13.8.11

Lo que pegué en el Feisbuc y decenas de lerdos que no lo leyeron ahora me piden explicaciones y hacen tremendas escenas por mail, skype y sms

(3/8/2011)
En unas horas cruzo el charco -que por suerte no es la Estigia sino el Plata-, esa costura marrón que hace de nosotros los retazos de un mismo abrigo. 

Corro a besar su otra mejilla, uno de mis dos amores fatales, mi Buenos Aires querida.
Cuando vuelva, algunas cuestiones palaciegas y otras muy de pueblo, me van a complicar el seguir manteniendo abierta la pestaña del Feisbuc. Y sí, a veces hay que poner a dormir ciertas cosas para despertar otras.
En esta, mi pequeña porción de la red casi no hay amigos a los que no haya visto con mis propios ojos y tocado con mis propias manos.  Es cierto que, en muchos casos, eso fue del otro lado del mundo o hace un cuarto de siglo. Pero tratándose de redes sociales el tiempo y el espacio –esos que antes fueron inamovibles tiranos- son apenas las hilachas sueltas del destino.
Porque somos pocos y nos conocemos, les debo estas líneas a modo de 
hasta pronto, miren que no me morí, volveré y seré millones, o al menos cien, la cuestión es sumar.
Gracias por compartir este espacio. Gracias por hacerme pensar, reír y llorar. Los vínculos que aquí creamos son reales; lo que no existe es la histeria de quitarle el cuerpo y el alma a la vida.
No dejen que los muros se queden sin canciones. No dejen que dejen de hacerse preguntas. (Si tienen ganas de compartirlas, que sea vía mail, a la antigua.  Abrazos, palabras y otras materias primas de la felicidad se reciben por la misma ventanilla).
Recuerden regar las flores que a veces insisten en brotar entre las grietas de los muros.  No se amarguen ni se empeñen en borrar los grafitis que no vale la pena siquiera mirar. Sigamos volando bajo. Así tendremos más chances de descubrir en el barro las piedras preciosas que la vida nos regala. No aceptemos imitaciones por más brillantes que parezcan. Que cada uno se apure a compartir su porción de maravilla.
Nos vemos en alguna esquina de Montevideo o Buenos Aires, en algún bar, vino de por medio o a la intemperie, con un mate; con lluvia o con sol. A no olvidar que la única existencia que vale la pena es la que se vive con los cincos sentidos. Como me enseñaron a decir hace poco (al fin y al cabo todo se trata de eso, de aprender): Namasté.


Les dejo la más linda canción de estos meses.





PS: ¿Lo que de veras me provoca síndrome de abstinencia?: Compartir con otros el asombro por la música.

9.8.11

Puta ciudad

Sé que en unos días voy a volver a extrañarla. Con el pasar de las semanas la falta de Buenos Aires se siente acá, como un hueco de languidez que no se llena con ningún otro alimento.   
No hablo de la que se muestra evidente a los ojos de pincel de los turistas. Ni a la de los uruguayos, que no son turistas en absoluto, pero que evitan los bordes y se obstinan en ver solo el centro. 
Ni hablo de esa otra que miran sin ver los que andan como sonámbulos en una cinta transportadora programada siempre en el mismo carrusel.
Yo extraño a la ciudad que miro con los ojos del barrio; Agronomía con mirada verde de gansos, de alfalfa y de ovejas, de moras blancas, de trencito y lechuga, de un árbol marcado con iniciales secretas.
La Buenos Aires que extraño es la de la china Lili que toma mate  lavado en vasito de loza, todo el día detrás de la caja registradora, puteando en cantonés a los repartidores de Sancor mientras se quita de la frente un jirón de pelo negro lustrado antes de sonreir y cobrar. 

Es la que queda eternizada en el instante mismo de iniciar la conversación interminable del taxista que me dijo que a Tolkien lo inventó George Lucas; la del mozo demente que entre dientes perjuró que es injusto que Borges haya muerto y entendí qué quiso decir; la del puto que me aseguró que por más que quiera esta ciudad de porquería no te va a soltar de sus garras porque de acá nadie se va nunca.
Es la esquina de Flora a la intemperie, caserita de cilantro y hierbabuena que segó los amores tempranos en Oruro y los volvió a sembrar en Villa Pueyrredón. Es la carnicería de Orestes, orgulloso de un bife de chorizo endemoniado y sangrante que arroja como su corazón en la balanza. Son las empanadas de carne picante cortada a cuchillo de la salteña que logran la hazaña de un minuto de silencio en la ronda de amigos y de Quilmes.
Es el acento decadente y anarquista de un gallego, la cantinela de un tano, que te explican que allá es mejor pero que no volverían ni a ganchos.  

