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23.5.14

Amurados 





Artículo publicado
en 
Replicante, en agosto de 2011




En poco tiempo, millones de personas pegamos el salto desde 
el mero mail y el chat a otras zonas más complejas 
de la comunicación vía internet: Facebook, Twitter y sucedáneos.  La buena noticia: podemos vincularnos con nuestros lejanos seres queridos, conocer otras personas, intercambiar información 
o encontrar entretenimiento. La mala: la gran cantidad de tiempo que, de pronto, insume en nuestra vida y la tangencialidad 
y el carácter compulsivo que suele caracterizar el intercambio. Esta nota trata de este espacio vincular nuevo que aún no comprendemos del todo, de la adicción y las secuelas que este paradigma de relación social imprime en nuestra vida.






“¿Cómo? ¿Todavía no estás en Feisbuc?”. La frase se la escuché a una de 60 dicha a otra de la misma generación, ambas esperando a sus nietos en la puerta de una escuela.
No importa la clase social ni la edad, cada vez es más raro estar fuera de las redes sociales.

Algunos usuarios se entusiasman con los beneficios de la comunicación horizontal en pos de la divulgación de un emprendimiento, una convocatoria o un negocio.  Otros, en cambio, nos regodeamos en el placer de tener con quién compartir música o viejas películas, hallazgos de YouTube, esa bendita caja de Pandora en la que siempre hay la esperanza de encontrar lo que creíamos perdido en las brumas del olvido.

Muchos nos abandonamos al tsunami emocional de recuperar el vínculo diario con personas que estaban -ya no- lejos en el espacio o el tiempo. Hay quienes se entusiasman participando de campañas o ejercitando el músculo intelectual en debates de índole política o cultural, o intercambian información o lecturas como figuritas de un preciado álbum de historia personal. Están los fanáticos de la broma fácil, los políticos que dicen buenos días desde el Twitter, los que que desvisten o trasvisten su alma,  los que dictan cátedra, los del lenguaje críptico o hiperbólico, los que navegan para pescar algún romance.
Como es mucha la tela para cortar, es indispensable delimitar el retazo que nos ocupa (la aclaración, por otra parte, podría aplicarse a cualquier tema en el cual al pararnos en medio perdiéramos de vista los bordes). Por eso, aunque sea de suma relevancia, no vamos a tratar aquí la democratización de la información que facilitan las nuevas plataformas, ni lo revolucionario y masivo del sistema  (aunque lo verdaderamente revolucionario, conservador o, sencillamente, estúpido, es el modo en que la gente lo utiliza). Tampoco es tema de este ejercicio el retroceso o no del periodismo clásico en pos de una mayor circulación horizontal de la información ni la incertidumbre acerca de quién y por qué la produce.

Los párrafos que siguen son un hilván de fotografías recién reveladas y colgadas de una cuerda. Postales enviadas durante una travesía a través de las redes sociales, particularmente, en el territorio virtual del Facebook. Muchas de ellas, si no todas, surgen de apuntes tomados durante semanas y meses -en un principio, sin sistematicidad alguna- a partir de reflexiones y preguntas propias y de amigos, usuarios regulares o auto diagnosticados adictos al Facebook.

Pero, ¿qué es lo adictivo? ¿Qué se pone en juego en el acto del intercambio personal en internet? ¿Cuál es la calidad de las relaciones en esta nueva fábrica de vínculos? ¿Cuál es el impacto de las redes sociales en nuestra vida cotidiana?

Partimos del supuesto de que las redes sociales llegan con un formato ideado para dar (se) permiso, para conceder (se) deseos, para soplar la herida que a nuestra existencia infringe el sablazo del estilo de vida contemporáneo en las clases medias occidentales. Esto es, la imposición cultural e inamovible de una estructura clásica de familia; la postergación de la realización personal en pos de la supervivencia o el progreso; la rutina y el tedio que nos condena, a la larga, al ayuno de vínculos significativos; el siempre latente pero paradójicamente postergado apetito por la belleza.

Como última advertencia vale aclarar una toma de posición: desde la invención de la rueda hace seis milenios al contemporáneo “Me Gusta” de Facebook, es un error pensar que una herramienta tecnológica viene a instalar necesidades que antes no existían.  En este trabajo se parte de la suposición de que las redes sociales no inventan nada; que, en cambio, interpretan, son emergentes de una época y facilitan el resurgimiento de formas de vincularnos con nosotros mismos y con los otros.


I– Un millón de amigos

¿Qué necesita cada uno para considerar a otro, un amigo? Alguien en un Muro dijo, con razón, que la pregunta tiene tantas respuestas como personas la formulen.

En los vínculos virtuales el perfil de las identidades se conforma con apenas algunas imágenes, un par de referencias biográficas y algunos comentarios. Mostramos la punta del iceberg de nuestra forma de vivir y de ver el mundo. Esta configuración es suficiente para dejar sentadas las bases de la afinidad e iniciar una relación. Habrá quien se rasgue las vestiduras por tamaña frivolidad, pero resulta que la fórmula no es otra que la aggiornada versión analógica del “¿trabajás o estudiás?”, proferida tantas veces para hacer contacto en la oscuridad de un boliche o una fiesta, al amparo de la madrugada.

Dejando de lado a los coleccionistas de contactos –todo un tema aparte que refiere al asunto borgiano de los abominables espejos que como la cópula multiplican el número de los hombres, es decir, del propio ego-  la primer cuestión es que la red social, de pronto, nos propone convivir con personas cuyo nombre y foto nos acostumbramos a ver al pie de la pantalla y con los que cambiamos opiniones.

