Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

17.7.16

Zona de promesas



Y aunque te estuvieras muriendo,
alguien más estaría muriendo,
a pesar de tu legítimo deseo
de morir un minuto con exclusividad.

Roberto Juarroz

El crepitar de la madera en la estufa, un café y un mate a la vez, el disco que ya estaba, play again, las velas diurnas y las flores amarillas. Mundo perfecto.
El acto inercial de repasar las noticias, pasando una portada tras otra, pinchando algo y leyendo transversal, evitando los editoriales como charcos después de la lluvia. Nacionales, lo de siempre: penillanura levemente ondulada, descripción que excede largamente la orogénesis. Compruebo mi cosecha de titulares de ayer y la reenvío a quien corresponde; me guardo una crónica implacable de Urwicks sobre trata que ya me hizo llorar la primera vez.
Y el mundo. Las pupilas no descansan. En el tuiter, las imágenes de las bombas cayendo en la noche de Ankara ya casi han pasado, un hombre frente a un tanque; me recuerda a Tiananmén pero es  Estambul y es justamente lo que dice el epígrafe;  Erdogan hablando a través de facetime, @pictoline que narra en imágenes la historia del periodista que sobrevivió al terror de Niza, el NY Times y un Aftermath of Terror on a Scenic Waterfront, view the slideshow now, 1 of 10; un hombre detenido en San Diego tras asesinar a media docena de homeless, @Trendinalia que arroja #NoalTerrorismo #Nizza #RogueOne #Turkey #FindingDory, con fecha de vencimiento de veinticuatro horas; y cientos de posteos sobre las protestas porteñas por los aumentos y ni una palabra en los diarios del impresentable; siempre algo de Maradona, Messi o Suárez, y los 40 años, los cinco Tarnopolsky, los Palotinos, la figura del mártir, esa argamasa de héroe y de víctima. 
Es mi trabajo. Entro y salgo del repaso matinal de los diarios. La muerte, los políticos, la mentira, la desidia, la injusticia milenaria, el estéril voluntarismo, las frases rotas, la mutilación del presente, el futuro ciego.
Perdimos todas las batallas. No hay justicia, ni redención, ni descanso.
No entiendo cómo llegué a pensar, durante casi cinco décadas de existencia que era posible cambiar algo. Hubo un tiempo en que llegué a creer, incluso, que escribir, que mi inclinación por la literatura, era un insulto a la realidad, una burla al duelo del mundo. Una frivolidad imperdonable, como quien derrama agua junto a un sediento. Juarroz me da la razón: “Y aunque pudieras llegar a no hacer nada,
alguien estaría muriendo, tratando en vano de juntar todos los rincones, tratando en vano de no mirar fijo a la pared”.
¿Cómo llegué a pensar que podríamos hacer algo; peor que eso, que yo podía hacer algo?  
Culpa de la biografía. De los cuentos que me quemaron el coco. Aunque seguro que no sólo yo sigue escuchando a Tonka, desde su estatura de tres años "las bombas caían como semillas de luz sobre Zagreb". Crecí tratando de imaginar qué se siente ser una niña que duerme tibiamente entre las sábanas limpias y despierta de pronto, rodeada de odio y estallido, obligada a dejar todo y cruzar el océano hacia Nunca Jamás. ¿Puede Peter Pan sufrir por el dolor de la guerra y el exilio de generaciones que le anteceden?
Por esos declives del zapping me demoro en “El salto de un pez a la tierra es más común de lo que se pensaba”. El artículo explica que algunos peces desafían su modo de vida de manera extrema y saltan fuera del agua. El ignoto autor del estudio, dice que el comportamiento anfibio ha evolucionado varias veces y que se ha dado tanto en peces que viven en climas tropicales como en el frío polar, que comen cosas distintas y viven en agua dulce o salada. Incluso hay algunos peces que, al borde de la muerte, pueden pasar varias horas saltando en la zona donde las olas salpican, o que permanecen encastrados en las grietas de las rocas, administrando la respiración en esa olimpíada evolutiva, esperando que suba otra vez la marea.
Pienso de repente que si hace más de trescientos cincuenta millones de años la existencia de los peces torció drásticamente la historia de la Tierra iniciando el proceso de evolución de los vertebrados hasta inventar al hombre, podría volver a suceder.
El artículo me infunde una extraña sensación de que no todo es derrota, una esperanza, ya no en la humanidad, sino en la naturaleza.
Y ahí está; vuelve a suceder, el Sísifo de la esperanza, la piedra de creer que puede mejorar.
Culpa de la fe. Ese estúpido don no elegido, el grano de arena que la ostra marina* no puede escupir ni asimilar, y que transforma en perla, envolviéndola con su propio organismo hasta morir,  porque no le queda otra más que proteger la esperanza oculta en el fondo, latente, valiosa.









*Madera Verde / Mamerto Menapace



14.4.15

Galeano



Una de las primeras sorpresas de vivir en Montevideo fue el hecho de caminar muy tranquilamente en cualquier momento y descubrir a Galeano y Benedetti meta charla y café en el Bacacay.  O en el Brasilero, lugar donde uno podía encontrarlo los lunes. Es que acá todo está cerca. Lo más grande, al alcance de la mano. Por eso a veces es difícil distinguirlo, como es difícil verse uno mismo la punta de la nariz.

Tuve la suerte de conocerlo personalmente gracias al agua. En 2004 le pedimos permiso para cambiar las venas por canillas abiertas para el título del libro, y cuando lo convocamos a presentarlo e ir a Brasil, Galeano nos ofreció su apoyo generoso e inmediato a la campaña por el derecho público al agua: “lo que quieran, yo voy adonde digan”.  

Un día de esos posteriores al festejo del plebiscito que ganaron los uruguayos, armamos una cena porque estaba el Oscar Olivera de Cochabamba, y con Galeano se querían conocer. Vino acompañado de esa extraordinaria tucumana a la que él le dedicó la mayoría de sus libros y que le regaló su vigilia y sus sueños. Estaba Hillary también.

Hablamos del fervor por Bolivia. Descubrimos que coincidomos ambos en el salar de Uyuni, durante el eclipse total de sol del ´94, en medio de esa nada blanca de horizonte cóncavo, sin planta ni pájaro. Le recordé el centenar de sikuris durante el oscurecimiento total por la mañana, treinta segundos de noche cerrada de repente, pasar del infierno del sol vertical al frío helado y negro en un paréntesis inverosímil, en ese campamento de artistas y locos donde el viento, que no chocaba con nada, no sonaba. Hasta la Nasa estaba, a lo lejos. Le dije que no lo había visto, qué raro. Entonces contó, como confesando, que la noche anterior, había pasado -como yo, como todos- bebiendo y cantando en los fuegos del desierto de sal fosforescente, pero que se había quedado charlando tanto tanto de la vida con Rigoberta Menchú, porque hacía una vida que no se veían, que siguieron de largo la la mona, cada uno en su carpa, y nunca vieron el eclipse.    