Es poder nombrar las avenidas por sus nombres viejos y no saber que eso es un poder. Es el olor sin humo de los atardeceres de invierno. Son los colores que se usan opuestos y superpuestos como banderas del desparpajo. Es la pareja joven de coreanos con piercing que se detiene a besarse en cada umbral de Palermo. Es el ruso que toca el violín con los ojos cerrados en Corrientes y Rodriguez Peña. Es el Seddon, espejo del Bacacay. Es el mismo Bonafide, pero es otro.
No puedo sentir orgullo de Buenos Aires; no entiendo cómo hay quien puede. Yo la necesito febrilmente, con la terquedad y la ceguera con la que uno se apega a un amor inconveniente, como una piel necesita a otra piel y no sabe por qué, como una medicina.

Buenos Aires está hecha de las confesiones de mi madre, las mismas de siempre y siempre nuevas con dos copas de más; es mi viejo que agradece los tangos en el pendrive para el auto y la bondad de mi hermana que gotea como una canilla regando mi tierra reseca de inocencia. 
Es Amelia que me apunta con el bastón y me recuerda que fue ella quien me dió la primer mamadera; la Nona que asegura que vivió ahí toda la vida; el hombre con babero que pasa por la vereda en su triciclo, eterno niño con un hilo de saliva en las comisuras y la vista perdida, igual que hace veinte años.
Buenos Aires es la ruidosa iglesia que ahora desatanudos pero que antes enmudecía como el buen José en las tardes desiertas de Cristo yacente y Virgen del Carmen.
Es la presencia hechicera de los gatos, esos otros santos que van quedando y que saben que no aprendí a callar ni a mentir ni a pedir perdón, a pesar de todas las copas del mundo.
Es la gente que no veo pero que está suspendida, accesible e inalcanzable, como toda la felicidad que tenemos al alcance de la mano. El amigo de siempre que sonríe piadoso y burlón cuando me escucha decirle el mar; la gente que me insiste no te vayas, por joder y por amor.


Buenos Aires es la inconcebible valentía de buscar Libertador a medianoche cruzando los bosques de Palermo con el paso apretado y las manos en los bolsillos. La Fura en las tripas saciadas de romanos y godos en digestión ("Después de cada tragedia, la gente sigue comiendo"). Solo el viento amenaza en el follaje. Detrás y adelante, las sombras. Borrados los puntos cardinales.
Si en algún instante tuve miedo, las putas me cubrieron con su manto protector. 

Cada tantos metros, un ángel monumental, una bestia de tetas como visiones y piel de fuego a prueba de agostos, espera su presa temblorosa en los autos que pasan. Usan conmigo una sonrisa no laborable y ocultan la piel con inocencia pueril. Cómo quisiera tener un sexo que las necesitara urgente para tener el honor de rozarlas con mi torpeza de mujer común y corriente.

Buenos Aires es no poder escribir ni una sílaba por no poder parar de vivir un instante. No escucho tango en Buenos Aires porque el tango sucede. El folclore pasa delante de mis ojos. El rocanrol suena por intravenosa.



Como otras veces, ya lo sé, iré dejando pasar nomás el hambre de Buenos Aires. Se irá volviendo ayuno. Mientras tanto, la otra orilla me mantiene viva; alimenta con otro alimento otro estómago que tengo. Volveré a tener hambre, y a saciarme. Volveré a ayunar. Me someteré a otras sobredosis. Sobreviviré.

