5.9.11

Too much love will kill you



feliz cumpleaños
amor de mi vida




Oh yes I’m the great pretender
Just laughing and gay like a clown
I seem to be what I’m not, you see,
I’m wearing my heart like a crown
Pretending that you’re
still around.


1.9.11

Esta esperanza de miércoles

No es que me moleste la basura, pero es como si hoy alguien hubiera descargado un contenedor entero frente a la Plaza Cagancha, junto a la glorieta. El viento no ayuda, juega nomás. Las bolsas vuelan como palomas de plástico; hay calesitas de hojas, botellas y boletos.
Es temprano. Creo que soy la única en este salón interminable. El mozo me trae el cortado y la medialuna; corro un poco la laptop y la libreta para hacerle lugar y por las dudas.

Recién despiertos, los habitantes de la calle se van acercando al montón de deshechos a buscar algún desayuno. Tres hombres y una mina. Uno viene atrás, rezagado, y no quiere soltar su sobre de dormir; primero lo lleva como una capa, después lo arrastra. Me contagia el bostezo. Se refriega los ojos y camina en zigzag barriendo el cemento; tiene la barba larga y complicada, pero parece un niño sonámbulo tirando de la punta de su frazada tras una pesadilla.

Unos encuentran un pan y otros unas frutas y vuelven al banco. Los observo a través del vidrio del bar. La mujer sacó un cuchillo para pelar una naranja. El cortado caliente y amargo me incendia la garganta.

La Lupe le puso voz a un pensamiento que me anda rondando desde hace semanas: ¿cómo llegamos a esto? No digo a la pobreza, eso se sabe. ¿Cómo fue que nos acostumbramos?

Si alguna vez esperamos o desesperamos, es claro que ya no.

¿Es el dejar de esperar lo que nos ha quitado la furia y la valentía sobre la que cabalgaba nuestra esperanza?


Ahora ha brotado una niña de una bolsa de papas rellena de diarios. Se para y corre a las palomas de verdad. Veo a la gente despertar aterida y húmeda en la calle, arrastrar su humanidad por un pan duro.  Yo observo, tomo mi café y, enseguida, en un rato, voy a escribir algo lindo y cierto y bien pago.

En mi biografía -en relación a los vínculos y las posesiones- dejar de esperar, dejar que los deseos vuelvan a enrollarse y dormirse, ha sido el talismán para encontrar la paz interior y, paradójicamente, hay veces, toparme por azar con aquello que esperaba (Por algún motivo pueril y egoísta, tengo temor de que al confesarlo deje de suceder, sin embargo voy a arriesgarme).

A veces, dejar de esperar es la mejor manera de encontrar.

Pero no puedo renunciar a esta otra esperanza que saca la mano de la basura y dice aquí estoy, te duele porque estoy, no tenés paz porque estoy. Renunciar a esa esperanza es un movimiento inútil de la voluntad porque no depende de ella. Como no es posible conseguirla con solo desearla ni quitármela de encima como un disfraz. La esperanza es un don. Como el amor.


Pero la única manera de lidiar con una esperanza que sigue encendida es hacer algo con ella. Y parece ser que a ella no le alcanza con que yo  ponga un papel en una urna cada tantos años. La esperanza inmóvil quema, duele, se hunde en la carne. Es una brasa encendida que nos incinera por dentro. Como el amor. (Desde la marcha de los Indignados un amigo hizo un cartel con lapiz labial en un trapo: "es amor, y lo llaman revolución").

Es Vitamina E, dijo Galeano en la plaza Catalunya, a quien todavía quisiera escucharlo, hablando de lo bien que viene una buena dosis de rebeldía y esperanza.

Habrá que hacer algo urgente porque unos se mueren de frío y otros nos estamos convirtiendo en cenizas.

Y si no, claro, está la opción de hacer, manso y tranquilo, la cola para que te apliquen la inyección diaria de anestesia local.