Tino tenía tres meses y algo; lo tuvo a upa un rato y se enredaron en una charla de balbuceos: “habla igual que un diputado chino”.  Le conté que unos meses atrás, cuando me tocó preparar el bolso de nacer, arriba de las batitas, de la toalla, el corpiño de lactancia, la vaselina y los pañales XS, puse un libro suyo.

En el silencio hospitalario, testigo de la primera noche milagrosa junto a mi hijo dormido en su cunita transparente y el sueño exhausto del padre, abrí el libro y leí un buen rato. Era el mismo libro que Eduardo había traído de regalo esa noche y que gentilmente dedicó con chanchito y palabras que hoy volví a buscar. 

Esa noche, no sin bastante vergüenza, le conté que escribo y que hacía largo tiempo garabateaba una especie de mamotreto acerca de la historia de cómo mi abuela había cruzado el océano desde los Balcanes tras su esposo, siguiendo la pista de una carta equivocada.

Ahí el tipo se interesó y sacó una libretita: “Ah, no, pará, ni pienses que te voy a contar la historia para que transformes en un relato perfecto de quince líneas lo que a mí me lleva media vida escribir de manera regular”. Me dijo Helena que Galeano era un cazacuentos y que hacía bien.

No le dije esa vez que empecé a leer Memoria del Fuego boca arriba en el campo de alfalfa de Agronomía, con Almendra ladrando alrededor y que pasé toda esa noche sin dormir, hundida en las geografías, las ilustraciones asombrosas y las historias de esa América que empezaba a existir para mí. No le dije que al día siguiente yo no era la misma. Después, vinieron otros, pero Galeano fue el primer cronista que le contó a mi generación, la perdida, que hace rato que somos un nosotros,  que hay un lugar propio desde el cual partir y al cual volver, hecho de palabras, de historias, de ignominia, de muerte y de dignidad. Galeano lo decía, Mercedes lo cantaba, dijo Gieco hoy.

No le dije que un sábado en Buenos Aires, podía distinguirse de cualquier otro día por el ritual de calentar el agua y cargar el mate y buscar el rincón soleado para leer la contratapa del Página, sabiendo que ahí estaba, desafiando a los infames con su palabra clara como el agua.  Cuando me vine, al principio, en Punta Carretas, si en una de esas extrañaba, mi compañero me sorprendía más de un domingo de mañana con el Página del sábado,  que se conseguía en el kiosko de tarde.

De tiempo somos, empieza diciendo Bocas del Tiempo. Volví a buscar el libro en el estante, casi diez años después del día que en que di a luz, de esa noche insomne de cambio de generación, y volví a leer ese primer relato. Tenía entonces un misterioso sentido que hoy se completa. Gracias Galeano por todo, buen viaje.


El viaje

Orioll Vall, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien.

Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos.

Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje.




Bocas del tiempo,
Eduardo Galeano, 2004

7.7.13

El enlace


La conversación dura pocos minutos.
Es domingo, mediatarde. Ambos esperamos junto a la caja para pagar y huir del restorán que es un infierno de gente queriendo salir y esperando por entrar. 

Un rato antes, desde mi mesa, me había llamado la atención la pinta aristocrática y distante de aquel hombre mayor, a la cabecera de la gran mesa, con mirada de príncipe distante y abrumado.

Él empieza. No sé qué ve en mí que lo anima a sincerarse. Tampoco sé por qué lo que me cuenta se me clava como una espina que no se quita, la semilla de una fruta atravesada en la garganta; como si me hubieran dado un papelito doblado con un mensaje invisible, encriptado, que no sé a quién debo entregar ni por qué.

-Yo soy del inframundo, soy el enlace.

Eso fue lo que dijo, y agregó: -Si usted supiera, pensaría que soy una porquería, un monstruo.

Le pregunto qué cosa puede ser tan grave, pero no me contesta. 

De repente su aspecto se vuelve frágil, como el de alguien que está a punto de desvanecerse y tiene urgencia por transmitir algo antes. Me extiende la mano pidiendo la mía y se la lleva a medio camino entre ambos. Caigo en la cuenta de que somos dos completos desconocidos, con medio siglo de diferencia, presos de las miradas de la familia que observa con inquietud, algunos desde la puerta y otros desde la mesa ya desvestida.

Debe haber sido un hombre escandalosamente guapo de joven, un dandy. Algo de eso conserva todavía en el cabello ceniciento cortado al filo de la nuca, la polera negra de cachemire, envuelto en un abrigo negro también, de cuero y piel, diseñado para alguien más joven. Se encorva un poco como para esconderse en alguna parte y se seca las lágrimas con el dorso de la mano.

-Hoy hace un año que Elena se fue; estuvimos casados cincuenta y dos.

La vista se le empaña otra vez. Repite la cifra mirándome no a los ojos, a un punto dentro de mí, más allá de mí.

-A Elena no le corría sangre por las venas, fuego tenía en las venas.

Cuenta que la conoció en un baile en San José; que el salón del club estaba decorado con faroles de papel y lamparitas de colores. Que servían refrescos, garnacha y grapa.

-En aquel entonces yo vendía panteones y ella era modista.

Lo dice como si fuera lo más normal del mundo, y yo lo escucho de la misma manera; hasta parece más animado transportado por su propia memoria a un lugar y un tiempo más dichosos.

-Estaba muy pintada, vea -me dice-, pero bien vestida, aunque llevaba una pollera dos talles menor que el que debía haber usado.

Jura que era la mujer más linda que había visto en su vida y que nunca más vio otra igual aunque hayan pasado los años.

-Fue la casualidad, ¿sabe? Por más que uno se mate buscando el amor o el bienestar, siempre es la casualidad la que nos trae las mejores y las peores cosas.

Me cuenta que su Elena había acompañado a una amiga a la que le iban a presentar a un candidato, cosa que finalmente parece que no sucedió y se quedaron las dos muchachas de florero; y que primero se ocupó de encontrar a alguien que sacara a la amiga de la escena; que la sacó a bailar «así, con el dedo», y que ella aceptó.

-Cuando la vi venir, me pareció que era una ilusión encima de una nube -dice.

Bailaron toda la noche, les dolían los pies pero no querían parar porque si lo hacían «seguro que la vida seguiría su curso, el encargado del club apagaría la música, la empleada empezaría a barrer las serpentinas y a descolgar aquel collar de luces».

Se acordarían siempre de aquella noche inicial e interminable de milongas, tangos y valses mezclados con canciones de moda de Elvis y Billy Holliday. 