Amigos cercanos, lejanos, conocidos y desconocidos. Personas que por un instante nos emocionan, nos enriquecen, nos hacen pensar o reír, nos provocan, nos enfurecen por su estupidez o nos inspiran sueños eróticos. Sujetos con los que llegamos a compartir la misma sensibilidad hacia la música, el arte o la literatura, similar afinidad ideológica o una entrañable hermandad en el sentido del humor.

La selección de algunos, en la incalculable paleta de gustos, marca las reglas del juego. Invocando a Bourdieu
[1]: por mis gustos me distingo y tengo un rol en el juego y por sus gustos sé para dónde patea el otro. El gusto es la vara sagrada que divide las aguas. Buen gusto, mal gusto, gusto a poco, mucho gusto. Me gusta. He aquí el campo de batalla del Facebook. Una cancha delimitada por la intersección de los gustos y la complicidad. Lo interesante del deporte depende de los declives, los baches y las proezas de cada atleta. El tamaño de la apuesta depende del capital simbólico y emocional que cada uno ponga en juego.

En Facebook se conforman guetos inofensivos, multitudes que observan, apretadas rondas, círculos de distinción: “All in all it's just another brick in the wall”. Y si alguien desentona demasiado, lo quitamos de la vista en el Muro, o lo borramos sin culpa con un solo clic.

A diferencia de la vida real, no hace falta mucho más para alejar a quienes consideramos o nos consideran imbéciles. El gusto es el rifle sanitario del Facebook. Y disparar puede volverse un inesperado deporte cotidiano.

II.  (No) me gusta cuando callas

En la mayor red social del planeta, el Me Gusta inclusivo, el que habilita y distingue, tiene varias modalidades: aplicar un Me Gusta, comentar, compartir o “robar” el post para el propio Muro, enviar un mensaje privado o dar un Toque, ese gran enigma semántico. 

Es paradigmático, en cambio, el reclamo de muchos de los usuarios de la plataforma ante la no tan sencilla posibilidad de distinguirse con un No me gusta excluyente. Si así fuera, sería aburridísimo. Para expresar disgusto en el Facebook no alcanza con un clic. Una manera usual de excluir al otro es ignorarlo sistemáticamente. Si es un ser realmente despreciable o fastidioso, su Muro se convertirá muy pronto en un páramo solitario de tristes mensajes a sí mismo.

Lo interesante es que, para expresar un No me Gusta inclusivo -sin duda el más apetitoso del hambre de vínculos-, hay que trabajar, poner de uno mismo, pensar y debatir, decir, al menos una pavada, un emoticón hecho de puntos y corchetes. Recién entonces la plataforma le da al usuario la opción del dis-gusto.

Pero casi nadie usa el botón Ya no me gusta. Hacerlo –lo cual no estaría nada mal- supondría que el sujeto se entregó seriamente a un intercambio: escuchar, argumentar, volver a escuchar, hacer una devolución, volver a escuchar y, al fin, si no hay consenso, disentir o disgustarse: ya no me gusta. Pero la profundidad en las discusiones no es algo, ni de lejos, característico de la red social.

Por otra parte, los disparos de este juego no son otros que la munición gruesa de las palabras, lo cual aumenta el riesgo de lesiones, heridas graves y tarjetas rojas. La palabra escrita dista mucho de la diáfana oralidad, y los malentendidos y disputas completamente inútiles son el alimento preferido del monstruo que habita en el centro del Facebook. En esto, quienes dominamos un poco más la herramienta escrita, tenemos una pequeñísima ventaja. El otro lado de la moneda es que, confiados en ella, damos rienda suelta a la compulsividad en el decir, el decir de más y el leer entre líneas discursos que muchas veces no fueron dichos con la intención que creemos estar escuchando.

¿Qué estás pensando?, propone el sistema.  Las discusiones que se suceden debajo de una barra de estado nunca son muy largas. ¿Podrían serlo, acaso? Los Muros no están pensados con la dinámica de un Foro habilitado para construir un sentido sobre los retazos de sentido de los demás y en el que es posible buscar un tema, retroceder, retomarlo.  (Curiosamente, en Buenos Aires, y aproximadamente desde los ´80, cuando queremos decir que alguien pretende ser lo que no es, decimos que hace face.  Un book, por otra parte, es el nombre que se le da al catálogo con fines de venta de las top models. No solo, pero también por esa asociación de ideas, el Facebook me resulta más parecido a un beauty contest que al brainstorming en el que pretendemos transformarlo).

Algunos debates pueden ser intensos pero suelen ser tangenciales y, sobre todo, fugaces. Si algo bueno pasó, lo hizo rápidamente. Los intercambios de ideas que únicamente están atados a los Muros –y no a otros enlaces menos efímeros- son material descartable. Lastimosamente, las más largas cadenas de comentarios suelen rondar alrededor de los temas más irrelevantes. Ni más ni menos que como en la vida misma.

No obstante, la gracia –en sus múltiples y hondos sentidos-  del juego está menos en ese Me Gusta superficial anque bipolar, que en el volcarme por lo que no conozco, por lo desigual. Lo que Me gusta pero me invita al intercambio. Lo que No me gusta pero me hace ceder a la tentación de rozar nuestras diferencias, de tocarnos y, a veces, sacarnos chispas.  Lo que me gusta es lo que me completa y no me sobra, dijo una amiga en su Muro.

Y aunque esta funcionalidad no sea altamente adictiva y, mucho menos, mortal, es también una dulce droga a la que nos gusta someternos en las redes sociales.


III. Todas las voces todas

N.B., el amigo más real que tengo en la vida real me dijo, antes de convertirse en adicto al Facebook, “es lo más parecido a morirse e irse al infierno: tu pasado, tu presente y tu futuro están vigentes al mismo tiempo ante tus ojos”.