Ya no te espero
ya estoy regresando solo
de los tiempos venideros
ya he besado cada plomo
con que mato y con que muero
ya se cuándo, quién y cómo.

Ya no te espero
porque de esperarte hay odio
en una noche de novios
en los hábitos del cielo,
en madre de un hijo ciego,
ya soy ángel del demonio.

Silvio Rodríguez

23.8.11

Sobre dónde poner el alma

mi mesa en el Seddon de 25 de mayo.
Ahora vigila la esquina de Chile y Defensa.


















A veces, escribir no es suficiente.

Cuando el alma está agobiada, furiosa o cargada como un arma, repele el gesto catártico de la escritura y amenaza con aplastar como una mosca cualquier intento de volcarla en un papel. Como el agua, el humor se acomoda en los resquicios, se amontona en los diques de la autocomplacencia, en las drogas y los psiquiatras o desemboca suave en un bar.


Si tenemos suerte, el destino nos concede la gracia de tener uno.

Los boliches de mi vida siempre tienen estantes libres, una alacena, un lugar en el fondo de un cajón para guardar esos trozos de alma que se me desprenden como la piel de los lagartos, escombros que sé que tienen algún sentido -aunque ignoro cuál- y que debo guardar hasta tanto lo comprenda.

En los bares dejé en salvaguarda los deseos que las estrellas fugaces ignoraron sistemáticamente, algún que otro fantasma reincidente, todos los dolores sin consuelo.

El jueves pasado conocí el Museo del Vino llevada por la entusiasta y muy postergada intención de volver a bailar tango. Le pregunté a la profesora si algún día me sería posible relajarme en el vaivén de una milonga sin pensar en qué lado del cuerpo está el peso, olvidando la pisada y el firulete. "Puede suceder -dijo Felicidad, así se llama ella- pero a veces pasan años de años y solo es posible si hay verdadera conexión con el compañero" (Digresión: no fue esta la única indicación técnica con aristas ontológicas de la clase: "tenés que escuchar lo que su cuerpo te dice para poder decidir sobre el tuyo", "ella no tiene ojos en la espalda, no la culpes si se choca con alguien, vos la tenés que cuidar").

Mientras mi alma se acomoda y aprende, disfruto del error, ejercito el músculo del volver a empezar, voy ganando pista.

Un local con una barra, diez mesas, una radio y una maquina de café puede ser un hospital para el espíritu.

¿Tendrán registro los bolicheros de que no se trata solo, ni de lejos, de comer y beber?

Se trata de la sonrisa de gato de Cheshire de Michel del Garní que flota alrededor para hacerte bien; del perfil de Ani que uno no ve pero adivina detrás del aroma a canela y cilantro, de las mejillas de bienvenida de Daniel encendidas como el fuego al fondo de su horno de barro.  ¿Sabrá Jose que una sola de sus décimas, cada línea recitada en una vuelta de sacacorchos, es una pócima curativa? Si ando negativa, Regina me levanta el ánimo mostrándome las pruebas de que todo puede ser y es, de hecho, un poco peor. Edu seguro sí sabe que el filo de su ironía corta en rebanadas la más dura de mis tristezas. Pero tal vez Pamela ya no se acuerde que me salvó la vida, hace veinte años, cuando aquella madrugada sin clientes se sentó a compartir la última medida de Johnnie y me dijo: mirá Caperucita que si una da tanto, un día mete la mano en la canasta y, de pronto, no queda nada.



Yo trato de convencerlos de la superstición de que los bares son salvadores, que redimen a esa porción de humanidad inmolada en los altares de la noche.
Pero, sin excepción, se ríen, no hacen caso. Tienen cosas más importantes entre manos: revisar que haya pan, cerrar la caja, lidiar con un proveedor. A veces me miran como verdaderos amigos que son; otras como los piadosos profesores de un psiquiátrico a una paciente, que no sabe que lo es y alegremente delira, lo cual es probable.
Es poco decir que tengo buena estrella con los bares, el azar y los amigos. No en ese orden, aunque por ahí sí. Sucede cuando los bares se vuelven amigos, los amigos mensajeros del azar y el azar un lugar seguro donde se puede habitar en una noche de soledad.

