5.6.26
Dos potencias se saludan
Como una continuación onírica,la noticia de la muerte del Indio repetida en el feed, llega con el primer sorbo de café. Cierro. Creo que para no dejarme invadir por el ruido de la crónica (de esa muerte anunciada) y poder habitar el sentimiento en presencia. Pena, por la vida truncada y esa enfermedad de mierda, y gratitud por ser parte de una generación que se crio incendiada por el amor de ese celador musical y espiritual, entre otras deidades. Como dicen: Argentina, no lo entenderías.
Recién entonces me doy cuenta de la fecha. Hoy son cinco años sin JP. Una aguja me perfora el alma al recordar el celular sobre el pecho desnudo, aquel día en que el ángel de la soledad no quiso traerlo de vuelta a la vida.
Busco a Sandra, a los muchachos en el chat. Sigo evitando las redes. Me reconforta pensar en mis amores, los de acá y los de allá. En mi Viejo, que seguramente moquearía. Es difícil estar lejos en días así. Decido tomarme el día. Con la taza calentándome las manos desde la terracita, preciso poner la playlist y contemplar el roble que plantamos, saludable y torcido, rapado por el otoño con un manto escarlata tendido a sus pies. Ahora tenés con quien tomarte ese Jack Daniels. Es natural pensar en un diálogo imaginario entre los tipos. Rápidamente se invertirían los roles y el Indio se haría fan.
Ahí parada frente al arbolito, siento que el sueño de hoy, como un arcano, cobra mucho sentido. Suena Juguetes Perdidos mientras escribo acá, después de tanto tiempo. Qué bárbaro. No puedo dejar de sonreír ante las ocurrencias del guionista de dios.
Banderas en tu corazón,
yo quiero verlas ondeando,
luzca el sol o no
banderas rojas, banderas negras
de lienzo blanco, en tu corazón.
Perfume al filo del dolor,
así, invisible licor venéreo del amor
que está en las pieles, sedas de sedas
que guarda nombres en tu corazón.
Son pájaros de la noche
que oímos cantar y nunca vemos
cuando el granizo golpeó, la campana sonó
despertó sus tristezas, atronando sus nidos.
Esperando allí nomás, en el camino
la bella señora está desencarnada
cuando la noche es más oscura
se viene el día en tu corazón.
5.6.22
Time to arise
P.R.
Argumenta con pasión erguido en su estatura, alzando y agitando los brazos, el tenedor en una mano y la cuchilla en la otra, en un tono de voz siempre un poco más alto que el nuestro, con mansa autoridad, nada más lejos del grito que su voz.
Con el parrillero detrás como un altar de carne y de fuego, agitando a esa grey
de amigos hambrientos, me parece un apóstol o un Cicerón ante el modesto foro que
somos. Le hubiera gustado ser maestro, decía, y practicaba con nosotros más de
una vez.
«Mis amigos son todos superhéroes»
profirió en uno de aquellos tradicionales sietes de diciembre, con el vaso en
alto. Sonreía satisfecho cada vez que le recordaba su propia definición de la amistad,
ese Batman del asado y el Jack Daniels, nuestro superhéroe, el más humano de
todos.
El abrazo, la mirada, la voz. Aunque lo que más extraño es
discutir. Esa forma suya de responderte, “eh?” en un gesto de aparente interés en
lo que estás diciendo, que le permite enrollar el hilo de la conversación para su
propio ovillo.
En esas escaladas de argumentos políticos o filosóficos de
sobremesa, a veces te dabas cuenta de que hacía un buen rato que estábamos de acuerdo, diciendo lo mismo, pero nadie quería largar la batalla, el
dulce sabor de la sangre del debate. Extraño la forma de putear, las citas históricas
inauditas, las acusaciones de que eso te lo estás inventando, las listas de razones,
los no seas malo, la risa. Discutir. Rabiar y sonreír porque mientras le estás
hablando te das cuenta de que la mitad de él te escucha y la otra no, porque el tipo está
pensando en lo que va a responder.