30.7.11

Diez minutos

De no salir ni a la esquina, vengo de bar en bar.
Ayer, en pas de deux,  la vuelta al perro en Ciudad Vieja para terminar donde siempre al borde de un Alamos. Muy cerca, acá en el oído del alma, todavía repican las décimas curativas de José Hernández, no el de Fierro, sino el mozo más buen mozo y poeta mayor con quien cultivo una amistad forjada de a diez minutos de cigarros compartidos a la intemperie.
Hoy, el enjambre del Mercado. Don García a reventar. Andrés sudando la gota gorda al ras del fuego y cinco lugares en la barra. Los alemanes, obedientes, devoran lo que voy pidiendo y cuándo me preguntan qué es esto como un cañito les digo que prueben nomás, que después les cuento.
Ruego que no aparezcan los gauchos que cantan o aquellos otros bipolares  que la van de mariachis a murguistas y a los que más de una vez estuve tentada de pagarles para que se callen. Pero cuando lo veo a lo lejos con la guitarra al revés, colgando y midiendo la pinta de los locales por encima de los lentes, empiezo a desear que se acerque. El Zurdo nunca me recuerda aunque muchas veces le pedí canciones.  Indefectiblemente me mira como si le resultara familiar y después, derrotado, vuelve a preguntarme el nombre a cambio de un piropo. Esta vez es lo mismo. Escucho su voz acá en la nuca: "¿qué te puedo cantar, preciosa?". Sin darme vuelta del todo le pido alguna del Negro Juárez.
Arruga la boca,  dice que la única que sabe es muy triste y señala como excusa al ejército de mandíbulas que piden pan y circo. Me ofrece Naranjo en Flor, Sur. No negocio. Ya mi sábado es en extremo for export.
Se aclara la garganta y empieza a cantar con esa voz inmensa que tiene y que cubre como un manto la batahola del mercado. La canción es bella, pero decir que es triste, es menos que poco. Ni bien empieza me doy cuenta de que el sujeto de la historia no llegará vivo a la última estrofa.  A medida que cunde la voz y la letra transcurre las caras se deforman, la gente para de comer y abre grandes los ojos: “puse rosas negras sobre nuestra cama, sobre su memoria puse rosas blancas”.   Yo bajo la vista para no reirme: como estoy justo al lado, esos doscientos ojos también me apuntan a mí. El Zurdo canta con los ojos cerrados. El encargado nos mira, detenido, con una bandeja de papas fritas, los ojos a media asta y expresión de disgusto. Claro, los tristes comerán menos, pienso, y eso no conviene.
La onda suicida llega hasta el Medio y Medio porque empiezo a ver que desde ahí se estiran algunos cogotes para ver qué pasa. Los alemanes no entienden nada pero sienten que algo se ha suspendido y están atentos. “Yo lo puse todo, vida cuerpo y alma; ella, dios lo sabe, nunca puso nada”. Hay partes de la melodía que no le deben nada a una wagneriana. Y el tipo, como era de esperar, se mata ahí nomás, para no matarla.
Cuando termina, se hace una milésima de segundo de silencio antes del aplauso. El agradece y no se resiste al billete que le pongo en el bolsillo de la camisa. La gente sale del trance y vuelve a lo suyo, pero no es lo mismo. Entonces acerca su cabeza a la mía: “Ahora vení a arreglar el desastre que armaste y ayudá con Peor para el Sol, que no falla”. Mi pobre soprano es un ripio invisible alrededor de esa voz de gruta. Ahora sí, los comensales aplauden y piden otra. Pero él no quiere. Nos confesamos un par de asuntos que uno apenas le contaría a su almohada, me mira a los ojos, me besa la mano, agradece y se va. Apuesto lo que sea a que la próxima vez que me vea, no me reconoce.
Celebro los amores de los bares que duran diez minutos y siempre vuelven a empezar. Si su vigencia se midiera por la intensidad, serían amistades eternas.


Ya en casa,  busco el nombre de aquel tema tan tortuoso googleando los pocos pero dramáticos versos que recuerdo. Del Negro no es, la canta Falcón y se le atribuye, cómo no, a Alberto Cortez.  Como era de esperar le puso Amor Desolado. La versión de youtube -ilustrada por uno de esos espantosos powerpoints que habría que prohibir- no es tan linda como la del Zurdo Darwin. El que quiere la busca o va un día y se la pide. No la pego acá por las dudas, a ver si encima provoco otro incidente.

