazo y denunciando el hecho ante la autoridad materna con la evidencia de las marcas de los dientes en mi piel amoratada.

Cinco veces mentí en mi infancia y todas me atraparon: esa fue una. A causa de una pelea en la escuela me había roto los incisivos, por eso las marcas de la mordida, en vez de dos rayitas eran dos puntitos, morse delator que provocó el castigo de esa Hipólita, mi madre, y la burla familiar durante años.

No solía jugar con muñecas. Lo mío eran los cuadernos, cualquier porquería legible que llegara a mis manos, los bichos bolita y las rodillas arañadas de trepar, sacar sapos de su agujero con paciencia zen, las carreras de caracoles y autos con cucharita, mirar correr los barquitos de papel en el caudal del desagüe en la vereda después de la lluvia. Fuera de la escuela, andaba bastante sola, o con compinches varones, la amazona de la cuadra.

La única muñeca que pedí, -una Lucy, que traía un disquito y decía Hola Soy Tu Amiga en español y en coreano al apretar un botón en la panza-  llegó una Navidad demasiado tardía. La quise un poco, igual, pero una tarde la puse en fila con otros muñecos, les lavé el pelo con champú y los pelé a todos al ras en una disciplinada peluquería penal.

Años antes que aquella absurda muñeca de plástico, el último día de un febrero no bisiesto, llegó esa milagrosa muñeca de carne y hueso que se dejaba convertir de manera aleatoria en paciente operada de urgencia, niña perdida, princesa muda lista para ser rescatada, perro, cowboy de once pasos, león de domadora, modelo vivo, muerta destripada, policía, clienta en un almacén.  (También pasó por mi peluquería, la pobre; y me sentí culpable cada día hasta que más o menos le empezó a crecer el pelo).

Llegó para redimirme de la tiranía del número impar, del agobio tardío de las muñecas y de la soledad de la Mujer Maravilla.




Como tanto la pedí, la deseé tanto y hasta el nombre le puse, hasta hoy no abandono del todo la idea de que yo inventé a mi hermana.

Me seguía a todas partes, me miraba hacer, con esos ojazos de gato con botas, de un azul oceánico, y una carcajada explosiva que todavía sigue inalterable. Era una niña bastante terca, hay que decir, y tenía esa malevolencia de la cual carecemos los primogénitos. Pero yo la adoraba, le justificaba todo y creía fervientemente que necesitaba mi protección.

De pronto, a los cinco años, se estiró; parecía más grande, y a la vez le empezó a dar miedo todo. Se puso como esos personajes de Tim Burton, puro ojo y ojeras, brazo y piernas largas, con cara de susto, como si cualquier viento fuerte se la pudiera llevar; ni hablar del temor al mar abierto.

Ignoro si mi afición a contar historias terroríficas a los pibes más chicos colaboró en algo con esa traumática etapa de pánico de mi hermana. Es posible. Lo cierto es que su transitorio miedo a la oscuridad combinado con las ganas de hacer pis de madrugada, me obligaban a acompañarla de la mano los cinco metros de la cama al baño, caminando dormida, pero aparentemente útil como ángel de la guarda.

Lejos de subestimarla, le tomé respeto. Tenía un carácter irreductible; era cagona en la diaria, pero valiente en la adversidad. Sus temores nocturnos no le impidieron oficiar de cómplice en un planeado asalto a la farmacia de la esquina, con una secuaz tres años mayor. La operación se realizó con todo éxito. Mientras una -5, femenino, alias Ojitos de Gato con Botas- le pedía ayuda al gordo Geniol que, de rodillas y con ese culazo XXL en alto buscaba el anillito supuestamente perdido de la niña, la otra -8, femenino, alias Speedy- se afanaba los esmaltes, labiales y joyitas de fantasía de las canastas de ofertas del farmacéutico. Brillante. Lástima que las descubrieran días después por ostentar demasiado pronto su botín.