Cuenta que a veces, «cuando nos quedamos solos»  -baja la vista, aprieta los labios, corrige el tiempo verbal que la muerte siempre descompone- volvían a enhebrar cada imagen de esa noche, compitiendo por recordar qué canción fue primero y cuál después, quién dijo qué cosa y qué contestó el otro.

-Bailar con ella era soñar despierto -dice.  

Los dos sonreímos ignorando a la persona, tal vez su hija, que lo urge a terminar la charla desde la puerta del restorán.

-Imagínese, yo no sabía cómo reaccionar, se me acababa el tiempo; hubiese querido casarme al otro día. Lo único que se me ocurrió decirle es "no se pinte tanto señorita, que usted no necesita, y enseguida le pregunté si la podía volver a ver".

Dio dos pasos lentos sin soltar mi mano, como apurando el relato y me contó que esa primera vez se despidieron bien pasada la medianoche, que ella le dijo en qué calles vivía y le dio a entender que no le molestaría que la visitara.

-Dos días después la fui a ver. Primero pasé, como se debe, por la vereda de enfrente y sin mirar.

Ella estaba, pero no sola. La reja de su casa estaba abierta, Elena salía seguida por un joven; se quedaron conversando, así que dobló la esquina y se ocultó de su vista.

-Traté de esconder el ramo de rosas y mantener la frente alta. El hermano no era -dice mirando el piso como si reviviera la amargura de aquel instante ínfimo sucedido hace medio siglo.

Se esforzó por no pasar demasiado rápido para que Elena pudiera verlo y -quién sabe- tal vez llamarlo, ni tampoco caminar muy torpe o lentamente para que, si ella decidía hacerlo sufrir con el desdén que corresponde a una dama, no se quedara con la idea de que tenía razón al ignorar a un tonto.

-Las flores no las quise tirar. Las entreveré en la corona de un muerto cualquiera, al día siguiente, cuando fui a levantar un pedido.Qué culpa tenían aquellas rosas.

En eso, regresa la hija al restorán, se acerca, lo reprende en voz baja. Es amable pero está visiblemente molesta con su padre y entiendo que también conmigo, y no sin cierta razón: el veterano y yo obstruimos el paso para todo el que quiera entrar o salir de la cocina o el baño del local. A nuestro lado se ha amontonado la gente que quiere pero no puede transitar y no se anima a interrumpir.

Él no se inmuta, me toma del codo y me guía hacia la salida.

-Pasé la mitad de mi vida con los muertos, pero nunca nada parece grave hasta que te toca

-¿Y la otra parte? -pregunto-. El contesta con liviandad: -La otra parte la paso leyendo todo lo que me llega a las manos.

Me cuenta que tuvieron cinco hijos, que prosperó, que son cuarenta y cinco en las fiestas.

-Lo que vino después se lo cuento un día, si la casualidad así lo quiere y nos volvemos a encontrar, lo cual sería un placer.

Antes de cruzar la puerta del brazo de su hija, se despide con una inclinación de otro tiempo y las mismas palabras cifradas:

-Yo soy el enlace; gracias, señorita, por escuchar.










22.3.13

Notas al margen de la hoja en blanco


A veces es necesario volver atrás, hasta la encrucijada. Recoger las migajas derramadas en el camino y regresar, lentamente, con la certeza de que retroceder es avanzar.
Quitar una a una las capas de la cebolla. Olvidarse de la punta del ovillo. Dejar de pensar en los ojos de los otros, cada cual con su paisaje en la retina. No pensar en absoluto. Olvidar la mirada soez, obsecuente, del rostro del mundo. Recordar los ojos ardientes del gato.
Y no tener más ambición que un animal, un inocente perro de la calle después de la lluvia, alegremente perdido, husmeando las veredas con más instinto que astucia. Buscar sin esperar. Alimentarse del hambre.
Hay que apagar una a una las luces, recorrer la casa en penumbras, acostumbrar el ojo a la oscuridad infinita del abismo. Confiar solamente en la temblorosa luz de un cirio.
Ante todo, hay que saber abandonar. Subir a la barca silenciosa y alejarse de la orilla.
Recuperar la fe en la locura. Volver a creer en la noche benéfica; quitarse el calzado y caminar sobre el asfalto hasta llegar al césped nocturno cubierto de rocío. Detenerse allí donde la intemperie nos ofrezca cobijo.

Nada hay más pesado que arrastrar el cuerpo sin vida de aquello que ya no somos. Lo remolcamos hasta que el peso nos rompe los huesos de la nuca. Mientras no hiede, no somos capaces de dejar atrás nuestro propio cadáver irredento.

Sálvate a ti misma, me dijo en un último intento por retenerme. Pero la mujer del otro lado del espejo no sabe que no existe.

Tres días es un tiempo razonable. Hay que resucitar a tiempo antes de morir.




30.1.13

Apuntes para las hadas



















Me levanto un momento para fumar arrumbada en el ventanuco sobre los techos de Kreuzberg. No hace mucho frío y las casas tienen calefacción del primer mundo. Me llevo la laptop y el chopito de tequila 1800  que descubrí escondido en el mueble detrás de los fideos.

Trato de escribir pero no hay caso. Dejo el teclado y tomo el cuaderno negro. Las frases parecen ganchos indescifrables.

Lo segundo que se muere cuando se muere alguien amado, son las palabras. Los tiempos verbales aparecen, de pronto, arbitrariamente descalificados.
Es, era, fue, será. Todo entreverado. La muerte no admite el relato en tanto es el fin del tiempo verbal que lo hacía posible.

En este hecho se comprueba que el pretérito, siempre es imperfecto, y el presente apenas un tiempo que se nos va de las manos como la arena de la playa.

Me sirvo un tequila. Onhe eins, pienso. Increíblemente, cumplo. La nieve, casi fosforescente, se ha depositado sobre las pesadas ramas de los árboles, sobre los coches y las bicicletas recostadas sobre las entradas, los tejados reflejan la luz de la luna y cada tanto un transeúnte atraviesa la madrugada a paso apurado.

A veces se escriben cuadernos enteros, varios tomos, invisibles e indelebles, sin usar una sola palabra.

***

Los niños son sabios y curativos. Cuando lo supo dijo tranquilamente: hay que plantar un sáuco porque es el árbol de las hadas y Katrin es un hada.

***


No le temo a la muerte. Curiosamente compruebo, que la gente que más miedo tiene de morir es la que más miedo de vivir tiene.

No le tengo miedo. Me enoja. Me humilla. Me hace sentir estúpida e impotente, como si algunos se estuvieran burlando de algo alrededor tuyo, y vos te reís también y al rato te das cuenta de que sos el chiste. Obstinación de gallito ciego pegándole al vacío con el palo de escoba.

Vos respirabas un tiempo que, a su modo, era eterno. La mayoría de las elecciones de tu vida fueron tomadas con la absurda e inevitable certeza de que la vida es para siempre, entonces, vale la pena dedicarle todo el tiempo del mundo a las pequeñas cosas.