No se sabe cómo, pero en un par de horas podíamos pasar de hablar -con vehemencia, siempre con vehemencia- sobre equis asunto político local, a un sketch de Álvarez y Borges, a la anécdota del día en que Einstein visitó La Plata, llegando a Carl Sagan y el episodio tal de Cosmos, pasando por la ley de gravedad o algún agujero negro, para ir cerrando con una exégesis de Blowing in the Wind o Blackbird y terminar con los Redondos, irrevocables como un amén.
«¿Quién es más loco: el loco o el loco que lo sigue?».
Una vez fuimos a ver a Charly al Charrúa. Teníamos entradas
baratas, detrás de la rampa. Era la época en la que Charly estaba más liquidado,
así que además de empezar tarde, salió atravesado
por los reflectores rojos y verdes como si todo él fuera transparente, encaró algunos
temas incompletos remendados con tarareos, vagando sobre el escenario, hinchado
y extendiendo los brazos de uñas negras al público como un mártir. Nosotros, cantando
con la banda, los codos apoyados en la baranda metálica, observando con
reverencia a ese dios habitando el mismo cuerpo que su propia frágil criatura. Salimos
felices del breve concierto en vivo del sobreviviente. Caminando hasta el auto,
le conté que desde chica había tomado la decisión poco racional de que empezaría
a envejecer solamente cuando Charly palmara. «¿Eh? Y claro, elegiste bien. Charly es indestructible». Alrededor, algunos se retiraban
frustrados. JP dijo algo que no voy a olvidar: que Charly ya había compuesto y cantado
todo lo que tenía que cantar en la historia y que ahora estábamos nosotros para
cantarle a él sus canciones. Recordaba ese día hoy de mañana, calentándome las
manos con el café, y sonriendo al leer la inscripción de mi taza que indica lo mismo: “Una amiga escucha la canción de mi corazón y me la canta cuando
mi memoria falla”.
Para JP la música es una religión, pienso mientras
escribo y viceversa, y me doy cuenta de que el tiempo verbal que uso en este texto está todo mal, chupo
un mate y recorro con la mano la textura del estampado de iniciales rojas sobre el negro de la camiseta
que traigo puesta. Es difícil para el corazón aprender el pretérito
imperfecto. Lo mismo con mi viejo: la mente lo sabe pero el corazón no se
entera. Precisa tiempo. El duelo -ahora lo sé - está hecho de pequeños
filamentos, ínfimos detalles que nos van explicando lo que sucede, y que a la
vez celebran esa vida y su huella y nos la devuelven transformada.
Pasó un año. Los superhéroes andamos desorientados, mirando al cielo,
incrédulos, esperando que surja de algún lado, parado en un pretil con su aspecto Stark. Pero no está ahí el tipo. Sí en los ojos de quienes más amó, sus soles, su reina de dragones. Ahí está. Mirando adentro nuestro está. Y en las madrugadas de la memoria, donde canta
el mirlo del ala rota, sanando, desde la rama
desnuda de un roble.
23.5.14
en Replicante, en agosto de 2011
No importa la clase social ni la edad, cada vez es más raro estar fuera de las redes sociales.
Algunos usuarios se entusiasman con los beneficios de la comunicación horizontal en pos de la divulgación de un emprendimiento, una convocatoria o un negocio. Otros, en cambio, nos regodeamos en el placer de tener con quién compartir música o viejas películas, hallazgos de YouTube, esa bendita caja de Pandora en la que siempre hay la esperanza de encontrar lo que creíamos perdido en las brumas del olvido.
Muchos nos abandonamos al tsunami emocional de recuperar el vínculo diario con personas que estaban -ya no- lejos en el espacio o el tiempo. Hay quienes se entusiasman participando de campañas o ejercitando el músculo intelectual en debates de índole política o cultural, o intercambian información o lecturas como figuritas de un preciado álbum de historia personal. Están los fanáticos de la broma fácil, los políticos que dicen buenos días desde el Twitter, los que que desvisten o trasvisten su alma, los que dictan cátedra, los del lenguaje críptico o hiperbólico, los que navegan para pescar algún romance.
Los párrafos que siguen son un hilván de fotografías recién reveladas y colgadas de una cuerda. Postales enviadas durante una travesía a través de las redes sociales, particularmente, en el territorio virtual del Facebook. Muchas de ellas, si no todas, surgen de apuntes tomados durante semanas y meses -en un principio, sin sistematicidad alguna- a partir de reflexiones y preguntas propias y de amigos, usuarios regulares o auto diagnosticados adictos al Facebook.