La configuración de las redes sociales nos permiten ser coleccionistas de personas. Tener, sin mayores problemas, la fantasía de pertenecer a un grupo que supera el tiempo, la distancia, el grupo etario y social y otras variables menos definitivas pero que se articulan de un modo diferente fuera de la red: el estado civil, la orientación política, la profesión.

El roce con el otro puede ser insignificante. Hay siempre una presencia latente, agazapada. A veces, en el silencio de la noche, cuando veo aparecer tres, cinco, diez pequeños globos de diálogo rojos sobre el ícono de un mundito azul, me siento un poco como Damiel, Cassiel o Rafaela sentados en la estatua de la Siegessäule sobre Berlín escuchando los pensamientos de la humanidad. Si se aguza el oído, se pueden oír los devaneos de las personas en la soledad de sus hogares, en la soledad de unos pasos sobre el empedrado, en la soledad del bus lleno de gente. Esas conversaciones internas ven la luz por un instante, son ofrendas fugaces a otros ángeles urbanos caídos, fantasmas taciturnos que también están solos, suspendidos en esa franja del blanco y negro, separados de la manzana roja y jugosa de la vida real.

En ese umbral confortable de ver sin ser visto, de escuchar sigilosamente y estar no estando, a salvo, del lado inmaterial de los ángeles, está la adicción.

IV. El caballero inexistente

En la novela homónima de la trilogía de Calvino[2] hay un legionario que no existe pero cree que existe; la voz sale de la armadura del caballero Agilulfo como de una gruta porque la armadura está vacía. No obstante, Agilulfo es el primero en levantarse al amanecer y se dedica a lustrar su armazón hasta que el brillo de su yelmo ciega al mismísimo sol. Es el más valiente en la batalla. Jamás retrocede. Los principios que lo guían son inquebrantables. Los demás lo siguen, lo admiran. Su condición es digna del elogio -léase Me gusta- del mismísimo Carlomagno. Pero, atención: su presencia es tan verosímil que casi llegamos a olvidar que el hidalgo Agilulfo no existe, que se mantiene en pie gracias al acero de su voluntad y la creencia de los otros.

La repetición minuciosa de las mismas cosas, los idénticos pequeños detalles de su forma de ser y hacer las cosas, lo convencen de su presencia en el mundo.   Por eso –y solo por eso- Agilulfo no es un cretino. Es noble y leal. No miente: cree en su existencia porque cree fervientemente en los protocolos que la confirman.

A veces sucede que en las redes sociales, la materia que forma al amigo, así sea un desconocido o una compañera de escuela que no vemos hace dos décadas, está formada por la armadura de los pocos datos que delinean su perfil, unos vagos comentarios y un par de gustos.

El resto, la mayor parte de la sustancia de ese otro, suele convertirse en carne por obra y gracia de nuestras proyecciones, nuestra fantasía y nuestra voluntad. Cuántos nos hemos preguntado alguna vez como el Mario Levrero de La Novela Luminosa echado en la cama junto a su amada: “¿este vínculo es cierto  o lo estoy imaginando todo?”.  La duda no es fortuita, porque necesito que ese otro sea tal y como lo imagino. No importa que, efectivamente, lo sea porque la tangencial relación con ese amigo o amiga no es real, no tiene impacto en mi vida (¿no es real?, ¿no tiene impacto?). Eso queremos creer.

Cuando nos damos cuenta de que la huella de ese otro virtual deja una marca real en nuestra vida, pasan dos cosas: o enloquecemos de euforia y ansiedad -como si nos diéramos cuenta de que vivimos con un fantasma- o, paranoicos, empezamos a quitar amigos compulsivamente de la lista hasta verificar que cada uno de los nombres tiene un sentido.  Tal vez Facebook hubiera salvado a Levrero al demostrarle que no estaba solo, que varios millones de personas viven alimentando conexiones íntimas, invisibles, aparentemente ilusorias, de un alto grado de espiritualidad.

En el Caballero Inexistente de Calvino hay al menos otro personaje que interesa al zoológico de las redes sociales. Se trata de Gurdulú, escudero de Agilulfo; un sujeto que sí existe pero que no sabe que existe. Y como desconoce su propia existencia se identifica con todo aquello que ve: cree que es una pera al ver rodar por el prado los frutos de un peral, se cree rey al ver pasar revista a Carlomagno. Me recuerda a tantos de nosotros, usuarios de las redes sociales, los seguidores de, los que no saben –hasta que lo descubren y ahí sucede la magia-  que tienen tanta existencia para ofrecer.

¿Qué provoca más movimiento interior, el vacío o la plenitud? 


Los muros de Facebook están habitados por Agilulfos y Gurdulús. Aunque muy pocos quisiéramos admitir que a veces, en la vida o en la red, vivimos como armaduras vacías o no sabemos quiénes somos en realidad.  La red social nos habilita y nos motiva a completarnos unos a otros, a seguir y ser seguidos con devoción; a rellenar, a veces, lo inexistente con la cabal materia de nuestra fantasía.

En el movimiento hacia lo que no soy y quiero ser, y lo que el otro no es y quiero que sea, en esa maravillosa operación de supervivencia de la voluntad, también está la adicción de las redes sociales.

V. La enamorada del Muro

¿De qué sustancias químicas se componen los deseos? ¿Cuál es el motor que lo pone en marcha y lo mantiene encendido? ¿Qué hace que personas a las que no conocemos en absoluto excepto por una cantidad limitada de caracteres, se vuelvan deseables?