Tengo tanto que aprender.

Vengo tratando de ejercitar el viejo instinto de la oración, que al contrario de lo que se supone, es hacer silencio para escuchar.  Si lo logro, si logro callarlo todo, tal vez  escuche un día cómo hacer para agradecer el haber vivido parte de la eternidad a tu lado.

***

Los conocí a los dos el mismo día. Pero esa noche yo no tenía ojos más que para un hombre en el club Almagro, noche de tango, de luces cansinas y mujeres vestidas de negro y rojo. “Cuidado con ese hombre”, me dijo en la barra, ya después de un par de tragos y solidaridad de género. Tenía razón. Era para cuidarse. Me casé con él.

Pensábamos envejecer juntos. No es un reproche. Bueno, un poco sí. Ibamos a construir otra casa sobre pilotes en el bosque encantado. Ibamos a criar canas rodeados del viento en los eucaliptus, y las olas rompiendo en la orilla del sueño.

El plan no era complejo; dos cabañas: el que ronca duerme solo (“ya sabes quién”), “habría que trasladar las bibliotecas”, “tener un auto no es necesario”, “es indispensable un auto”, “una bicicleta, seguro” “un seguro de salud y un combo de jubilaciones decentes para comprar vino bueno y los libros, los medicamentos de la edad, mantener la banda ancha". El ejercicio de caminata ida y vuelta a Piriápolis es sin costo. Yo paso, dije. Fui apoyada también en mis objeciones de urbanismo libertario: mal que les pese, haría frecuentes excursiones a Montevideo y Buenos Aires.  Mucho aire puro termina por malhumorarme.

Nada podía fallar. Qué absurdas somos las personas. Todo puede fallar.

***

Aquel sábado, después de un viaje interminable en la agonizante Iberia, llegamos a Berlin con el pequeño Jedi. El cielo, primero rosado, empezó a tornarse saturado de un blanco lechoso como si estuviera por reventar. 

Recordé a mi vieja y sus descripciones del cielo de Zagreb antes de la nevada. Tal cual.

Dormí más de doce horas. Cuando abrí loso ojos, sobre la ventana del tejado los primeros copos de nieve empezaban a caer sobre Berlin. Efectivamente, como decía Tonka, los copos no caen, oscilan, van haciendo maniobritas en el aire antes de posarse en donde les toque. Un poco como nosotros. Hay que ser muy tonto para ver un solo copo. Lo que vale es la nevada. No pude dejar de pensar en que es la versión europea del mar de fueguitos. Mar de copitos. Kreuzberg nevado es una de las cosas más bellas que uno tiene la suerte de ver en la vida.

Estabas tan presente en esa caminata blanca hasta el parque, con los chiquilines y los trineos. Pensé que dirías, con la acidez que te caracteriza –me niego aún al pretérito imperfecto-  que pronto se iría la nieve y vendría la llovizna, que todo lo convierte en lodo y piedritas. Tal cual, también.
Pensé en que tal vez mañana, cuando te llamara por Navidad, te contaría eso mismo.

Más vale hoy que nunca.

¿Quién nos quita la belleza de la nieve aunque dure un instante?

En eso nos parecemos. En mirar la eternidad de lo fugaz y el lado bueno de las cosas. Oteando el otro lado, pero ninguneándolo un poco para que, el que vale y es bello, dure más, aunque a veces ni siquiera exista.

Y en recurrir a lugares comunes para explicar las cosas.

***

La iglesia que ya no es iglesia se yergue bella y austera en el cruce de calles. Entro y salgo. Igual con la otra. Inútil buscar una iglesia en Berlin para llorar como la gente. Muchas de ellas se han convertido en bares y no quiero caminar más.

Volvemos de la caminata hablando del horrible barro helado que queda después de la nieve; vagaba en mi mente buscando una respuesta, cuando alguien me trajo por azar la referencia de un libro amado  y del cual hablamos largamente hace poco. 

Fue en octubre. Se perfilaba como una de esas largas noches de Jhonnie, pero habías llegado en el barco de las 7 y estábamos agotadas del laburo. Apenas podíamos mantener los ojos abiertos pero no queríamos renunciar a un rato más de charla y pusimos otro disco de Nina.

El clima nos daba permiso para estar afuera y fumar. Qué estás leyendo, siempre fue una forma de retomar el hilván de la conversación abandonada meses atrás. La amistad, cuando es genuina, remienda el tiempo con su aguja y continúa como si nunca se hubiera detenido el tejido de las cosas.

Yo había retomado la lectura de la Invención (nunca le agarraste el gusto a ninguno de los dos, a pesar de mis intenciones) y trataba de explicarte la trama, con ademanes y aspaveintos, en clave de Lost

Vos te atoraste de risa cuando se me ocurrió ilustrarte el asunto diciendo que el protagonista es un venezolano medio loco, medio genio, con cruza de Silvio Rodríguez y Ben Linus. 

“Chavez!” gritaste casi. Nos tapamos la boca con las manos para no despertar a los vecinos con las carcajadas.

Me llevó como media hora contarte la relación entre Linus y Morel, entre Kate, Faustine e Irene. 

Después discutimos acerca de si el amor es necesario para sobrevivir, si se puede amar algo que sabemos que no existe, si puede volver a existir por obra del amor, si la creencia es creadora, si la creación no es en realidad, mera cuestión de fe y la fe, apariencia.

No habías leído el libro ni visto la serie pero usabas la información que te había dado, en mi contra. De pronto estuve atrapada en mi propia isla inventada. Y era tarde y tenía que trabajar.

Tu paciencia para escuchar y reír con los amigos era parte de ese sentido tuyo del infinito y tu inteligencia no descansaría en la esgrima del debate ni siquiera al ver amanecer. 

Esgrimí que es relativamente sencillo destrozar a Bioy usando las razones opuestas para descalificar a Galeano. Pero estaba cantado nomás que esa no era mi noche. Me estabas despedazando. Servimos la última ronda. Fui a buscar dos piedras de hielo.

Cuando volví, jugando una última carta, me senté, tomé el libro y te pedí que escucharas:

“Ya no estoy muerto, estoy enamorado”.

Voilá. Abriste los ojos, inclinaste la cabeza, estiraste el brazo y tomaste el ejemplar con los ojos entornados del que acepta cada derrota como un reto a medida.

Nunca sabré si finalmente leíste el libro.

Si pudiera pedir una sola cosa, sería una noche más.

***

Como no podía escribir, con las hilachas del asombro de la palabra ausente, hice una lista minuciosa en el cuaderno negro de las cosas que no quiero olvidar. Como si enumerarlas pudieran retenerte de algún modo.  