Pero, ¿qué es lo adictivo? ¿Qué se pone en juego en el acto del intercambio personal en internet? ¿Cuál es la calidad de las relaciones en esta nueva fábrica de vínculos? ¿Cuál es el impacto de las redes sociales en nuestra vida cotidiana?
Partimos del supuesto de que las redes sociales llegan con un formato ideado para dar (se) permiso, para conceder (se) deseos, para soplar la herida que a nuestra existencia infringe el sablazo del estilo de vida contemporáneo en las clases medias occidentales. Esto es, la imposición cultural e inamovible de una estructura clásica de familia; la postergación de la realización personal en pos de la supervivencia o el progreso; la rutina y el tedio que nos condena, a la larga, al ayuno de vínculos significativos; el siempre latente pero paradójicamente postergado apetito por la belleza.
I– Un millón de amigos
¿Qué necesita cada uno para considerar a otro, un amigo? Alguien en un Muro dijo, con razón, que la pregunta tiene tantas respuestas como personas la formulen.
En los vínculos virtuales el perfil de las identidades se conforma con apenas algunas imágenes, un par de referencias biográficas y algunos comentarios. Mostramos la punta del iceberg de nuestra forma de vivir y de ver el mundo. Esta configuración es suficiente para dejar sentadas las bases de la afinidad e iniciar una relación. Habrá quien se rasgue las vestiduras por tamaña frivolidad, pero resulta que la fórmula no es otra que la aggiornada versión analógica del “¿trabajás o estudiás?”, proferida tantas veces para hacer contacto en la oscuridad de un boliche o una fiesta, al amparo de la madrugada.
Dejando de lado a los coleccionistas de contactos –todo un tema aparte que refiere al asunto borgiano de los abominables espejos que como la cópula multiplican el número de los hombres, es decir, del propio ego- la primer cuestión es que la red social, de pronto, nos propone convivir con personas cuyo nombre y foto nos acostumbramos a ver al pie de la pantalla y con los que cambiamos opiniones.
Amigos cercanos, lejanos, conocidos y desconocidos. Personas que por un instante nos emocionan, nos enriquecen, nos hacen pensar o reír, nos provocan, nos enfurecen por su estupidez o nos inspiran sueños eróticos. Sujetos con los que llegamos a compartir la misma sensibilidad hacia la música, el arte o la literatura, similar afinidad ideológica o una entrañable hermandad en el sentido del humor.
La selección de algunos, en la incalculable paleta de gustos, marca las reglas del juego. Invocando a Bourdieu[1]: por mis gustos me distingo y tengo un rol en el juego y por sus gustos sé para dónde patea el otro. El gusto es la vara sagrada que divide las aguas. Buen gusto, mal gusto, gusto a poco, mucho gusto. Me gusta. He aquí el campo de batalla del Facebook. Una cancha delimitada por la intersección de los gustos y la complicidad. Lo interesante del deporte depende de los declives, los baches y las proezas de cada atleta. El tamaño de la apuesta depende del capital simbólico y emocional que cada uno ponga en juego.
En Facebook se conforman guetos inofensivos, multitudes que observan, apretadas rondas, círculos de distinción: “All in all it's just another brick in the wall”. Y si alguien desentona demasiado, lo quitamos de la vista en el Muro, o lo borramos sin culpa con un solo clic.
A diferencia de la vida real, no hace falta mucho más para alejar a quienes consideramos o nos consideran imbéciles. El gusto es el rifle sanitario del Facebook. Y disparar puede volverse un inesperado deporte cotidiano.
II. (No) me gusta cuando callas
Es paradigmático, en cambio, el reclamo de muchos de los usuarios de la plataforma ante la no tan sencilla posibilidad de distinguirse con un No me gusta excluyente. Si así fuera, sería aburridísimo. Para expresar disgusto en el Facebook no alcanza con un clic. Una manera usual de excluir al otro es ignorarlo sistemáticamente. Si es un ser realmente despreciable o fastidioso, su Muro se convertirá muy pronto en un páramo solitario de tristes mensajes a sí mismo.