El deseo, como el gusto o el apetito, no se teje de abstracciones ni enunciados. El deseo es algo primitivo. Deleuze afirma que uno nunca desea a una persona sino al paisaje que la envuelve. Uno desea el paisaje que ve reflejado en la mirada ajena. Esa mirada está amueblada de pensamientos, de viejas canciones, de palabras y de silencios que pueden ser tan densos como la corporeidad. Pero no se trata de una naturaleza muerta. En el centro de ese paisaje está, sobre todo, uno mismo, transformado e incluido en la mirada del otro.  El lente miope de la cotidianeidad convierte a las personas que nos rodean, -amigos, familia, pareja y a nosotros mismos- en personas sin paisaje. Nos volvemos invisibles por el hechizo de la costumbre.

Así como un alcohólico no bebe porque desea la bebida ni un escritor escribe febril porque desea la escritura, deseamos a una persona para crearnos un nuevo lugar en el mundo, real o imaginario, una región distinta, una zona liberada. Deseamos al otro por esa zona del nosotros hecha de planicies visibles e iluminadas, pero mucho más lo deseamos por los sombríos socavones llenos de presagios que ese nosotros supone. El valor de esa operación interior del deseo en movimiento es incalculable y a veces no importa qué tan real sea el destinatario. Lo que importa es el viaje a esa nueva geografía.

La recuperación del propio deseo es lo más adictivo de las redes sociales. Y, hay que advertirlo, nadie con una cuenta en Facebook, libertad para elegir y tiempo para robarle al día o la noche, está libre de una sobredosis.

VI. I want to believe

Desde el ´93, cada martes durante 8 años, el canal Fox ponía los X Files.  Éramos varios los acólitos del cínico y sufrido –infalible fórmula seductora- agente Fox Mulder y. otros tantos. los que se ratoneaban con el cerebro hiperdesarrollado de la astuta -y robusta, para qué negarlo- Dana Scully. En la saga, los agentes enfrentan cantidad de casos de abducción, misterios paranormales y experimentos del FBI.

Mulder y Scully se admiran mutuamente y son capaces de dar la vida el uno por el otro, se cuidan, se aman en silencio, con ternura y haraganería. En cada minuto de la serie se mantiene, tensa, la cuerda del erotismo. Cuando la fibra amenaza con romperse y el auditorio está por colgarse del ventilador de techo de los nervios,  la agonía amorosa entre Mulder y Scully se derrama, no en una buena cama con resortes como debe ser, sino en el inmaculado lecho de la ironía:

Mulder:-Oye, Scully…
Scully: -¿Si?
Mulder: -Te amo.
Scully: Ah,  ahora esto.


Chris Carter, el dueño del kiosco de los deseos insatisfechos y los aliens, lo sabía perfectamente. Aquello que mantenía inamovible la columna de fieles no eran ni las conspiraciones de la CIA, ni la telepatía, ni el cáncer negro, ni las clonaciones, ni los zombis, ni las posesiones de vientres fertilizados por extraterrestres o los monstruos salidos de los sumideros. No. Lo que nos tuvo en vilo durante más de 500 capítulos fue la dulce y dolorosa tensión de ese único beso que Mulder y Scully no se daban. Un beso siempre al borde del presentimiento, un beso perfecto instalado en el por-venir.

Se dice que hasta hubieron manifestaciones de seguidores de los X Files -gente prosaica sin sentido lúdico ni resto para la fantasía- frente a la casa de Carter.  Le exigían con todo y pancartas, que hiciera algo acerca del maldito beso. El tipo, muy hábil, sabía que la serie y sus finanzas dependían de ello y, en más de una oportunidad hizo trampa con algunos memorables capítulos de besos falsos: o Scully tenía un ataque de amnesia cósmica y olvidaba que él la había besado, o Mulder no era él sino su clon, o todo había sido un sueño. Besos de engaña pichanga. Foja cero. A la semana siguiente, los protagonistas seguían arrastrando la nostalgia del amor no consumado y, mientras tanto, resolvían algún que otro misterio. El recurso literario se usó muchas veces después de los X Files, pero en su momento, el truco tuvo su costado novedoso.

¿Qué es más poderosa, la esperanza de un beso o el beso mismo? ¿Qué es más cautivante, la certeza o el presentimiento? El poeta ebrio tiene su opinión formada: no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Ahora, vuelva a leer todo lo anterior pero olvídese de los ovnis y mueva los argumentos a las relaciones humanas de afinidad en las redes sociales. Ahí descubrirá la naturaleza de la más deliciosa y perversa de todas las adicciones del Facebook.

VII. El planeta invisible

“No es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina: la psicología. Las otras están subordinadas a ella”, afirma Borges en su Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Allá por el año 94, bauticé mi primer cuenta de mail con ese nombre: tlon, seguido de la arroba -que costaba encontrar en el teclado- y signada por el nombre de un pequeño servidor casi artesanal.

Hoy, la red social más grande del mundo es, cómo dudarlo, ese planeta en sí mismo. Un mundo sin accidentes orográficos ni abismos. Un orbe redondo y rumoroso. Hasta las instituciones, los ministerios, los organismos públicos o privados están obligados a ponerse a la misma altura que todos los demás. Todos eligen, nadie gobierna; excepto la deliciosa tiranía de la adicción. Los usuarios somos una llama unida a otras, pocas o muchas sin vocación de fogata. El mar de fueguitos de Galeano, pero al revés.

El Facebook es ese laberinto separado por muros y calles laterales, una anarquía de Estados
individuales, un infinito planeta en donde cada uno es dueño de una porción de mapa, y en donde los mapas solo sirven para perderse alegremente. Es una ciudad, una más, la más colosal de las ciudades invisibles de Calvino, en donde cada uno posee la partitura de una estrofa de esa gran canción de las tribus de Chatwin, la letanía interminable y atonal del planeta.