Cosas triviales, los actos más insignificantes, como cortar un trozo de queso, hablar por celular, o el gesto de recogerte el cabello en una trenza gruesa.

No voy a escribirlas, no solo porque la lista es más interminable que la historia de Michael Ende; puedo resumirlas en una sola.

Lo primero que pensé cuando supe que habías muerto es es no voy a olvidar tus manos. Orgánicas, en movimiento, con la palma abierta para dar y recibir, pronta para agarrar las causas perdidas. Tus manos indispensables, las de pelear cada día, espada en alto, lado a lado junto a Bastián Baltasar Bux para salvar Fantasía y curar a la Emperatriz.

Si alguna vez olvido tus manos, significaría olvidar lo bello, lo bueno y lo justo que hay en este mundo. 

Tus manos sigilosas de dedos, medianos, sensatos en las dimensiones, las articulaciones como nudos de ramas jóvenes de cerezo. Las uñas translúcidas, escamas de un pez antiguo, ovaladas y lisas como la piel de la luna.

Tus manos que lavan los platos con parsimonia, que escriben con delicadeza y con furia, que levantan banderas de causas perdidas –cuáles si no-, manos que cambiaron pañales, que acunaron con amor, que cobijaron a las chicas, manos que les dieron un empujón cómplice de libertad cuando llegó la hora. Manos dispuestas a sembrar, a cosechar y repartir. A dejar partir. Tu mano en mi hombro. 

¿Cómo hacer para soltarte? Espero que tus manos me enseñen el inverosímil ejercicio de decirte adiós.

***
Pero las cosas son como son.

Tantas veces imprecamos sobre lo establecido. Llegabas con tu pequeña maleta desde alguna parte del mundo pronta para gastar la madrugada en charlas de nunca jamás. Uno de los clásicos era por qué no puede ser de otro modo.

Tantas veces en tantos años nos interrogamos, discutimos de política y de historia, apretamos los dientes frente a la injusticia, el dolor, la falta de esperanza de quienes están a la intemperie de la historia.

Yo no sé si lograremos entre lo muchos pocos que somos que algunos sean menos pobres, que otros sean menos ricos, que seamos todos más sencillos, menos egoístas y más felices; más buenos, más lúdicos y más niños.

Yo no sé si esta es la puerta o la ventana, si es el camino directo, el atajo o la encrucijada.

Yo no sé si lo lograremos porque es cierto que somos frágiles y porque ellos son los dueños de la pelota y son poderosos. 

Yo no sé si podremos. Pero no voy a despedirme del timbre de tu voz recordándome a diario que vale la pena intentarlo.



18.4.12

Los abriles malditos

A Flavia

 (1976)
“Hay un picaporte en el suelo”.

Escucha la frase susurrada en la terraza y recuerda que, efectivamente, ese mediodía, mientras descolgaba la ropa, vio el viejo picaporte que indefectiblemente se desprende de la puerta del cuartito.  Hace falta buscarlo y encajarlo en la puerta de lata para abrir.
«Que lo levante Magoya», dijo con desidia cansada y los brazos cargados de sábanas tibias.

Se levanta en combinación sin hacer ruido y abre despacio la puerta del patio interior que da a la escalera. Yo escucho sus pasos descalzos, el crujir de los huesos de las rodillas. Me levanto también y voy a su lado. Intenta echarme, que me vaya, que me vuelva a la cama, inmediatamente y sin chistar; me lo dice en croata y en español.  Yo me aprieto más a sus caderas de satén; desde entonces más o menos, es que soy de no hacer caso cuando me dicen que debo huir. La brisa es fría, siempre es fría en el recuerdo aunque sea solamente abril, y se está mucho mejor amarrada al mástil del peligro junto a la persona que amas, que segura lejos de ella.

En la pared de cal de la medianera, los dedos de luz de unas linternas se encienden y desaparecen como en un teatro de sombras. No tengo miedo, pero percibo el temor en el leve temblor de su organismo.

Hay alguien en la terraza. Más de uno. Eso lo entiendo a pesar de la infancia.

Esa mañana, como otras, Tonka sintonizó puntualmente el programa Español para todos en ATC, con la intención nunca consumada de tratar de limar ese inmundo acento croata y ampliar el vocabulario. La audición del día se explayó en las variaciones del verbo ser: yo soy, él es, nosotros somos. Ser, existencia, identidad.

“Repita con nosotros, estimado televidente: yo me identifico, tú de identificas, él se identifica”.

Esa noche, Tonka se aclara la garganta y la lección aprendida se arroja certera como una saeta:
-Identifíquese o disparo.
Por un momento, se apagan las linternas y las voces se funden en la oscuridad.

Yo me escondo un poco más detrás de sus ancas, hundo la nariz para atrapar el hedor de su miedo que me da seguridad, me mantengo bien pegada a sus piernas de vellos suaves. Hago un rulo nervioso con el dedo índice enroscando el raso de la combinación; ella me aparta suavemente hacia atrás y no quita la vista del hueco ciego de la terraza al final de la escalera.

De pronto, dos pares de piernas en jeans comienzan a descender muy lentamente. En las entrañas de la casa, muy oculto, escucho los ronquidos de mi padre dormido. No quiso despertarlo (“Seguro agarraba el chumbo y salía muy machito a la tarraza. Parra qué? Parra nadda; para que los energúmenos le pongan un tiro y me lo dejan ahí, muerto”)

Los hombres bajan con las manos en alto. Ambos llevan una linterna en una mano y el arma en la otra.

“Señora…”
“Alto ahí”.
El que va adelante bajando en zapatillas, nos fusila con la linterna en la cara. Yo me escondo como detrás de un roble; ella se tapa el rostro con el dorso de la mano.
“Somos de la policía federal, señora. Estamos buscando a unos subversivos”.
Y entonces, lo inadmisible (solo con los años pude entenderlo):
“Identifíquese o disparo”.
La voz es formidablemente firme. En mi limitado acervo infantil la declamación de mi madre se repite con los años en los estertores de los yacarés del paso del Yabeberí: “No hay paso. Ni nunca!”
Unos pocos escalones antes de llegar al último, el milico de civil suspira hondo; hace un gesto de fastidio con la cara, deja la izquierda de la pistola en alto y con la otra, la de la linterna, saca una credencial del bolsillo trasero del pantalón y la extiende.
A la vez que adelanta la cabeza para ver, Tonka atrasa el cuerpo y se tapa con las manos para esconder el escote reconociendo de repente, como Eva después del error, que está casi desnuda. Sin embargo, los vuelve a mirar con la frente en alto y frunce el ceño, feroz y desconfiada:
“¿Podemos pasar a revisar, señora?”
Mi padre se enteró de todo recién a la mañana siguiente. Flor de pelotera: inconsciente, pelotuda, se serás reverenda boluda, de no creer, gringa tenías que ser. Supongo que ese día mi madre aprendió bastantes adjetivos en español de los que no enseñaba ATC.
Nunca voy a entender del todo por qué, pero esa noche no entraron. No sé si recuerdo o imagino la frase que salió de sus labios:

“Fuera. No se entra de noche a una casa de familia”.
***
(1978)

La tía Julieta se quedó a dormir. Una complicación. La tía en mi cama, Flavia en la suya y yo en el medio, en un colchón hecho de mantas sobre el suelo. Al día siguiente lo negará, pero ronca como una condenada y el aliento rancio de su boca abierta inunda la habitación cerrada con el paso de las horas. La genealogía de mi insomnio precoz también le debe una ficha al ítem tratar de conciliar el sueño a pesar de la apnea de la tía Julieta.