Lo interesante es que, para expresar un No me Gusta inclusivo -sin duda el más apetitoso del hambre de vínculos-, hay que trabajar, poner de uno mismo, pensar y debatir, decir, al menos una pavada, un emoticón hecho de puntos y corchetes. Recién entonces la plataforma le da al usuario la opción del dis-gusto.
Pero casi nadie usa el botón Ya no me gusta. Hacerlo –lo cual no estaría nada mal- supondría que el sujeto se entregó seriamente a un intercambio: escuchar, argumentar, volver a escuchar, hacer una devolución, volver a escuchar y, al fin, si no hay consenso, disentir o disgustarse: ya no me gusta. Pero la profundidad en las discusiones no es algo, ni de lejos, característico de la red social.
Por otra parte, los disparos de este juego no son otros que la munición gruesa de las palabras, lo cual aumenta el riesgo de lesiones, heridas graves y tarjetas rojas. La palabra escrita dista mucho de la diáfana oralidad, y los malentendidos y disputas completamente inútiles son el alimento preferido del monstruo que habita en el centro del Facebook. En esto, quienes dominamos un poco más la herramienta escrita, tenemos una pequeñísima ventaja. El otro lado de la moneda es que, confiados en ella, damos rienda suelta a la compulsividad en el decir, el decir de más y el leer entre líneas discursos que muchas veces no fueron dichos con la intención que creemos estar escuchando.
¿Qué estás pensando?, propone el sistema. Las discusiones que se suceden debajo de una barra de estado nunca son muy largas. ¿Podrían serlo, acaso? Los Muros no están pensados con la dinámica de un Foro habilitado para construir un sentido sobre los retazos de sentido de los demás y en el que es posible buscar un tema, retroceder, retomarlo. (Curiosamente, en Buenos Aires, y aproximadamente desde los ´80, cuando queremos decir que alguien pretende ser lo que no es, decimos que hace face. Un book, por otra parte, es el nombre que se le da al catálogo con fines de venta de las top models. No solo, pero también por esa asociación de ideas, el Facebook me resulta más parecido a un beauty contest que al brainstorming en el que pretendemos transformarlo).
Algunos debates pueden ser intensos pero suelen ser tangenciales y, sobre todo, fugaces. Si algo bueno pasó, lo hizo rápidamente. Los intercambios de ideas que únicamente están atados a los Muros –y no a otros enlaces menos efímeros- son material descartable. Lastimosamente, las más largas cadenas de comentarios suelen rondar alrededor de los temas más irrelevantes. Ni más ni menos que como en la vida misma.
No obstante, la gracia –en sus múltiples y hondos sentidos- del juego está menos en ese Me Gusta superficial anque bipolar, que en el volcarme por lo que no conozco, por lo desigual. Lo que Me gusta pero me invita al intercambio. Lo que No me gusta pero me hace ceder a la tentación de rozar nuestras diferencias, de tocarnos y, a veces, sacarnos chispas. Lo que me gusta es lo que me completa y no me sobra, dijo una amiga en su Muro.
Y aunque esta funcionalidad no sea altamente adictiva y, mucho menos, mortal, es también una dulce droga a la que nos gusta someternos en las redes sociales.
N.B., el amigo más real que tengo en la vida real me dijo, antes de convertirse en adicto al Facebook, “es lo más parecido a morirse e irse al infierno: tu pasado, tu presente y tu futuro están vigentes al mismo tiempo ante tus ojos”.
La configuración de las redes sociales nos permiten ser coleccionistas de personas. Tener, sin mayores problemas, la fantasía de pertenecer a un grupo que supera el tiempo, la distancia, el grupo etario y social y otras variables menos definitivas pero que se articulan de un modo diferente fuera de la red: el estado civil, la orientación política, la profesión.
El roce con el otro puede ser insignificante. Hay siempre una presencia latente, agazapada. A veces, en el silencio de la noche, cuando veo aparecer tres, cinco, diez pequeños globos de diálogo rojos sobre el ícono de un mundito azul, me siento un poco como Damiel, Cassiel o Rafaela sentados en la estatua de la Siegessäule sobre Berlín escuchando los pensamientos de la humanidad. Si se aguza el oído, se pueden oír los devaneos de las personas en la soledad de sus hogares, en la soledad de unos pasos sobre el empedrado, en la soledad del bus lleno de gente. Esas conversaciones internas ven la luz por un instante, son ofrendas fugaces a otros ángeles urbanos caídos, fantasmas taciturnos que también están solos, suspendidos en esa franja del blanco y negro, separados de la manzana roja y jugosa de la vida real.