Echado en una esquina de mis diecisiete persiste el Tigre, sitio al que los varones de 5°B se rateaban y al que el preceptor más bueno del mundo iba a buscar cuando la Directora llamaba a su oficina, porque sabía que no estaban en el colegio. Andy corría como loco las varias cuadras desde ahí al bar (¿dónde podían estar si no?) para traerlos de vuelta. Llevaba en el bolsillo una corbata de repuesto de esas falsas, con elástico, por las dudas.

Años después, con L., nos refugiábamos en el Moliere a leer desenfrenadamente a Borges, a Vallejo y a Cortázar. Por esa época fuimos también feligresas del bar de Guido, que un día cambió de dueño y le pusieron -vaya paradoja- Café de los Ángeles. Explicar esta historia podría llevarme la extensión de una novela.
Sobrevive, aunque solo en mi memoria, el Pernambuco de la Avenida Corrientes donde Ulises Dumont reinaba cada noche en la mesa del centro y en cuyo depósito me ocultaron los mozos, una extraña madrugada de humor negro. Enfrente, el Astral, angosto y habitado por sátiros y faunos jubilados y en el que décadas más tarde imaginé ver entrar, lento como un dromedario, a un Jorge Varlotta que jamás conocí. La Academia y la Opera tuvieron su minuto de gloria cuando cambiar de noviete significaba cambiar rigurosamente de establecimiento, de trago y de género musical.

También sobre Corrientes -caminar mucho nunca ha sido mi fuerte-, er mío el café de Liberarte sobre cuyas paredes, una vez, no hace tanto, apoyé el oído para cerciorarme de que la voz del Polaco no hubiese quedado atrapada como el mar adentro de los caracoles.

En Montevideo, en el ángulo del pasaje y Buenos Aires, está el eterno Bacacay, extensión del living de mi alma y espejo del Seddon justo al otro lado de ese mar. Al Seddon lo vi morir y volver a nacer como un fénix y doy fe de que sus cimientos también se sostienen sobre los cascotes de mi corazón hecho pedazos.

Mucho después llegaron el Gallo para Esculapio, segado joven como un poeta tuberculoso y bello, y el café Homero que sigue habitado por el espectro blanco de un bandoneón. Tan lejos y tan cerca, en la asombrosa ciudad de La Paz vuelvo en sueños al Socavón que tiene esculpidos en la entrada un querubín y un demonio porque dicen que, como en las minas, necesitarás la ayuda de dios y del diablo para salir de allí, asunto del que soy testigo, aunque no en un estado del todo lúcido.

Como en cada cielo y cada infierno, el Edén de mis bares tiene un centinela. Un bar caído, un ángel condenado injustamente por un dios incompetente: vigilando la placita, sobre la esquina de Serrano y Honduras, el Taller era la prueba de que seríamos jóvenes por siempre. Mentira. Hace un par de semanas, cuando doble la esquina y levanté la vista, ya no estaba ahí. Ni él ni mi juventud.

¿Adónde habrán ido a parar los retazos de vida que dejé en sus mesas, adónde los besos furtivos? ¿En qué estante quedaron las trampas, las promesas, los tragos de más? Busqué los graffitis de los baños, pero una mano impecable de pintura los había borrado.

Cuando se muere un bar, cuando un bar se rompe, el alma de quienes le tuvimos devoción se derrama como a través de una tumba rajada.



Y andá a cantarle a Gardel. No hay nada que hacer, los bares no resucitan ni reencarnan ni despiertan con un beso. Si en algún lugar siguen viviendo es en el medio del pecho. Son la escarapela de ese barrio inventado que llevamos puesto.