¿Adónde va todo ese universo de ideas, de filosofía barata, de estupideces, de amores y rencores? ¿En qué fuego se cuece tanta carne puesta en el asador? ¿Cuál es el servidor que contiene el alma y la vida de 500[3] millones de personas?

Somos nosotros y no una oficina de Palo Alto los servidores de esta nuestra Matrix de pantalla plana. Somos los anfitriones y los esclavos del fragmento de maravilla que nos toca, que nos cambia en algo la vida, que nos quema por dentro, nos ilumina o nos quiebra. Una de estas cosas, o todas a la vez.

Como en las redes sociales, las cosas en Tlön tienen también la inevitable tendencia  a desaparecer y a perder los detalles cuando los habitantes de esa región las olvidan.  Los Muros pasan en videoclip, los temas de inaplazable tratamiento son suplantados por otros, los pensamientos circulan veloces hacia ninguna parte. Es imposible asirlos, se van como arena entre las manos.  Y con ellos, se nos va la vida y el tiempo.

¿Tenemos el poder de elegir sobre nuestro retazo de maravilla? La decisión oscila, pendular, entre la adicción del deseo pendiente o la piel del deseo. Es nuestra la mano que pone leña al fuego y mantiene encendida esa pequeña llama de belleza aun sabiendo que es efímera. Es nuestra la decisión de ser un ladrillo más en la pared o saltar olímpicamente los muros. Las redes sociales pueden ser un techo estrellado para nuestro desamparo -lo cual en sí es perfecto- o un simulador de lo que podemos ser y hacer con nuestro mundo interior en la vida real.

Podemos seguir escuchando los susurros por encima de todo, cerca de los seres celestiales y la eternidad o elegir el camino de Damiel y dejar caer la armadura que nos sostiene, solamente para sentir el crepitar de la manzana roja y fresca en la boca. Nadie más que nosotros mismos tiene la soberanía de elegir entre el romántico estertor de una carcasa vacía o el toque de un ángel amigo con una sonrisa en 4D. 

Los platos de la balanza se equilibran y en la palma de la mano están esos gramos de plomo que la inclinan suavemente. No hay juicios sobre qué lado de la vida elegir porque ambos son, a su manera, valiosos. Pero quisiera no olvidar que tenemos el poder de hacer crecer una flor verdadera de una semilla imaginaria. 

En las redes sociales, como en el Tlön de Borges, el contrapeso que podríamos poner para que la belleza y la amistad existan en toda su dimensión puede ser ínfima, pero decisiva: “es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro”.



Amurado / de Julio Sosa / Carlos Gardel


Ilustración:
Los Muros de Jericó cayendo, de Gustavo Doré.






[1] [1] “La Distinción, Criterio y Bases Sociales del gusto”, Pierre Bourdieu, 1988, Edit. Taurus.
[2] El Caballero Inexistente, Italo Calvino
[3] En 2014, fecha de la publicación de esta nota, Facebook cuenta con más de 1.200 millones de usuarios y usuarias.

6.9.12

Alter Ego 1.0: los avatares de Nahuel Maciel


Este pequeño ensayo fue originalmente publicado
en la Revista Replicante. Leerlo de su fuente original tiene la gran ventaja 
de acceder a los muy interesantes comentarios
de algunos lectores sobre el mismo.








Este artículo comenzó siendo una caminata de primavera con un viejo amigo por la rambla de Montevideo. Me propuso escribir el guión cinematográfico sobre la historia que relato a continuación para presentar a los fondos concursables del Instituto Nacional de Cine Argentino. El cuento, de parte de mi amigo, venía con el sabor de la primera mano porque hace casi dos décadas conoció al protagonista. El tema siguió con días febriles de escritura del susodicho guión y la respectiva auto censura antes de ser presentado, entre otras razones, porque parte del suceso ya había salido a la luz en una especie de ensayo documental.

La historia es real. Si no me creen, basta buscar en Internet, si es que confían en todo lo que allí se publica.