Ibamos a la Agronomía a andar en bici y corretear por los campos de alfalfa con Almendra que ladraba como loca y corría al trencito; yo me trepaba a colectar moras o subía al árbol, el de las vías del lado de acá, que tiene un brazo extendido paralelo al suelo, a contar vagones. Cuando tuve una especie de primer novio, me la endosaban en esas salidas; supongo que para amortiguar el riesgo de algún beso dado con mayor efusividad que la recomendable para la edad.



Cuando los viejos se fueron de viaje, disfracé mi sentimiento de abandono detrás de una faceta de anarquía rebelde hacia mis abuelos, un consumo compulsivo de TV hasta el cierre del Padre Lombardero y una sobreprotección a mi hermanita. Pero cuando todo estaba en silencio y el terror y el insomnio eran solamente míos, me gustaba escucharla respirar, ese mantra redondo y protector que fabrican los niños pequeños cuando duermen me tranquilizaba y tomarla de la mano me ayudaba a conciliar el sueño.

El año nuevo que pasamos solas hicimos fiesta en la cocina: hamburguesas y coca cola, chatarra igualita a la del Pumper Nic, pero hecha por mis propias manos. Miramos Rey de Reyes, oteando el reloj cada tanto, pero las doce tardaban en llegar y nos moríamos de sueño. El viejo reloj de loza verde de la cocina siempre tuvo el cristal roto y las manecillas giraban libres y juntaban polvo. Y si adelantamos el tiempo, dijo mi hermana, se subió a un banquito, corrió la manecilla y se hizo el año nuevo, chin chin, el más lindo que recuerdo y el último antes de irme de casa.

Como regalo para sus 18 nos fuimos solas a Mar del Plata, con el único objetivo de ir al Casino y la certeza de que nos convertiríamos en multimillonarias. Por las dudas que fallara el plan, descubrimos que mamá nos había puesto un pan y un salame en el fondo del bolso.

En esa edad, para seguirle el tren a una amiga, quiso ser modelo por un tiempo. Atributos le sobraban. Por esas cosas de mi trabajo ligado entonces a la publicidad, hicimos un book con el mejor productor, el mejor fotógrafo y el maquillador de la más célebre estrella de la tele. La intención de modelar le duró menos que lo que tardaron las fotos en ser reveladas. Pero las imágenes siguen ahí, testimonio de la belleza élfica de mi hermana.

Tiempo después, en medio de una carrera y con dos empleos, dio a luz a un sujeto maravilloso. No paró de estudiar ni de trabajar durante el embarazo. Llegué a contarle trece bondis en un mismo día. Cuando la panza creció, la usaba, echada en el sofá, de atril para las fotocopias.

El día anterior al parto, se habían probado unos disfraces de duende que yo tenía para la presentación a la prensa de un perfume de Avon. Saltaron sobre el sofá, eufóricos, vestidos de dorado con sombreros de punta y cascabeles.

De mañana muy temprano, la radio bajita en el informativo, planchaba yo mi camisa para la cosa con la prensa, y ella viene y me dice, doblada como un junco, me duele la espalda. Le doy un mate sin levantar la vista y le pregunto dónde te duele. Me duele y me para, me duele y me para, es raro, dice.

Desenchufo la plancha y agarro el reloj: regulares cada cuatro. Llamo a papá. Le digo hay que apurarse. El, por no correr riesgos no logra acelerar a más de, yo qué sé, iba lentísimo. Mi hermana en el asiento de atrás, aferrada con una mano a la mano del padre del sujeto maravilloso a punto de nacer, y la otra, atajándose la entrepierna.

Una barrera de tren, dos, agitando un pañuelo por la ventana veía pasar los restoranes cerrados de Corrientes, practicando (yo) la respiración de parto, y exclamando (ella) le estoy tocando la cabeza, y razonando (yo) que, si nos agarraba el tren y no llegábamos al hospital, lo mejor sería parar en un restorán, que es un lugar en el que seguro tienen a) manteles impecables de lavandería, b)agua muy caliente -aunque no sepa bien para qué pero siempre hay en las películas- y, c)un adminículo afilado para cortar un cordón umbilical, acto previo al feliz chillido natal.