No sé cuántos minutos hace que caí en el dormir profundo. De repente, la luz se enciende. En la puerta del cuarto hay dos tipos de uniforme como salidos de una de Indiana Jones. Me llaman la atención las botas, a la altura pedestre de mi vista, duras y de trompa redonda como bulldogs.

La tía Julieta se despierta de golpe y pega un gritito absurdo cuando uno de los ursos levanta el colchón con todo y la veterana encima, para ver si hay alguien escondido debajo de la cama.

Después se van y me duermo, tal vez sueño, quién sabe, a pesar de los ronquidos de la tía Julieta.
No tengo registro familiar de ningún comentario posterior sobre esa noche. Pero una espina se me clava por dentro cuando al día siguiente en la cola de la panadería o el almacén, la escucho a la Pochi cuchichear con otra igual a la Pochi, que se los habían llevado por subversivos.
“Mirá vos, de no creer, gente tan normal. Algo habrán hecho”.
"Mamá, ¿qué es un subversivo?"
No debo haber hecho la pregunta con suficiente claridad porque la respuesta permanece a oscuras en mi memoria.

***
(1979)

A los once, mi más pesado lastre existencial es ser portadora de un par de tetas del mismo talle que tendré de grande.
«Es precoz», dicen, y yo empiezo a ensayar ese aire de estar papando moscas para ignorar lo que me hiere y atravesar en puntitas de pie por encima del barro cualquier la humillación. A todas las demás las tablas del delantal le quedan lisitas, prolijas, planchadas con apresto; no a mí. Se me infla la delantera y se arrugan las tablas. Eso y la trenza que llevamos obligatoriamente las de pelo largo para que no se te peguen los piojos. Las de las chicas son trenzas de ninfas del bosque, delgadas y sedosas;  mi trenza, de tanto pelo, rizado y largo hasta la cintura, parece la liana de Tarzán. La gilada estudiantil me otea las tetas y el chico que me gusta me tira de la trenza.

No voy a decir que no me defiendo.  A uno le hice sangrar el labio de una piña  (“tenés que poner el puño duro, así como una piedra, muy bien, y sacar el pulgar para no quebrártelo”, me enseñaría mi padre) y hubo también un puntapié certero en la fila que me condecoró con uno de mis escasos plantones en la Dirección. En cambio, tolero con paciencia de género el desapego hipócrita y la displicente piedad de las congéneres (“pobre, tiene tetas”).

Tal vez por eso, mi mayor preocupación cuando me piden lo que me piden en casa al salir de la escuela es que se den cuenta del asunto de las tetas.
“Andá a llevarle una cocacola y unas galletitas a esos pobres muchachos”.
Camino con los hombros levemente inclinados,  la vista baja y las mejillas de fuego.  Es doblar la esquina de Artigas y achicar el paso. Me acerco a los soldados sentados en fila en la vereda durante horas al rayo del sol sobre Navarro.
Dicen que están ahí porque el cura Martinetti tiene un arreglo con los milicos para que ayuden a construir la escuela, justo enfrente de mi casa, al lado de la parroquia San José. Entiendo que ese fue solo uno de los tantos pecados mortales del padre Martinetti. Muchos años más tarde aquello sería una pista en la comprensión entre la relación carnal entre la iglesia oficial, que no la otra, y la dictadura.
Por el momento, mi único conflicto son las tetas demasiado grandes a la vista de los jóvenes soldados. Me doblan en edad. Pero a ellos no parece importarles en absoluto mi aspecto; ni siquiera parecen detectar mi pudor. Me tratan con camaradería como se trata a una mascota.  Enseguida, me resultan más amables que mis compañeritos de escuela.
“¿Por qué 'colimba'?”, me animo a preguntar un día -ya en más confianza, aunque me parece que no siempre son los mismos- mientras espero a que terminen de hacer correr la botella y el cuarto de Chocolinas que manda mi madre:
“Colimba, piba: corre, limpia, barre”.
“¡Pero si eso es lo que yo hago en mi casa todos los días!”, digo con esa temprana tendencia a la comedia para salir del paso y el descubrimiento no tan cómico de que el servicio militar es bastante parecido al destino implacable de nacer en un hogar balcánico con una pedagogía materna lindante al de un campo de entrenamiento marcial. 
Se revuelcan de la risa. Yo también río, un poco sorprendida de haber dicho algo significativo; y me olvido de las tetas.

“Gracias, rubia”,  dice uno – tal vez el único del que guardo el rostro; moreno, de lentes circulito y con un libro en la mano, de esos de bolsillo-  mientras me devuelve el envase de vidrio, los dos vasos y la mirada pudorosa.

Me dan envidia.  Tan grandes y ya guerreros. Flacos y macizos, morenazos, alegres y ágiles. Huelen a alegría. Muchachos tratando de pasarla lo mejor posible mientras pasa ese momento robado a la existencia que es la colimba.
«Si algún día me caso, cosa que no voy a hacer nunca en la vida, me voy a casar con uno de estos»,  pienso y dejo los vasos en la pileta de la cocina.



***
(1980)
El último 176 pasa a la una y media y hace rato que no pasa, así que debe ser mucho más que la una y media. Cierro los ojos y me dejo llevar por el declive del sueño, pero las imágenes aparecen, desencajadas y con sonido,

por favor, despierta, despierta ya mismo, dice la voz escondida.
Pero no. Una formación de aviones como patos negros sobrevuela el barrio durante la noche; bombardea la casa de Pochi, el patio de Amelia, el almacén de la esquina, la carnicería de Orestes y la semillería. Caen lenguas de fuego sobre la Agronomía y las vías del tren se convierten en hierros retorcidos de los cuales sale gente que parece que vivía ahí mismo, mirá vos, en unos sótanos debajo de la tierra. Yo miro todo como a través de un catalejo, pero estoy ahí, en medio de todo, en cualquier momento me toca. Tengo miedo. La gente que conozco corre por la vereda, hecha un bonzo, con la cara desencajada que apenas reconozco.  Mi madre también es una niña, apenas más chica que yo, le doy la mano.