En ese umbral confortable de ver sin ser visto, de escuchar sigilosamente y estar no estando, a salvo, del lado inmaterial de los ángeles, está la adicción.
En la novela homónima de la trilogía de Calvino[2] hay un legionario que no existe pero cree que existe; la voz sale de la armadura del caballero Agilulfo como de una gruta porque la armadura está vacía. No obstante, Agilulfo es el primero en levantarse al amanecer y se dedica a lustrar su armazón hasta que el brillo de su yelmo ciega al mismísimo sol. Es el más valiente en la batalla. Jamás retrocede. Los principios que lo guían son inquebrantables. Los demás lo siguen, lo admiran. Su condición es digna del elogio -léase Me gusta- del mismísimo Carlomagno. Pero, atención: su presencia es tan verosímil que casi llegamos a olvidar que el hidalgo Agilulfo no existe, que se mantiene en pie gracias al acero de su voluntad y la creencia de los otros.
La repetición minuciosa de las mismas cosas, los idénticos pequeños detalles de su forma de ser y hacer las cosas, lo convencen de su presencia en el mundo. Por eso –y solo por eso- Agilulfo no es un cretino. Es noble y leal. No miente: cree en su existencia porque cree fervientemente en los protocolos que la confirman.
A veces sucede que en las redes sociales, la materia que forma al amigo, así sea un desconocido o una compañera de escuela que no vemos hace dos décadas, está formada por la armadura de los pocos datos que delinean su perfil, unos vagos comentarios y un par de gustos.
El resto, la mayor parte de la sustancia de ese otro, suele convertirse en carne por obra y gracia de nuestras proyecciones, nuestra fantasía y nuestra voluntad. Cuántos nos hemos preguntado alguna vez como el Mario Levrero de La Novela Luminosa echado en la cama junto a su amada: “¿este vínculo es cierto o lo estoy imaginando todo?”. La duda no es fortuita, porque necesito que ese otro sea tal y como lo imagino. No importa que, efectivamente, lo sea porque la tangencial relación con ese amigo o amiga no es real, no tiene impacto en mi vida (¿no es real?, ¿no tiene impacto?). Eso queremos creer.
Cuando nos damos cuenta de que la huella de ese otro virtual deja una marca real en nuestra vida, pasan dos cosas: o enloquecemos de euforia y ansiedad -como si nos diéramos cuenta de que vivimos con un fantasma- o, paranoicos, empezamos a quitar amigos compulsivamente de la lista hasta verificar que cada uno de los nombres tiene un sentido. Tal vez Facebook hubiera salvado a Levrero al demostrarle que no estaba solo, que varios millones de personas viven alimentando conexiones íntimas, invisibles, aparentemente ilusorias, de un alto grado de espiritualidad.
En el Caballero Inexistente de Calvino hay al menos otro personaje que interesa al zoológico de las redes sociales. Se trata de Gurdulú, escudero de Agilulfo; un sujeto que sí existe pero que no sabe que existe. Y como desconoce su propia existencia se identifica con todo aquello que ve: cree que es una pera al ver rodar por el prado los frutos de un peral, se cree rey al ver pasar revista a Carlomagno. Me recuerda a tantos de nosotros, usuarios de las redes sociales, los seguidores de, los que no saben –hasta que lo descubren y ahí sucede la magia- que tienen tanta existencia para ofrecer.
¿Qué provoca más movimiento interior, el vacío o la plenitud?
Los muros de Facebook están habitados por Agilulfos y Gurdulús. Aunque muy pocos quisiéramos admitir que a veces, en la vida o en la red, vivimos como armaduras vacías o no sabemos quiénes somos en realidad. La red social nos habilita y nos motiva a completarnos unos a otros, a seguir y ser seguidos con devoción; a rellenar, a veces, lo inexistente con la cabal materia de nuestra fantasía.