I. Entrevista por fax

Buenos Aires. Verano del 91. Arde el asfalto y el humor de los porteños.
Un joven entra a la redacción de El Cronista Comercial, periódico de orientación liberal y circulación nacional. El muchacho no es alto, tiene el rostro manso y una mirada oscura de fiereza mal domesticada. Lleva la tierra en la piel y calza sandalias. Parece no ser consciente de que es portador de una estampa mezcla —valga el pleonasmo— de Che Guevara y ángel caído. Camina lento pero sin timidez.
Golpea la puerta y entra al escritorio del director justo en el momento en que éste mantiene una conversación alterada con la jefa de redacción.
Es una mañana miserable en el periódico. La nota principal del suplemento cultural acaba de hacerse añicos y no hay con qué reemplazarla. Una tapa y una doble es mucho espacio para llenar. Hacen llamadas, barajan soluciones, todas opacas.
Se presenta con la digna humildad de un cacique desterrado. El nombre ayuda al hombre: Nahuel Maciel. Llegado desde el hondo desierto patagónico a las fauces de la gran ciudad. El director puede verificar los datos que acreditan su trayectoria en ascenso a través de las fotocopias de algunas colaboraciones suyas en Le Monde Diplomatique National Geographic, entre otros medios. Es activista en el campo de los derechos humanos e indígenas. Ha participado en campañas y ha sido vocero y orador en actos multitudinarios.
Viene a ofrecer la entrevista que le hizo, por fax, a Mario Vargas Llosa y trae, además, una carta de recomendación de su amigo y mentor Eduardo Galeano. Conoce bien al uruguayo porque tradujo al mapuche una parte de Las venas abiertas de América Latina.
Por lo demás, en la situación en la que están, la llegada de un indio mapuche que trae una larga entrevista al autor de La ciudad y los perros es un regalo de Dios —el cual, como dice el manual, es argentino.
La dirección lo acepta sin muchas más pruebas de vida. Aún no lo saben, pero se convertirá en el nuevo periodista estrella. Como aquellos indígenas guaraníes que tocaban el violín para los jesuitas en Europa, Nahuel Maciel será, por un breve lapso, la curiosidad, el número vivo del ambiente. El aura primitivista que lo rodea sirve para contrastar todavía más el permiso que este niño tiene de meter el dedo en la crema y nata progresista de la cultura latinoamericana.
Las mujeres, muchas de ellas colegas de la redacción, sudan por ganarse su mirada negra y, si es posible, un lugar en su lecho.
Y si el apuro y la oportunidad fueron los motivos de haber obviado el rigor periodístico que obligaba a la redacción a cerciorarse de los datos de aquella primera colaboración, no hay explicaciones contundentes respecto del haber pasado por alto la veracidad de las notas que siguieron. Muchas.
A la entrevista inicial, Nahuel añade reportajes a Carl Sagan, Rigoberta Menchú, Ray Bradbury, Umberto Eco y Gabriel García Márquez, entre otros.
Hay quienes dudan, sobre todo algunos colegas de la redacción. El blanco manto de sospecha estará manchado, sin duda, por una gota de racismo y otra de envidia.
Pero la dirección de El Cronista no se va en pequeñeces. Disfruta sus quince minutos de gloria mirando por encima del hombro a la competencia gráfica local que supura una envidia amarilla y desconfiada.
Nahuel Maciel se vuelve una pequeña celebridad del estrecho pero ruidoso planeta del periodismo porteño. Abandona en parte su talante de nativo con quinientos años de resistencia en la espalda y se deja llevar por los vientos del abanico de los conquistadores.
Por ese entonces también es enviado por El Cronista a seguir el rumor de la existencia del Museo de la Subversión en la provincia de Tucumán. Viaja solo y regresa con documentación escrita y un rollo de fotos tomadas a un escabroso y secreto muestrario militar con galardones de la dictadura, sus infamias y aberraciones. Las imágenes muestran partes humanas cercenadas, rótulos de NN en frascos con órganos, fetos, huesos.
El nombre del diario que da la primicia es catapultado a los cables de agencias internacionales: El Cronista Comercial. Chan.
Días después, el gobernador tucumano Ramón “Palito” Ortega (sí, el que en los 60`cantaba “La felicidad ja ja ja já”) niega la existencia del lugar alegando animosidad opositora en su contra. Los organismos de derechos humanos de la provincia también están azorados y declaran que todo el asunto es un delirio. El Cronista Comercial, que ha hecho volar muchas plumas en el gallinero, de pronto, guarda silencio. No hacerse cargo: Costumbres argentinas, tomo II.
Por esos días, cuando la dirección de El Cronista insinúa la posibilidad de publicar un libro con la tremendamente-larga-qué-pena-que-no-es-más-larga-todavía entrevista al Gabo, Maciel acepta y sugiere para el libro un prólogo de lujo: Eduardo Galeano. No se habla más. Manos a la obra.
En marzo de 1992 Maciel redobla la apuesta de aquella primera entrevista al autor de Cien años de soledad con más material listo para editar entre tapa y tapa.
En la Feria del Libro, y ante un notable público cultural, El Cronista presenta Elogio de la Utopía. El libro del periodista mapuche, íntegramente realizado vía fax, con prólogo de Galeano y doce secciones con introducciones filosóficas de adivinen quién.
Aquel día, ante más de quinientas almas y con gran pompa y emoción, Nahuel lee una carta muy elogiosa de García Márquez hacia esas intervenciones y hacia su persona. No puede negarse que todo es a lo grande en Buenos Aires, la gloria y la vergüenza ajenas.
Dicen que alguien vio que alguien más vio que había visto tal vez, a Eduardo Galeano saludando a Maciel en medio de la gente en la Feria del Libro.
Se dijo también que un colega periodista osó ir más allá de las sospechas iniciales preguntando cómo era posible preguntar y repreguntar tan alegremente y en un texto tan largo… vía fax. O a nadie le convenía escucharlo u optaron por matar al mensajero. Costumbres argentinas, ambas, tomo III.
Hay que decir que el libro ostenta una escritura muy elíptica y mal podada, pero digna. En aquel momento parecía ser una publicación necesaria, urgente. 
El aire fresco de la utopía para una militancia quebrada luego de una dictadura atroz que dejó treinta mil desaparecidos, una primera democracia pusilánime y el menemismo de los noventa que, como un elefante rabioso, terminó de aplastar lo poco bueno, útil y público que quedaba.
No obstante, sucedió lo predecible. Días más tarde, como las fichas de un dominó, las demandas empiezan a caer.
La voz de Galeano suena en el auricular. Denuncia, atónito, que jamás prologó el volumen, que todo es un fraude y que no conoce ni de mentas al tal Maciel.
Créase o no, después de eso, El Cronista publica una última y extensa entrevista central al escritor Juan Carlos Onetti realizada por Nahuel Maciel, aun cuando existía la advertencia de un escritor santafesino que aseguraba que el reportaje era idéntico a otro de la uruguaya María Esther Gillio. 
Días después llega la demanda legal de un tal Mamerto Menapace, abad trapense y escritor de varios libros de cuentos de estilo campestre e intención catequística. La demanda llega junto con las fotocopias de su propia obra de la cual Nahuel Maciel plagió cada palabra. 
Cada palabra, menos una.
Fundida la cera de las alas, Ícaro cae en picada y se estrella en el duro mar de la verdad.
El director del periódico agita la evidencia en su rostro y lo interpela: “Es verdad, todo es un plagio”, dicen que respondió, “uno a veces tiene impulsos que no controla. Como los que se sienten impulsados a matar. La verdad es que no sé por qué hago estas cosas”.
Se ha descubierto el relleno agusanado del pastel. Maciel es el único que marcha al horno, aunque -hay que decirlo- han sido más los que batieron los huevos y añadieron la mantequilla para lubricar un éxito impostor vendido en porciones durante meses y cobrado en efectivo.
Maciel no se defiende, casi como si hubiese llegado un momento esperado. No insiste, no da más explicaciones. Desaparece. Su silencio es estertóreo. Y lo que en Buenos Aires no hace ruido, no existe.
Los responsables del diario, a su tiempo, balbucen explicaciones de lo inexplicable. El de Nahuel Maciel no fue un artículo publicado por error. Su mitomanía vino como anillo al dedo para avalar una vertiginosa carrera periodística en ascenso adobada con la rutilante presentación de un libro a cobrar en cash. Y recordemos que la -relativa- fugacidad del plagiario no fue obra del rigor periodístico del diario sino de la intervención y la denuncia de los autores.
Para resarcimiento de los plagiados, la justicia determinó que era suficiente la quema pública de la edición completa de Elogio de la Utopía (aunque no el ejemplar que tengo en mi estante).
Tiempo después, la demanda legal cursada por Eduardo Galeano es desestimada por la jurisprudencia argentina alegando que aquel prólogo no constituye propiedad literaria digna de protección puesto que no había sido escrito por él, y que tampoco existía defraudación pues no perjudicaba de manera alguna el patrimonio de Galeano.
No es para reírse. Aun cuando este tomo del manual se llame Costumbres argentinas, la justicia en los `90 como broma pesada.
Pero la biografía del que todavía vamos a llamar, un rato más, Nahuel Maciel, no termina aquí.
En 2007 se presenta una especie de documental, un ensayo en tono de burla al colectivo ecologista entrerriano que generó un largo y penoso corte del puente internacional entre Argentina y Uruguay. La protesta fue a propósito de la instalación de una planta de celulosa en el río lindero entre ambos países. Hasta hace unos años fue un conflicto doloroso, con aristas puntiagudas y pendiente de resolución durante mucho tiempo. La película se estrenó, sin éxito alguno, en Uruguay pero no en Argentina.
El realizador, Eduardo Montes-Bradley, tomó la historia de Maciel como eje de su trabajo ya que Nahuel fue uno de los voceros del movimiento a través de su trabajo periodístico en un diario local. Hay que decir que la biografía de Nahuel Maciel fue ridiculizada y utilizada por Montes-Bradley de forma humillante, igual que la de otros personajes, para fundamentar la mirada del realizador. Por lo demás, el filme no aporta información confiable ni de la industria papelera, ni de la ciudadanía que estaba a favor o en contra de la instalación de la misma.