Cada una corre arrastrando su propia guerra.
La guerra, la guerra, la guerra. Dice la tele que empieza en cualquier momento. Por qué no les regalamos a los chilenos ese pedazo de mierda de canal que no sirve para nada. A mí me parece que Chile es un país largo y demasiado delgado y se merece un pedacito más.
En realidad, me importa un bledo. No quiero sentir este terror al dormir. Mi madre contó que era muy pequeña, que apenas llegaba a la ventana y veía caer las bombas en Zagreb, su estatura no le permitía verlas estallar: "parecían semillas".
Me despierto cubierta de sudor, temblando de la cabeza a los pies. Me vuelvo a cubrir con la manta verde; me hace sentir segura estar allí debajo de la frazada, aun cuando después de un rato no pueda respirar. Ja! Las bombas no pueden atravesar mi manta verde.  Mastico el ribete de raso y uso la tela como un chupete hasta hacerle un agujero.
Si eso no funciona miro fijamente el ancianito de lentes que suele sentarse en la mesa de luz o al lado de mi cama. El se sienta ahí y deja colgando los pies, levanta los hombros como diciendo qué tal, qué contás. El y yo nos miramos y nos entendemos sin abrir la boca, cabeza-a-cabeza. Me dice cosas que no puedo repetir porque no se inventaron las palabras, solamente las puedo guardar y esperar que aparezca con el tiempo, algún sinónimo útil. Lo que pasa es que el duende no está ahí para protegerme, nunca vino para eso; solamente me observa, quiere conversar y no entiende mi miedo atroz. El hombrecito de la mesa de luz solo quiere que nos miremos a los ojos y conversar un poco; no le interesa nada más; no está ahí para cuidarme.
Pero yo le temo al bombardeo chileno con el que voy a soñar ni bien cierre los ojos.

Y como nada funciona, estiro la mano y agarro un libro y la linterna. Cualquier libro sirve. Hay varios de la colección Robin Hood en la mesita. Leer hasta caer rendida aplastando las tapas amarillas con el cachete siempre es buen remedio; caer por agotamiento, dormir sin soñar, para no soñar con la guerra ni el miserable canal Beagle. Qué importa andar como una sonámbula al día siguiente, si evito morir en sueños.
Si, aun, nada de esto funciona y sigo sin entregarme al descanso, me deslizo desde la mía, a la cama de abajo.

La pequeña duerme, maciza y tibia. Me acomodo a su lado; todo mi cuerpo como una media luna apretado al suyo. Sus leves ronquidos me serenan. Su pecho sube y baja; trato de acomodar el mío al ritmo de su respiración. Hermanita, hermanita, hermanita. La aprieto demasiado y se mueve. Abrazada a ella, me deslizo como un canto rodado que alguien arroja alegremente al fondo oscuro de un lago. Sobre mi mano, un hilo de baba se desliza de su boca entreabierta y me protege como un agua bendita.
"¿Esta chica tiene unas ojeras tremendas, la hiciste ver?"

Las marcas del insomnio, hundidas y sombrías como aquella piedra en el fondo; el secreto de la lectura nocturna debajo de las mantas hasta escuchar los malditos pájaros del amanecer. Los pájaros se llevan bien lejos a la noche y con ella a la guerra, a los chilenos y a las bombas.
***
(1982)
Sufrimos a la profesora Estela Noly Cepeda de primero a tercero del secundario, en historia, instrucción cívica y muy entusiasta suplente de religión en caso de que faltara la Diez, que además era la encargada de vender la revista:

“Quién quiere el Esquiú?”, entraba con una pila y repartía sin preguntar. Si no la comprabas, al menos cada tanto, sumabas porotos para entrar en una sutil lista negra. La misma lista en la que las monjas anotaban tu nombre si te pintabas las uñas, si usabas anillos o te teñías el pelo.
“De pie, señoritas”, profiere la hermana Silvia, una polaca resentida y filosa vestida de azul marino.

El aula es amplia y limpia, con grandes ventanales que hay que mantener abiertos para espabilar la mente. Cuando abrís la puerta del pasillo, se genera una ventolina que te pone la piel de gallina; la poca piel que queda al descubierto entre las medias bien altas y el ruedo de la pollera que cada tanto la hermana Silvia mide para verificar el largo adecuado.
Si hay algo que tiene la Noly es que es una tipa directa, dueña de un estilo totalmente ajeno a la metáfora y la alegoría. Su estampa es de una afabilidad corrosiva y una arrogancia de villana que en Disney no se consigue. Estela Noly Cepeda nos hizo destinatarias de la más clara y contundente exégesis del Estado terrorista durante tres largos e indelebles años de secundaria, los tres últimos años de la dictadura argentina.
“Hace falta sacrificar a algunos para el bien de muchos”, nos explica.

“A veces un poquitín de picana, a veces –repite y sonríe con picardía-  puede salvar a personas inocentes de una muerte cruel en manos de los comunistas”.
Por supuesto, nos cuenta de qué se trata el aparato, cómo funciona y cómo se aplica.
“Un poquititín de picana”, lo dice y muestra el tamaño entre el pulgar y el índice, y se vuelve a reír en sordina como una niña demente que esconde la trampa de un caramelo robado a otro niño a costa de degollarlo.
“Hay familias piadosas que, para salvar la vida de las pobres criaturas, los hijos de esos monstruos, los crían en la piedad cristiana para salvarlos. Es un gran acto de generosidad, ¿no creen?”.
Hay una chica entre las pupilas, repetidora, la única que de veras le hace frente. A veces me parece que no tiene nada que perder y que el ser castigada es su mayor galardón.  Tiene dos años más que el resto, lo cual le otorga un grado extra de respeto como si tuviera varias niveles de juego a su favor.

