5.6.26
Dos potencias se saludan
Como una continuación onírica,la noticia de la muerte del Indio repetida en el feed, llega con el primer sorbo de café. Cierro. Creo que para no dejarme invadir por el ruido de la crónica (de esa muerte anunciada) y poder habitar el sentimiento en presencia. Pena, por la vida truncada y esa enfermedad de mierda, y gratitud por ser parte de una generación que se crio incendiada por el amor de ese celador musical y espiritual, entre otras deidades. Como dicen: Argentina, no lo entenderías.
Recién entonces me doy cuenta de la fecha. Hoy son cinco años sin JP. Una aguja me perfora el alma al recordar el celular sobre el pecho desnudo, aquel día en que el ángel de la soledad no quiso traerlo de vuelta a la vida.
Busco a Sandra, a los muchachos en el chat. Sigo evitando las redes. Me reconforta pensar en mis amores, los de acá y los de allá. En mi Viejo, que seguramente moquearía. Es difícil estar lejos en días así. Decido tomarme el día. Con la taza calentándome las manos desde la terracita, preciso poner la playlist y contemplar el roble que plantamos, saludable y torcido, rapado por el otoño con un manto escarlata tendido a sus pies. Ahora tenés con quien tomarte ese Jack Daniels. Es natural pensar en un diálogo imaginario entre los tipos. Rápidamente se invertirían los roles y el Indio se haría fan.
Ahí parada frente al arbolito, siento que el sueño de hoy, como un arcano, cobra mucho sentido. Suena Juguetes Perdidos mientras escribo acá, después de tanto tiempo. Qué bárbaro. No puedo dejar de sonreír ante las ocurrencias del guionista de dios.
Banderas en tu corazón,
yo quiero verlas ondeando,
luzca el sol o no
banderas rojas, banderas negras
de lienzo blanco, en tu corazón.
Perfume al filo del dolor,
así, invisible licor venéreo del amor
que está en las pieles, sedas de sedas
que guarda nombres en tu corazón.
Son pájaros de la noche
que oímos cantar y nunca vemos
cuando el granizo golpeó, la campana sonó
despertó sus tristezas, atronando sus nidos.
Esperando allí nomás, en el camino
la bella señora está desencarnada
cuando la noche es más oscura
se viene el día en tu corazón.
5.6.22
Time to arise
P.R.
Argumenta con pasión erguido en su estatura, alzando y agitando los brazos, el tenedor en una mano y la cuchilla en la otra, en un tono de voz siempre un poco más alto que el nuestro, con mansa autoridad, nada más lejos del grito que su voz.
Con el parrillero detrás como un altar de carne y de fuego, agitando a esa grey
de amigos hambrientos, me parece un apóstol o un Cicerón ante el modesto foro que
somos. Le hubiera gustado ser maestro, decía, y practicaba con nosotros más de
una vez.
«Mis amigos son todos superhéroes»
profirió en uno de aquellos tradicionales sietes de diciembre, con el vaso en
alto. Sonreía satisfecho cada vez que le recordaba su propia definición de la amistad,
ese Batman del asado y el Jack Daniels, nuestro superhéroe, el más humano de
todos.
El abrazo, la mirada, la voz. Aunque lo que más extraño es
discutir. Esa forma suya de responderte, “eh?” en un gesto de aparente interés en
lo que estás diciendo, que le permite enrollar el hilo de la conversación para su
propio ovillo.
En esas escaladas de argumentos políticos o filosóficos de
sobremesa, a veces te dabas cuenta de que hacía un buen rato que estábamos de acuerdo, diciendo lo mismo, pero nadie quería largar la batalla, el
dulce sabor de la sangre del debate. Extraño la forma de putear, las citas históricas
inauditas, las acusaciones de que eso te lo estás inventando, las listas de razones,
los no seas malo, la risa. Discutir. Rabiar y sonreír porque mientras le estás
hablando te das cuenta de que la mitad de él te escucha y la otra no, porque el tipo está
pensando en lo que va a responder.
No se sabe cómo, pero en un par de horas podíamos pasar de hablar -con vehemencia, siempre con vehemencia- sobre equis asunto político local, a un sketch de Álvarez y Borges, a la anécdota del día en que Einstein visitó La Plata, llegando a Carl Sagan y el episodio tal de Cosmos, pasando por la ley de gravedad o algún agujero negro, para ir cerrando con una exégesis de Blowing in the Wind o Blackbird y terminar con los Redondos, irrevocables como un amén.
«¿Quién es más loco: el loco o el loco que lo sigue?».