II. Un Robin Hood de las ideas

Lo que hace años me sedujo de la historia de Nahuel Maciel no fue la arista fundamental del derecho a la información, la transparencia y el insoslayable respeto al contrato de lectura con la ciudadanía. Aun cuando la biografía de Maciel es valiosa en moralejas y también su arrepentimiento y la madurez al dar la cara en entrevistas posteriores e, incluso, en la citada película, ni de lejos me atrevo a pensar que es el único caso de plagio, material apócrifo o lisa y llana malversación de fuentes y datos en la prensa argentina y ainda mais. Ni en aquellos años 90` ni ahora, en un contexto político de movimientos singulares en la distribución de la riqueza, con plataformas tectónicas multimedia de pretendida imparcialidad pero con intereses parciales y atados al poder por sórdidos lazos históricos. 
Pero no fue este el carozo de mi apetito por la historia. Mi interés en Nahuel Maciel se encendió con el fósforo de un dato que tal vez ha pasado inadvertido y que mi amigo me contó por primera vez, en aquella caminata por la rambla.
En el libro publicado sobre la entrevista a Gabriel García Márquez, Maciel transcribe cada párrafo del texto del abad Menapace; copia cada palabra menos una, la única palabra de su autoría: donde dice Dios, Nahuel Maciel escribe Utopía. 
Si lo único y verdaderamente importante es la información, la literatura y el pensamiento y no la mano que la escribe, esta reflexión podría terminar aquí mismo. También si, como afirma Valery, la historia de la literatura podría contarse sin mencionar un solo escritor.
¿Sería lícito entonces, dejarse llevar por el declive de cierto ecumenismo creativo, al menos en ciertos ámbitos y géneros?
Confieso que desde el primer momento, y en contradicción con los principios que defiendo, no pude dejar de ver en Maciel a una especie de Robin Hood de las ideas. Un ladrón no exento de picardía empática que engañó a la nobleza para derramar las monedas de la cultura entre el pueblo, sin intención de enriquecerse seriamente.
No voy a atribuirle intenciones que él mismo no ha manifestado pero, en primer lugar, no creo que la voluntad principal del plagiario fuera la de la propia gloria. Esto hace la diferencia entre un mentiroso y un mitómano.
El periodista apócrifo sentía que tenía un rol en la transmisión de un mensaje. Al carecer, aparentemente, de otras herramientas psíquicas y personales, puso su propio cuerpo como pararrayos entre la palabra de los dioses y el destinatario. Y vaya si se quemó.
En segundo lugar, no quiero olvidar que Nahuel Maciel hizo lo propio para engañar a un medio de comunicación que se dejó engatusar para bien del negocio. La mentira no le fue ajena a El Cronista. No hay excusas sustentables para afirmar lo contrario.
En tercer lugar, me resisto a suponer que Nahuel Maciel creyera en la sostenibilidad de su ardid. 
Tampoco parece ser una persona enferma (a menos que alguien me asegure que todos los que poseemos una o varias personalidades en internet no lo somos, también, en parte).
Por último, es improbable sostener que una mente brillante como la de Maciel y una devoción a cierta línea de pensamiento progresista creyera que sus mentiras, en realidad, tendrían patas largas.