No hizo falta. Llegamos a la emergencia y se armó tremendo jaleo. A los pocos minutos de entrar, abrí la puerta vaivén adonde la habían llevado en una camilla y ahí estaban: el joven padre, mi hermana de espaldas, las rodillas flexionadas, alzando al bebé, un renacuajo alargado color morado unido a ella por un grueso piolín como un barrilete.

Como en Hollywood, llegamos al borde mismo del borde mismo de la llegada del sujeto maravilloso, que sigue siendo, hasta hoy, un tipo apurado. Cualidad que lo ha convertido, entre otras cosas, en un golero asombroso, pesadilla de cualquier delantero, que atrapa la pelota con la destreza entrenada de esa prisa por llegar que trae desde nacido.

Esa mujer me enseñó todo sobre ser madre;  su hijo -que masticaba mi celular-ladrillo, rompía mis libros y hacía de mí lo que quería-  fue mi primer maestro Jedi, mi Qui-Gon Jinn. Por ese gurí aprendí todas las señas y muestras de los trucos que hay que saber y no están en ningún libro. Por ella supe lo que hace falta para lograr mantener a un ser humano con vida, contento y medianamente civilizado.




Mi hermanita cumple 39. La pequeña caníbal que quería devorarme por amor. La que se hizo obrero de la constru conmigo para limpiar, rasquetear y derrocar décadas de abandono en las paredes y los pisos de mi primer apartamento. La que en cada uno de sus pacientes ve a un ser humano irreemplazable. La primera heredera del elfo de oro del clan ultra secreto. La persona adulta con quien más me río. La que me alcanza los anteojos de ver lo mejor de mí. La que me acompaña cuando meto la pata y me señala el agujero cuando estoy a punto de volver a meterla.

Lloró cada vez que me fui. Y aquí estamos, rompiendo las reglas de la geografía para extender el barrio, esa única patria sin vanagloria. Que dos barrios tengo, como dos besos, uno en cada mejilla del Plata.

La llamo y le digo que prepare la pista para el avión invisible y que tenga a mano el lazo de la verdad porque la charla va para largo y viene de confesiones. Le pido que vaya aprontando el mate, que llego en un rato. Mientras, le escribo estas líneas para recordarle una vez más que yo la inventé, y darle las gracias por creer en mí, y hacerme creer que puedo volver a inventarme todas las veces que quiera.



Montevideo
28.2.14



30.1.13

Apuntes para las hadas



















Me levanto un momento para fumar arrumbada en el ventanuco sobre los techos de Kreuzberg. No hace mucho frío y las casas tienen calefacción del primer mundo. Me llevo la laptop y el chopito de tequila 1800  que descubrí escondido en el mueble detrás de los fideos.

Trato de escribir pero no hay caso. Dejo el teclado y tomo el cuaderno negro. Las frases parecen ganchos indescifrables.

Lo segundo que se muere cuando se muere alguien amado, son las palabras. Los tiempos verbales aparecen, de pronto, arbitrariamente descalificados.
Es, era, fue, será. Todo entreverado. La muerte no admite el relato en tanto es el fin del tiempo verbal que lo hacía posible.

En este hecho se comprueba que el pretérito, siempre es imperfecto, y el presente apenas un tiempo que se nos va de las manos como la arena de la playa.

Me sirvo un tequila. Onhe eins, pienso. Increíblemente, cumplo. La nieve, casi fosforescente, se ha depositado sobre las pesadas ramas de los árboles, sobre los coches y las bicicletas recostadas sobre las entradas, los tejados reflejan la luz de la luna y cada tanto un transeúnte atraviesa la madrugada a paso apurado.

A veces se escriben cuadernos enteros, varios tomos, invisibles e indelebles, sin usar una sola palabra.

***

Los niños son sabios y curativos. Cuando lo supo dijo tranquilamente: hay que plantar un sáuco porque es el árbol de las hadas y Katrin es un hada.

***


No le temo a la muerte. Curiosamente compruebo, que la gente que más miedo tiene de morir es la que más miedo de vivir tiene.