“Y lo de la gente que desaparece, qué?” dice una vez.
“La gente no desaparece. Cómo va a desaparecer la gente, señorita. Se van del país y abandonan todo, incluso a sus hijos, para salvarse de la justicia y la mano de dios”.
Que eso no es cristiano, que es horrible, que no es justo. Hablamos de a una, levantando la mano para decir; usamos apenas el diminuto espacio de disenso que existe, somos la mugre en la uña de una monja.
Aquella alumna más grande termina siempre en la Dirección. La dejan de castigo, lavando las aulas, balde y escoba en mano, al final de las clases durante toda una semana tal vez. No hay permiso para ayudar.
Ese día de abril, la monja Silvia le da paso a la Noly que entra meneando el culo de hipopótamo, el mentón en alto y la nariz respingada haciendo juego con la melena ya canosa y durita de fijador. Colón redivivo. Camisa celeste, pollera gris. Nada de tintura; lo suyo es un glamoroso envejecer patricio y fascista.
La Noly deja los libros en el escritorio, nos da la espalda sin saludar y escribe en cursiva bien grande, de lado a lado del pizarrón:
“Las Malvinas son argentinas”.
Y desenrolla un mapa.
Nos los explica todo en un santiamén. Las Malvinas son unas islas muy al sur, que están al lado de otras, las Georgias –y nos muestra la foto de un joven capitán Astiz plantando una bandera en unas piedras- y las Sandwich y son todas nuestras desde hace muchísimo tiempo. El insigne gobierno militar, que ya ha acabado con el comunismo, ahora rescata el bastión más caro al sentimiento nacional.
Mirá vos, de pronto aparecen unas islas que ni existían en el programa de geografía.
Estudiamos todo: orografía, población, economía, historia. En las islas hay algunos habitantes, los kelpers, algunas ovejas y mucho krill que comen las ballenas, a la sazón, también argentinas. Los ingleses son los malos, los chilenos también y nosotros somos los buenos. Eso es todo.
Y se acabó todo el programa de estudios de tercero, y nos ponemos a ver, reflexionar y registrar desde este instante el más mínimo pedo que se tiran los –hasta último momento, ups- victoriosos generales de Malvinas.
Conservo una gruesa carpeta tamaño A3 con cada recorte, cada noticia y cada crónica de la guerra: el hundimiento del Belgrano, el Papa bendiciendo las armas ("gracias Juan Pablo, bienvenido a nuestro hogar", todavía me la sé Mirta Legrand recolectando joyas. La plaza. Un trabajo práctico minucioso realizado por las manos de una niña. La carpeta de la vergüenza. La carpeta grande de la derrota. La de la memoria.
Piedad cristiana; por dios, nada menos que la Noly. Si no está muerta, debería estar presa.
Me fui del colegio ese año.
***

Las despedidas se van imprimiendo unas sobre otras pincelando el paisaje de una única postal.

Susurra para no despertarnos pero el aroma de mi padre al salir de la ducha y la leve niebla húmeda del baño que flota al contraluz por la puerta entreabierta de mi cuarto, me despiertan. Ya se va. Sin abrir los ojos escolto, muda, una nueva despedida; observo todo lo que pasa con el olfato y el oído.

El olor frío de la madrugada se confunde con el gorjeo de un mate recién empezado. Las voces graves, no aclaradas aun por la vigilia. El rastro de Old Spice en el aire y el rumor de las suelas de sus zapatos en la baldosa
y el silbido del cierre del bolso
y el hueco de silencio de un beso
y el ya está el taxi, susurrado.
Son los ruidos y las palabras que se escuchan en tierra, bajo el brevísimo techo de las casas de los marineros.

Los protocolos de la partida son siempre los mismos; se te instala un hueco en el pecho; alguna vez fue de color rojo y hoy es cicatriz, latente e indolora; daño intangible a fuerza de tanto tocar la herida.
Es sabido que una manera de evitar el dolor es acostumbrándose a él.
Lo llamaron de urgencia. No le quisieron decir al personal civil qué carga llevaban ni adonde iban. Recién lo supieron en altamar.
Todos aquellos sueños de la guerra con Chile volvieron a colarse nuevamente debajo de mis sábanas. Viví esos meses, noche tras noche imaginando en cámara lenta el misil cayendo derechito justo encima de su cabeza. Virgen del Carmen, protegelo por favor te lo pido, sé buenita. Me sentaba horas frente a la estatua de bello rostro de la virgen, me acomodaba justo delante de sus ojos de yeso para sentir que me miraba. Y me miraba.

Cuando lograba conciliar el sueño, en mi pesadilla él no sufría para nada. Se ve que algo de mí había logrado cierta alianza con el inconsciente para soñarlo en una muerte indolora, porque las imágenes oníricas me lo ofrecían dormido en su camarote o hincado sobre algún motor en la sala de máquinas, civil, laburante, ajeno a la guerra.
Llamaba cada tanto por radio Pacheco.
No era fácil. Había que hablar cortito y al pie y decir cambio. “Hola, cómo estás, cambio” “Bien, acá, un frío de la gran siete; cómo te fue en la escuela, cambio”.
Nos repartieron unas fotocopias con el himno que (¿a diario?) cantábamos:
Tras su manto de neblina/ no las hemos de olvidar/las Malvinas, argentinas/ clama el viento y ruge el mar /Ni de aquellos horizontes nuestra enseña han de alcanzar / pues su blanco está en los montes y en su azul se tiñe el mar.
La Noly llegaba con el diario del día, para mostrarnos que era cierto, que estábamos ganando la guerra nomás. Nunca pude festejar. Estaba aterrada y sabía que lo que decía era mentira.

Las llamadas regulares por radio Pacheco, no sabría decir cada cuánto, fueron las que me mantuvieron la mente iluminada mientras armaba la oscura carpeta del horror para la Noly.
“Los tienen encerrados en las bodegas con el agua helada hasta los tobillos. Cambio”.
“Son unos pibes nomás, tienen miedo, un poco más grandes que la nena. Cambio”.
“Esto es una locura, cambio".
No me lo dice a mí, sino a mi madre. Se atoraba del llanto al contarlo. Pero no se podía decir nada en la escuela.
Hubo civiles a bordo que se ofrecieron, sin éxito, para ocupar el lugar de los colimbas.
“Hoy le escribí una carta, a mi querido hermano, le puse que lo extraño, y que lo quiero mucho. Mamá me ha contado que él es un buen soldado que cuida las fronteras de la patria”.

La pasaban a cada rato en la televisión. Te taladraba la cabeza. ¿Quién era el niño o niña que la interpretaba? Me parece que era el mismo de Bobby, mi buen amigo, este verano no podrás venir conmigo.
Con las colectas de joyas,  el puño con el dedo en alto de la revista Gente, los ejércitos de mujeres tejedoras, la voz de Nicolás Kasanzew transmitiendo triunfal y toda esa prodigiosa capacidad de despliegue social a la argentina, se terminan de hilvanar en mi memoria los retazos del rompecabezas que es la guerra para una niña.

El padre de mi padre enfermó gravemente en esos días.

Lo mandaron a llamar por radio Pacheco. Vino en avión.  El abuelo resistió, tendido en la sala de terapia intensiva del hospital israelita. Esperaba a su hijo. Cuando murió, mi padre lo afeitó y le puso ropa limpia y el mejor traje. Jamás me permití agradecer, no sin culpa, al abuelo Humberto por morirse tan oportunamente y traerlo de vuelta a casa.
Mi padre nunca quiso hablar. No hubo forma de que contara nada. Durante años anduvo con el humor cambiado. No lo decíamos, pero se sabía que era por Malvinas. Un antes y un después. Se le llenaban los ojos de lágrimas. Decía, hijos de puta, qué hijos de puta.
Por ausente, por vencido
bajo extraño pabellón,
ningún suelo más querido;
de la patria en la extensión.