III. La literatura y el plagio

Como borgiana devota me gusta pensar que la literatura es parte de un gran canto sin fin erigido por todos los artistas de la historia y del cual todos los artistas de todas las épocas abrevan.
El plagio, no obstante no deja de ser un error y un recurso cobarde, absurdo y reprobable.
No me tiren piedras los defensores del derecho de autor, que no a la detracción de este me refiero,  sino a la bienvenida de la circulación cada vez más colectiva del pensamiento, la literatura, la música y los contenidos en general y a los cambios en los parámetros de propiedad intelectual.
Basta con hacer la prueba de sacar en un tris y un solo clic una cuenta en una red social —y pasar cinco minutos o cinco horas, todo depende del estado mental, el objetivo y las ganas de navegar— para dedicarse a dar voz a distintas facetas de la propia personalidad, ser el escritor negro de sí mismo o -y vaya si sucede- replicar el pensamiento de otros como propio.
Avatar, así se llama el nombre de un usuario en Twitter. La piedra que un avatar tira en las redes sociales puede provocar ondas expansivas de intensidad relativa, de acuerdo a su creatividad e imaginación y al número de seguidores que tenga. La mayoría de las personas todavía no comprendió qué significa el Twitter.
Es notable observar la fruición y la furia con la que algunos usuarios denuncian las ideas robadas, recicladas a veces, y devueltas como propias a la red. En otra acepción, son avatares de la red, circunstancias que vale la pena saber antes de colectivizar una idea, un texto o un poema en el mar de la web.
Se trata de aguas virtuales mal iluminadas en las que, por lo demás, es muy fácil tirar la piedra y esconder la mano. Aguas en donde el plagio nada libremente por ser el líquido virtual conductor por excelencia de la electricidad del pensamiento global.
Curiosamente, un avatar es también el nombre que en el hinduismo se le da a la encarnación terrestre de un dios, en particular Visnú, que junto con Brahama y Siva forman la tríada creadora cuyos atributos son la bondad, la pasión y la ignorancia.
La asociación libre tiene su coherencia: Internet es paradigma de creación original de múltiples autores, de intercambio solidario, apasionados lazos virtuales y, también, un propalador divino de la estupidez y la ignorancia.

IV. Errores reales, virtudes virtuales

El gran error de Nahuel Maciel fue intervenir en la historia del pensamiento vía fax.
Su equivocación fue del tipo 1.0. Su insensatez, llegar antes de tiempo a la fiesta de confusión de lenguas en la Torre de Babel de internet. Como el invitado que acude vestido de pingüino a una fiesta de gala y al que siguen recordando, llorando de risa, años después y disfrazados, los mismos invitados de entonces.
El punto no es la mediación tecnológica en sí sino sus consecuencias en el contrato de lectura y el capital simbólico del que da cuenta. Lo que en los 90`escandalizó de Nahuel Maciel y su particular modo de mentir para decir su verdad hoy suele ser pan de todos los días, en el trinar del pajarito de Twitter tanto como en el amplificado clarín del gran diario argentino. 
No con el mismo modus operandi, pero sí con los mismos resultados.
Defiendo la propiedad intelectual y el amparo de la obra cuya creación costó ese 99% de transpiración. 
Pero me pregunto qué es lo propio y lo ajeno en un mundo de creaciones que se repiten y pasan de mano en mano como una antorcha, de avatares e identidades extendidas, un mundo que va demasiado rápido en la línea de tiempo y donde todo se olvida tan fácilmente.
El otro error de Nahuel Maciel fue decir a través del periodismo lo que debería haber intentado a través de la creación literaria. Mentir es condición de la literatura; los escritores somos embusteros por naturaleza.
La escritura altera la rutina de la vida, la enjaeza, le da una dimensión fantástica, absurda u onírica. Por eso escribir es un ejercicio curativo y transformador que puede cambiar la vida.
Apuesto a que un hombre que pudo recrear una ficción de tales dimensiones podrá crear las mismas historias —siempre son las mismas— de su propia mano. Me alegró mucho saber que a esto se dedica actualmente.
Por mi parte, la sola esperanza de tratar de recuperar la propia voz que entonces no llegó a oír y que ahora intentaría conquistar le otorga los cien años de perdón.
Por último, debo decir que el protagonista de esta historia no es mapuche. Que nació en Corrientes y allí fue criado. Nahuel Maciel es, a su vez, un seudónimo, un avatar elegido por el muchacho que fue anotado en el registro civil bajo el nombre de Arquímedes Benjamín.
Algo parecido a lo que sucede con una servidora, Vesna Kostelić. No soy croata aunque es cierto que fui criada por abuelos balcánicos. Desde adolescente utilizo mi segundo nombre y mi segundo apellido para firmar cualquier tipo de intervención literaria. Mi avatar es @bradamante. Al respecto, también debería decir “No sé por qué hago estas cosas”.
Del hombre a quien elijo seguir llamando Nahuel Maciel aprendí que el alter ego de una persona es a veces una forma de ser más fiel a la propia identidad y no a la que impone la cédula, la rutina y la supervivencia. Es el verdadero nombre escondido en el nombre.
A veces los avatares son como esas muñecas rusas, huecas, tramposas y ocultas una dentro de la otra. Hace falta la voluntad de abrirlas una por una para llegar a la verdad.