No le tengo miedo. Me enoja. Me humilla. Me hace sentir estúpida e impotente, como si algunos se estuvieran burlando de algo alrededor tuyo, y vos te reís también y al rato te das cuenta de que sos el chiste. Obstinación de gallito ciego pegándole al vacío con el palo de escoba.

Vos respirabas un tiempo que, a su modo, era eterno. La mayoría de las elecciones de tu vida fueron tomadas con la absurda e inevitable certeza de que la vida es para siempre, entonces, vale la pena dedicarle todo el tiempo del mundo a las pequeñas cosas.

Tengo tanto que aprender.

Vengo tratando de ejercitar el viejo instinto de la oración, que al contrario de lo que se supone, es hacer silencio para escuchar.  Si lo logro, si logro callarlo todo, tal vez  escuche un día cómo hacer para agradecer el haber vivido parte de la eternidad a tu lado.

***

Los conocí a los dos el mismo día. Pero esa noche yo no tenía ojos más que para un hombre en el club Almagro, noche de tango, de luces cansinas y mujeres vestidas de negro y rojo. “Cuidado con ese hombre”, me dijo en la barra, ya después de un par de tragos y solidaridad de género. Tenía razón. Era para cuidarse. Me casé con él.

Pensábamos envejecer juntos. No es un reproche. Bueno, un poco sí. Ibamos a construir otra casa sobre pilotes en el bosque encantado. Ibamos a criar canas rodeados del viento en los eucaliptus, y las olas rompiendo en la orilla del sueño.

El plan no era complejo; dos cabañas: el que ronca duerme solo (“ya sabes quién”), “habría que trasladar las bibliotecas”, “tener un auto no es necesario”, “es indispensable un auto”, “una bicicleta, seguro” “un seguro de salud y un combo de jubilaciones decentes para comprar vino bueno y los libros, los medicamentos de la edad, mantener la banda ancha". El ejercicio de caminata ida y vuelta a Piriápolis es sin costo. Yo paso, dije. Fui apoyada también en mis objeciones de urbanismo libertario: mal que les pese, haría frecuentes excursiones a Montevideo y Buenos Aires.  Mucho aire puro termina por malhumorarme.

Nada podía fallar. Qué absurdas somos las personas. Todo puede fallar.

***

Aquel sábado, después de un viaje interminable en la agonizante Iberia, llegamos a Berlin con el pequeño Jedi. El cielo, primero rosado, empezó a tornarse saturado de un blanco lechoso como si estuviera por reventar. 

Recordé a mi vieja y sus descripciones del cielo de Zagreb antes de la nevada. Tal cual.

Dormí más de doce horas. Cuando abrí loso ojos, sobre la ventana del tejado los primeros copos de nieve empezaban a caer sobre Berlin. Efectivamente, como decía Tonka, los copos no caen, oscilan, van haciendo maniobritas en el aire antes de posarse en donde les toque. Un poco como nosotros. Hay que ser muy tonto para ver un solo copo. Lo que vale es la nevada. No pude dejar de pensar en que es la versión europea del mar de fueguitos. Mar de copitos. Kreuzberg nevado es una de las cosas más bellas que uno tiene la suerte de ver en la vida.

Estabas tan presente en esa caminata blanca hasta el parque, con los chiquilines y los trineos. Pensé que dirías, con la acidez que te caracteriza –me niego aún al pretérito imperfecto-  que pronto se iría la nieve y vendría la llovizna, que todo lo convierte en lodo y piedritas. Tal cual, también.
Pensé en que tal vez mañana, cuando te llamara por Navidad, te contaría eso mismo.

Más vale hoy que nunca.

¿Quién nos quita la belleza de la nieve aunque dure un instante?

En eso nos parecemos. En mirar la eternidad de lo fugaz y el lado bueno de las cosas. Oteando el otro lado, pero ninguneándolo un poco para que, el que vale y es bello, dure más, aunque a veces ni siquiera exista.

Y en recurrir a lugares comunes para explicar las cosas.

***

La iglesia que ya no es iglesia se yergue bella y austera en el cruce de calles. Entro y salgo. Igual con la otra. Inútil buscar una iglesia en Berlin para llorar como la gente. Muchas de ellas se han convertido en bares y no quiero caminar más.