En el movimiento hacia lo que no soy y quiero ser, y lo que el otro no es y quiero que sea, en esa maravillosa operación de supervivencia de la voluntad, también está la adicción de las redes sociales.
¿De qué sustancias químicas se componen los deseos? ¿Cuál es el motor que lo pone en marcha y lo mantiene encendido? ¿Qué hace que personas a las que no conocemos en absoluto excepto por una cantidad limitada de caracteres, se vuelvan deseables?
El deseo, como el gusto o el apetito, no se teje de abstracciones ni enunciados. El deseo es algo primitivo. Deleuze afirma que uno nunca desea a una persona sino al paisaje que la envuelve. Uno desea el paisaje que ve reflejado en la mirada ajena. Esa mirada está amueblada de pensamientos, de viejas canciones, de palabras y de silencios que pueden ser tan densos como la corporeidad. Pero no se trata de una naturaleza muerta. En el centro de ese paisaje está, sobre todo, uno mismo, transformado e incluido en la mirada del otro. El lente miope de la cotidianeidad convierte a las personas que nos rodean, -amigos, familia, pareja y a nosotros mismos- en personas sin paisaje. Nos volvemos invisibles por el hechizo de la costumbre.
Así como un alcohólico no bebe porque desea la bebida ni un escritor escribe febril porque desea la escritura, deseamos a una persona para crearnos un nuevo lugar en el mundo, real o imaginario, una región distinta, una zona liberada. Deseamos al otro por esa zona del nosotros hecha de planicies visibles e iluminadas, pero mucho más lo deseamos por los sombríos socavones llenos de presagios que ese nosotros supone. El valor de esa operación interior del deseo en movimiento es incalculable y a veces no importa qué tan real sea el destinatario. Lo que importa es el viaje a esa nueva geografía.
La recuperación del propio deseo es lo más adictivo de las redes sociales. Y, hay que advertirlo, nadie con una cuenta en Facebook, libertad para elegir y tiempo para robarle al día o la noche, está libre de una sobredosis.
VI. I want to believe
Desde el ´93, cada martes durante 8 años, el canal Fox ponía los X Files. Éramos varios los acólitos del cínico y sufrido –infalible fórmula seductora- agente Fox Mulder y. otros tantos. los que se ratoneaban con el cerebro hiperdesarrollado de la astuta -y robusta, para qué negarlo- Dana Scully. En la saga, los agentes enfrentan cantidad de casos de abducción, misterios paranormales y experimentos del FBI.
Mulder y Scully se admiran mutuamente y son capaces de dar la vida el uno por el otro, se cuidan, se aman en silencio, con ternura y haraganería. En cada minuto de la serie se mantiene, tensa, la cuerda del erotismo. Cuando la fibra amenaza con romperse y el auditorio está por colgarse del ventilador de techo de los nervios, la agonía amorosa entre Mulder y Scully se derrama, no en una buena cama con resortes como debe ser, sino en el inmaculado lecho de la ironía:
Mulder:-Oye, Scully…
Scully: -¿Si?
Mulder: -Te amo.
Scully: Ah, ahora esto.
Se dice que hasta hubieron manifestaciones de seguidores de los X Files -gente prosaica sin sentido lúdico ni resto para la fantasía- frente a la casa de Carter. Le exigían con todo y pancartas, que hiciera algo acerca del maldito beso. El tipo, muy hábil, sabía que la serie y sus finanzas dependían de ello y, en más de una oportunidad hizo trampa con algunos memorables capítulos de besos falsos: o Scully tenía un ataque de amnesia cósmica y olvidaba que él la había besado, o Mulder no era él sino su clon, o todo había sido un sueño. Besos de engaña pichanga. Foja cero. A la semana siguiente, los protagonistas seguían arrastrando la nostalgia del amor no consumado y, mientras tanto, resolvían algún que otro misterio. El recurso literario se usó muchas veces después de los X Files, pero en su momento, el truco tuvo su costado novedoso.
¿Qué es más poderosa, la esperanza de un beso o el beso mismo? ¿Qué es más cautivante, la certeza o el presentimiento? El poeta ebrio tiene su opinión formada: no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.