22.7.11

Mientras (y si) amanece por fin

Con los años, mi insomnio y yo cultivamos una relación de solidaria convivencia. No es una amistad elegida.  Se parece, más bien, al apego que nace entre dos condenados a perpetua que viven en la misma celda. La prisión de la noche de encorvados fierros de Borges, que odiaba tener que dormir porque, aunque apretara  fuerte los párpados, el único color que seguía viendo era el amarillo.
A veces, el insomnio se toma semanas y hasta meses de libertad condicional. El ángel negro me deja en paz. Y duermo como una persona normal; envuelta, no obstante, por las manías del té de pasionaria double black, uno o dos libros y una estampita de Santa Melatonina.
Otras veces vuelve, como ahora, con toda la fiereza de un adolescente inoportuno a rociar su adrenalina sobre mis noches. No es algo risueño, ni romántico, ni valioso para un escritor, como muchos suponen o me han dicho y me dicen. Claro, muchas veces lo que se hace es escribir.  Pero si me dan a elegir, como en la canción, prefiero los relatos oníricos que engordan los cuadernos de la mesa de luz.
Con el tiempo de trasnochada, y por pereza, he llegado a ejercitar, incluso, una escritura interior que sucede solo para mí. Relatos enteros que olvidaré, crónicas fugaces escritas en los renglones del cuaderno en blanco de las horas.  Juro que he querido ser  –pero no lo intenté lo suficiente, se ve-  de esas personas  que se levantan bien temprano y con la mente fresca, que hacen abdominales y salen a caminar, que toman café, comen cereal y luego encaran con disciplina y entusiasmo ocho horas de caracteres con espacios a tempo prestissimo. Pero no.  Lo mío es más bien la marcha camión de la vigilia.  Me tocó ser un animal nocturno,  una fiera desaforada y vagabunda, hay veces, o un obeso búho blanco parado en un poste como el que primero escuché y después vi -no me creen- una noche en Solís.
Hubo una época en la que quise saber por qué. Como si un diagnóstico sirviera para algo. Le pregunté a mi vieja y a la amiga con quien compartí el primer apartamento:   ¿Nací insomne o me fui volviendo?  Simplemente no lo recordaba.  Vagamente me veo a mí misma a los quince o dieciséis, soñando despierta y tomando nota, a oscuras, aterrada y febril. Historias con chimpancés colgados de la lámpara, la ventana abierta de la puerta de calle y siempre alguien a punto de entrar, la crónica de las visiones de aquel elfo que se paraba junto a mi cama, un hombre pequeñito y amable, probablemente, tan insomne como yo. Nos mirábamos a los ojos  durante horas hasta que me quedaba dormida; nunca nos dijimos ni una palabra. (No lo volví a ver, pero tengo mis razones –que no voy a explicar ahora- para creer que se trata de un pequeño fauno, de un pariente de Puck, o del mismísimo Robin Goodfellow  de Sueño de una Noche de Verano).
Cuando el sol está a punto de detonar,  en la frontera de la noche de los insomnes urbanos, espera siempre el grito del zorzal o la calandria. Malditos emplumados. Una de las pocas ventajas de  vivir en un piso nueve es que el precoz buen día de estos condenados no llega tan alto. Las gaviotas, en cambio, son gordas discretas.  Y la cadencia del oleaje es un arrullo que me avisa que -algo es algo- tengo dos horas de sueño.
El insomnio que regresó en estas últimas semanas no me molesta. Al contrario, diría que es un buen punto de nuestra relación. Se ve que estamos grandes, que somos pocos y nos conocemos. Convivo con él por la noche, lo dejo hacer, y de día me entrego a esta especie de película que se te queda pegada sobre la piel, una resaca abstemia, un des-velo que me separa un poco de la cosas prácticas y la rutina.
Porque después de muchas noches de insomnio -el que lo vive lo sabe-  aparecen los días clarividentes.  Jornadas en las cuales lo que normalmente hay para ver, lo evidente, desaparece;  y aquello que estaba oculto se ve con claridad.
No gozo de este insomnio pero no lo rechazo como no se reniega de un gran maestro. Sospecho que un día, pronto, volverá a dejarme en paz.
Mientras tanto, agradezco lo que me da: noches sin pensamiento, sin congoja, habitadas por fotos viejas, por imágenes pueriles proyectadas en Super 8 en la pantalla que tengo acá atrás de la frente.  Horas que se proyectan con finales de películas que alguna vez amé y después de amar amé, remendadas con retazos de escritura valiente y sin estufa;  con canciones que creía haber olvidado y han vuelto, no para decirme quien era sino para recordarme quien soy en realidad; buenas noches de insomnio pobladas de rostros que, como los de Eluard, responden a todos los nombres del mundo.