Volvemos de la caminata hablando del horrible barro helado que queda después de la nieve; vagaba en mi mente buscando una respuesta, cuando alguien me trajo por azar la referencia de un libro amado  y del cual hablamos largamente hace poco. 

Fue en octubre. Se perfilaba como una de esas largas noches de Jhonnie, pero habías llegado en el barco de las 7 y estábamos agotadas del laburo. Apenas podíamos mantener los ojos abiertos pero no queríamos renunciar a un rato más de charla y pusimos otro disco de Nina.

El clima nos daba permiso para estar afuera y fumar. Qué estás leyendo, siempre fue una forma de retomar el hilván de la conversación abandonada meses atrás. La amistad, cuando es genuina, remienda el tiempo con su aguja y continúa como si nunca se hubiera detenido el tejido de las cosas.

Yo había retomado la lectura de la Invención (nunca le agarraste el gusto a ninguno de los dos, a pesar de mis intenciones) y trataba de explicarte la trama, con ademanes y aspaveintos, en clave de Lost

Vos te atoraste de risa cuando se me ocurrió ilustrarte el asunto diciendo que el protagonista es un venezolano medio loco, medio genio, con cruza de Silvio Rodríguez y Ben Linus. 

“Chavez!” gritaste casi. Nos tapamos la boca con las manos para no despertar a los vecinos con las carcajadas.

Me llevó como media hora contarte la relación entre Linus y Morel, entre Kate, Faustine e Irene. 

Después discutimos acerca de si el amor es necesario para sobrevivir, si se puede amar algo que sabemos que no existe, si puede volver a existir por obra del amor, si la creencia es creadora, si la creación no es en realidad, mera cuestión de fe y la fe, apariencia.

No habías leído el libro ni visto la serie pero usabas la información que te había dado, en mi contra. De pronto estuve atrapada en mi propia isla inventada. Y era tarde y tenía que trabajar.

Tu paciencia para escuchar y reír con los amigos era parte de ese sentido tuyo del infinito y tu inteligencia no descansaría en la esgrima del debate ni siquiera al ver amanecer. 

Esgrimí que es relativamente sencillo destrozar a Bioy usando las razones opuestas para descalificar a Galeano. Pero estaba cantado nomás que esa no era mi noche. Me estabas despedazando. Servimos la última ronda. Fui a buscar dos piedras de hielo.

Cuando volví, jugando una última carta, me senté, tomé el libro y te pedí que escucharas:

“Ya no estoy muerto, estoy enamorado”.

Voilá. Abriste los ojos, inclinaste la cabeza, estiraste el brazo y tomaste el ejemplar con los ojos entornados del que acepta cada derrota como un reto a medida.

Nunca sabré si finalmente leíste el libro.

Si pudiera pedir una sola cosa, sería una noche más.

***

Como no podía escribir, con las hilachas del asombro de la palabra ausente, hice una lista minuciosa en el cuaderno negro de las cosas que no quiero olvidar. Como si enumerarlas pudieran retenerte de algún modo.  

Cosas triviales, los actos más insignificantes, como cortar un trozo de queso, hablar por celular, o el gesto de recogerte el cabello en una trenza gruesa.

No voy a escribirlas, no solo porque la lista es más interminable que la historia de Michael Ende; puedo resumirlas en una sola.

Lo primero que pensé cuando supe que habías muerto es es no voy a olvidar tus manos. Orgánicas, en movimiento, con la palma abierta para dar y recibir, pronta para agarrar las causas perdidas. Tus manos indispensables, las de pelear cada día, espada en alto, lado a lado junto a Bastián Baltasar Bux para salvar Fantasía y curar a la Emperatriz.

Si alguna vez olvido tus manos, significaría olvidar lo bello, lo bueno y lo justo que hay en este mundo. 

Tus manos sigilosas de dedos, medianos, sensatos en las dimensiones, las articulaciones como nudos de ramas jóvenes de cerezo. Las uñas translúcidas, escamas de un pez antiguo, ovaladas y lisas como la piel de la luna.