Ahora, vuelva a leer todo lo anterior pero olvídese de los ovnis y mueva los argumentos a las relaciones humanas de afinidad en las redes sociales. Ahí descubrirá la naturaleza de la más deliciosa y perversa de todas las adicciones del Facebook.
VII. El planeta invisible
Hoy, la red social más grande del mundo es, cómo dudarlo, ese planeta en sí mismo. Un mundo sin accidentes orográficos ni abismos. Un orbe redondo y rumoroso. Hasta las instituciones, los ministerios, los organismos públicos o privados están obligados a ponerse a la misma altura que todos los demás. Todos eligen, nadie gobierna; excepto la deliciosa tiranía de la adicción. Los usuarios somos una llama unida a otras, pocas o muchas sin vocación de fogata. El mar de fueguitos de Galeano, pero al revés.
El Facebook es ese laberinto separado por muros y calles laterales, una anarquía de Estados individuales, un infinito planeta en donde cada uno es dueño de una porción de mapa, y en donde los mapas solo sirven para perderse alegremente. Es una ciudad, una más, la más colosal de las ciudades invisibles de Calvino, en donde cada uno posee la partitura de una estrofa de esa gran canción de las tribus de Chatwin, la letanía interminable y atonal del planeta.
Somos nosotros y no una oficina de Palo Alto los servidores de esta nuestra Matrix de pantalla plana. Somos los anfitriones y los esclavos del fragmento de maravilla que nos toca, que nos cambia en algo la vida, que nos quema por dentro, nos ilumina o nos quiebra. Una de estas cosas, o todas a la vez.
Como en las redes sociales, las cosas en Tlön tienen también la inevitable tendencia a desaparecer y a perder los detalles cuando los habitantes de esa región las olvidan. Los Muros pasan en videoclip, los temas de inaplazable tratamiento son suplantados por otros, los pensamientos circulan veloces hacia ninguna parte. Es imposible asirlos, se van como arena entre las manos. Y con ellos, se nos va la vida y el tiempo.
¿Tenemos el poder de elegir sobre nuestro retazo de maravilla? La decisión oscila, pendular, entre la adicción del deseo pendiente o la piel del deseo. Es nuestra la mano que pone leña al fuego y mantiene encendida esa pequeña llama de belleza aun sabiendo que es efímera. Es nuestra la decisión de ser un ladrillo más en la pared o saltar olímpicamente los muros. Las redes sociales pueden ser un techo estrellado para nuestro desamparo -lo cual en sí es perfecto- o un simulador de lo que podemos ser y hacer con nuestro mundo interior en la vida real.
Podemos seguir escuchando los susurros por encima de todo, cerca de los seres celestiales y la eternidad o elegir el camino de Damiel y dejar caer la armadura que nos sostiene, solamente para sentir el crepitar de la manzana roja y fresca en la boca. Nadie más que nosotros mismos tiene la soberanía de elegir entre el romántico estertor de una carcasa vacía o el toque de un ángel amigo con una sonrisa en 4D.
Los platos de la balanza se equilibran y en la palma de la mano están esos gramos de plomo que la inclinan suavemente. No hay juicios sobre qué lado de la vida elegir porque ambos son, a su manera, valiosos. Pero quisiera no olvidar que tenemos el poder de hacer crecer una flor verdadera de una semilla imaginaria.
En las redes sociales, como en el Tlön de Borges, el contrapeso que podríamos poner para que la belleza y la amistad existan en toda su dimensión puede ser ínfima, pero decisiva: “es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro”.
Ilustración:
Los Muros de Jericó cayendo, de Gustavo Doré.
4.3.14
-Planto.
-¿Qué cosa?
-Un hermanito.
-Los hermanitos no se plantan.
-Ah, ¿no? Entonces ¿qué?
28.2.14
30.1.13
Apuntes para las hadas
Me levanto un momento para fumar arrumbada en el ventanuco sobre los techos de Kreuzberg. No hace mucho frío y las casas tienen calefacción del primer mundo. Me llevo la laptop y el chopito de tequila 1800 que descubrí escondido en el mueble detrás de los fideos.
Yo no sé si lograremos entre lo muchos pocos que somos que algunos sean menos pobres, que otros sean menos ricos, que seamos todos más sencillos, menos egoístas y más felices; más buenos, más lúdicos y más niños.