Una vez fuimos a ver a Charly al Charrúa. Teníamos entradas
baratas, detrás de la rampa. Era la época en la que Charly estaba más liquidado,
así que además de empezar tarde, salió atravesado
por los reflectores rojos y verdes como si todo él fuera transparente, encaró algunos
temas incompletos remendados con tarareos, vagando sobre el escenario, hinchado
y extendiendo los brazos de uñas negras al público como un mártir. Nosotros, cantando
con la banda, los codos apoyados en la baranda metálica, observando con
reverencia a ese dios habitando el mismo cuerpo que su propia frágil criatura. Salimos
felices del breve concierto en vivo del sobreviviente. Caminando hasta el auto,
le conté que desde chica había tomado la decisión poco racional de que empezaría
a envejecer solamente cuando Charly palmara. «¿Eh? Y claro, elegiste bien. Charly es indestructible». Alrededor, algunos se retiraban
frustrados. JP dijo algo que no voy a olvidar: que Charly ya había compuesto y cantado
todo lo que tenía que cantar en la historia y que ahora estábamos nosotros para
cantarle a él sus canciones. Recordaba ese día hoy de mañana, calentándome las
manos con el café, y sonriendo al leer la inscripción de mi taza que indica lo mismo: “Una amiga escucha la canción de mi corazón y me la canta cuando
mi memoria falla”.
Para JP la música es una religión, pienso mientras
escribo y viceversa, y me doy cuenta de que el tiempo verbal que uso en este texto está todo mal, chupo
un mate y recorro con la mano la textura del estampado de iniciales rojas sobre el negro de la camiseta
que traigo puesta. Es difícil para el corazón aprender el pretérito
imperfecto. Lo mismo con mi viejo: la mente lo sabe pero el corazón no se
entera. Precisa tiempo. El duelo -ahora lo sé - está hecho de pequeños
filamentos, ínfimos detalles que nos van explicando lo que sucede, y que a la
vez celebran esa vida y su huella y nos la devuelven transformada.
Pasó un año. Los superhéroes andamos desorientados, mirando al cielo,
incrédulos, esperando que surja de algún lado, parado en un pretil con su aspecto Stark. Pero no está ahí el tipo. Sí en los ojos de quienes más amó, sus soles, su reina de dragones. Ahí está. Mirando adentro nuestro está. Y en las madrugadas de la memoria, donde canta
el mirlo del ala rota, sanando, desde la rama
desnuda de un roble.
17.3.15
Ejercicio simple
11.3.15
Invocación inicial
Tampoco era muy orientada entonces. Los dos tenían que esperar a que terminara de encontrar las partes. Se me caían las cosas, el libro se cerraba sin querer, se me enredaban las cintas de seda.
A. ponía cara de qué pesada; para S. el incordio parecía encerrar, como casi todas las cosas, cierta inocente comicidad. Secretamente, me gustaba molestar a A., llamar su atención con mi torpeza. Con los ojos a media asta y una paciencia resignada, me quitaba el libro de las manos, me miraba, hacía una mueca de fastidio simulado, ponía la cinta verde en el salterio, el rojo en el propio del tiempo, el blanco en el salmo y los demás. A ver si aprendés de una vez; pero no lo decía. Carraspeaba antes de empezar.
su historia con el hombre,
la noche es tiempo
de salvación”.
4.3.14
-Planto.
-¿Qué cosa?
-Un hermanito.
-Los hermanitos no se plantan.
-Ah, ¿no? Entonces ¿qué?
28.2.14
7.7.13
El enlace
Un rato antes, desde mi mesa, me había llamado la atención la pinta aristocrática y distante de aquel hombre mayor, a la cabecera de la gran mesa, con mirada de príncipe distante y abrumado.
Eso fue lo que dijo, y agregó: -Si usted supiera, pensaría que soy una porquería, un monstruo.
Cuenta que a veces, «cuando nos quedamos solos» -baja la vista, aprieta los labios, corrige el tiempo verbal que la muerte siempre descompone- volvían a enhebrar cada imagen de esa noche, compitiendo por recordar qué canción fue primero y cuál después, quién dijo qué cosa y qué contestó el otro.
Los dos sonreímos ignorando a la persona, tal vez su hija, que lo urge a terminar la charla desde la puerta del restorán.
30.1.13
Apuntes para las hadas
Me levanto un momento para fumar arrumbada en el ventanuco sobre los techos de Kreuzberg. No hace mucho frío y las casas tienen calefacción del primer mundo. Me llevo la laptop y el chopito de tequila 1800 que descubrí escondido en el mueble detrás de los fideos.
Yo no sé si lograremos entre lo muchos pocos que somos que algunos sean menos pobres, que otros sean menos ricos, que seamos todos más sencillos, menos egoístas y más felices; más buenos, más lúdicos y más niños.


.jpg)