Tus manos que lavan los platos con parsimonia, que escriben con delicadeza y con furia, que levantan banderas de causas perdidas –cuáles si no-, manos que cambiaron pañales, que acunaron con amor, que cobijaron a las chicas, manos que les dieron un empujón cómplice de libertad cuando llegó la hora. Manos dispuestas a sembrar, a cosechar y repartir. A dejar partir. Tu mano en mi hombro. 

¿Cómo hacer para soltarte? Espero que tus manos me enseñen el inverosímil ejercicio de decirte adiós.

***
Pero las cosas son como son.

Tantas veces imprecamos sobre lo establecido. Llegabas con tu pequeña maleta desde alguna parte del mundo pronta para gastar la madrugada en charlas de nunca jamás. Uno de los clásicos era por qué no puede ser de otro modo.

Tantas veces en tantos años nos interrogamos, discutimos de política y de historia, apretamos los dientes frente a la injusticia, el dolor, la falta de esperanza de quienes están a la intemperie de la historia.

Yo no sé si lograremos entre lo muchos pocos que somos que algunos sean menos pobres, que otros sean menos ricos, que seamos todos más sencillos, menos egoístas y más felices; más buenos, más lúdicos y más niños.

Yo no sé si esta es la puerta o la ventana, si es el camino directo, el atajo o la encrucijada.

Yo no sé si lo lograremos porque es cierto que somos frágiles y porque ellos son los dueños de la pelota y son poderosos. 

Yo no sé si podremos. Pero no voy a despedirme del timbre de tu voz recordándome a diario que vale la pena intentarlo.



11.9.12

Zona de peligro

                                                                                    








                                                 Para Verito y su hermana


Estábamos en Buenos Aires en la fecha inicial planeada para el homenaje de María Teresa Trotta,  mamá de Verito y militante que junto a su esposo Roberto Castelli, fuera asesinada y desaparecida después de pasar por el centro clandestino el Vesubio. Teresa estaba embarazada de seis meses y llevaba en la panza a una bebé, robada y entregada en adopción a través de una organización católica, según tengo entendido. En julio de 2011, después de la derogación de las leyes de impunidad y un largo y doloroso juicio, varios asesinos del terrorismo de Estado argentino del Vesubio fueron sentenciados por estos y más de 150 crímenes de lesa humanidad, solamente cometidos en ese tenebroso claustro de terror del Plan Cóndor. 

Pero aquella vez el homenaje a Teresa se suspendió; creo que por lluvia o por algún otro factor.

Más de un mes después, el fin de semana pasado, cuando se organizó nuevamente la movida en la escuela de Merlo donde Tere fue alumna, militante y maestra, yo estaba en Buenos Aires de casualidad.  Ah, el azar, ese duende porfiado.

Y allá fuimos. Hay que estar donde hay que estar, que es donde uno quiere estar, si es que puede.

Merlo es lejos, dijo Iva no sin razón mientras nos veía averiguar con el ceño fruncido qué transportes y qué combinaciones tomar. Muy gentilmente se ofreció a prestarnos el auto al cual agregó la novedad del GPS, que puso en mis manos un poco trémulas por la primicia.  Ella escribió nomás la dirección y del artefacto surgió, enseguida arrancar el motor, una voz de Robocop indicando hacia dónde doblar con todo y dibujito en la pantalla.

Hay que decir que una tarde de sábado conduciendo hacia Merlo por la General Paz con toda parsimonia no es algo que uno experimenta todos los días. Para los que no conocen el paño, esta avenida es la aorta de una Buenos Aires con varios by pass y a punto de estallarle el corazón.  La General Paz es, además, el surco que divide a los porteños del resto del planeta. La delgada línea roja. La cesárea del parto socio cultural de Buenos Aires. La división entre (los) ellos y nosotros. La avenida de la primera y sangrienta batalla de Juan Salvo en la que el gran Favalli descubre que los cascarudos eran la mera herramienta de fierro de un asesino más grande, más peligroso y de una escabrosa y letal inteligencia. (Está visto que algo había hecho Oesterheld para merecer también el infierno del Vesubio).

Aunque habíamos salido sobre la hora, gracias al aparatito llegamos suavemente sin repetir y sin soplar: ahora doble por aquí, quinientos metros más allá agarre tal avenida, ahora a la izquierda en tal calle, decía la modulada voz de un señor que, con esfuerzo, pronunció, finalmente: llegando a  Merlou.

Al bajar de la autopista del Buen Ayre, la pantalla mostraba el torpe ícono de un auto muy cerca de un círculo colorado, como se suele señalar el punto de llegada en los videojuegos. Pero de pronto, otra voz, -no la del robot disléxico que nos condujo- sino una diferente, surgió del artefacto. Una voz de mujer, afelpada que invariable y alarmada indicaba: “cuidado, entrando en zona peligrosa”. Quedamos atónitos, mirando por la ventana y sin atinar a descubrir a qué se refería la tipa.  Tal vez fue mi fantasía la que imaginó en el tono de la mujer-robot, un dejo de fastidio ante la insistencia en dirigirnos hacia el destino elegido.

“Cuidado, entrando en zona peligrosa”, volvió a advertir un par de veces la emisaria de los Ellos, antes de que apagáramos la cosa y decidiéramos preguntarle a un verdulero para dónde quedaba la escuela 14.

Es un barrio trabajador, de casas bajas y vereda ancha, algunas de material y otras de ladrillo a la vista. Rejas, perros ladradores, arbolitos y malvones, segundos pisos con escalera caracol a medio construir y kioskos sobre la ventana de lo que alguna vez fue un living o la pieza de la abuela. Doblamos por una calle de tierra, doscientos metros, volvimos a preguntarle a unos pibes en una esquina. Llegamos al lugar sin problemas.  Dejamos el auto a una cuadra y caminamos hacia  donde estaban los papelitos de colores y la gente.

La calle estaba cortada por los agentes de tránsito municipales; una murga escolar de bombo y platillo y a patada limpia empezaba a desfilar ante la escuela. Enfrente, los equipos de sonido y las guirnaldas con los nombres de Tere y otro compañero desaparecido hechos en papel maché competían con los puestos de choripán y las pancartas colgadas de los árboles. Uno recitó una poesía, una bandita hizo un muy buen toque del Juntos a la Par de Pappo; hubieron algunos breves discursos, palabras de la señora directora, avisos por altoparlante de que todavía había empanadas, más murgas y festejos. Una enfermera muy profesional hacía bailar a un señor muy viejito en su silla de ruedas. El hombre estaba feliz, apenas se movía pero con la mano hacía bailar la foto en blanco y negro del joven que llevaba colgada del cuello.

Pasamos un buen rato con los amigos. Disfrutando, festejando, emocionados, haraganeando distraídos también, como se está en una fiesta callejera. Cerca del cierre y antes de la celebración de los vecinos libres de las bridas de la institución, se descubrieron las placas de Teresa y su compañero, desaparecidos de la escuela. Dos grandes imágenes con sus rostros sonrientes en la pared de la entrada del colegio. 

Alguien gritó sus nombres, alguien dijo nuestros, alguien gritó presente, muchos dijeron, ahora y siempre.

Abracé a mi amiga Verito con la intensidad y la belleza que solo una mujer bella e intensa como ella provocan. Cantamos y bailamos un poco. El sol caía sobre los trajes anaranjados de la última murga y la fiesta todavía tenía para largo cuando nos fuimos yendo. Sentí un calor fuerte acá adentro; a la vez la conocida brasa del dolor país y la luz de una alegría mansa pero muy honda.

No hizo falta encender el GPS para encontrar la autopista; solo teníamos que recordar, volver sobre nuestros pasos.

Recién entonces me di cuenta: la voz de mujer que nos había indicado alarmada “cuidado, entrando en zona peligrosa” , tenía toda la razón. 

No sé cómo hacen estos tipos para programarlos, pero el robot había dicho una verdad fundamental.  

La memoria es peligrosa. Vaya si la justicia también lo es.  Pero mucho, muchísimo más peligrosa, es la alegría.