Ahí es donde, algunas veces, la escritura regresa y es útil para volver a rescatarlos y juntar, del alma, poco a poco los pedazos.



Yo simplemente te agradezco la poesía
que la escuela de tus noches
le enseñaron a mis días.

Cacho Castaña / Polaco Goyeneche


16.8.11

De la niebla a la luna

Las copas de los árboles emergen entre la niebla a los costados, allí donde se  supone que está el campo. No es de día ni de noche. Del camino no se ve más que un trozo veloz de pavimento iluminado por los focos delanteros.
Ya se durmieron las cuatro mujeres sentadas adelante –maduras,  cincuenta y cinco pasados, tres rubias y una pelirroja, envueltas en esa pilcha con mucho de negro y dorado que desentona cuando sale el sol-. Más que quedarse dormidas, creo que cayeron fritas. Se la pasaron bromeando con estruendo durante los primeros minutos de viaje. Discutían acerca de si a una mina muy irritable (se referían a una empleada del Buquebús en particular), se le diría mal servida en Buenos Aires y en Montevideo mal atendida, o si es al revés. Las variaciones entre uno y otro concepto provocaban la carcajada de las cuatro. Algunos pasajeros ejercen sobre ellas esa censura visual tan nuestra, otros sonreímos y miramos para otro lado.  Juraría que llevan varias botellas puestas, que compraron una de esas promociones de dos días de joda en Montevideo, tres estrellas, todo incluido. Apuesto a que siguieron derecho de la milonga al bus, de aquí al barco y, al llegar, directo a una oficina pública, a la dirección de una escuela secundaria o a la cama, alegando con voz ronca al teléfono tremendo ataque de hígado que, probablemente, se convierta en realidad con el transcurso de las horas. Por el momento, una de ellas ha empezado a roncar suavemente.
La neblina es sólida todavía. El bus avanza con cautela como un ciego tanteando el camino.  El ronroneo del motor me invita a cerrar los ojos. Por la comisura se me escapa una lágrima que no es de pena, es la arena de ese reloj que marca los siglos que hace que duermo mal y me lija los párpados por dentro. 
El aparato de aire acondicionado escupe una correntada tibia que confunde y esparce los hedores de los pasajeros; los que estamos, los que viajaron antes que nosotros y antes que ellos. Despojos adheridos al tapizado, sustancias entre las rendijas de metal de las ventanas, mugre disimulada por un desodorante de ambientes barato.
Detrás de los cristales el campo y las pocas casas aparecen muy lentamente. La niebla se extiende ahora al ras del pasto; unos caballos y unas vacas flotan sin extremidades, los hocicos hundidos en la bruma.
Me vuelvo a ajustar los auriculares y oprimo play sin sacar la mano del bolsillo. “Oh, yeah, I´m calling you”, la voz traversa de Aznar me atraviesa como un escalofrío. 
Me entrego al raro privilegio de dejar pasar el tiempo.
Asumiría alegremente la condena perpetua de viajar escuchando música. Música, un lápiz y una libreta. Si hubiera nacido varón tal vez sería viajante (no entiendo por qué, pero no hay mujeres en el oficio);  un hombre introvertido y gris que gastara la vida recorriendo kilómetros desde  Buenos Aires a Corrientes, de Rosario y Fray Bentos a Salto, Rivera y Treinta y Tres. Ida y vuelta, cien, mil idas y vueltas con mi valijita. De pronto recuerdo que alguien me dijo una vez que los viajantes conocen del país solamente la senda que recorren y que, casi siempre, es la misma toda la vida.
¿Se aprenderán los paisajes de memoria? ¿Todos los rebaños y todos los campos sembrados? ¿Cada molino, cada farol y cada rancho? ¿Se alojarán siempre en los mismos hoteles y los extrañarán siendo ancianos, como uno añora de viejo el olor de las almohadas de la infancia? De pronto, ser viajante me parece una mierda;  un infierno en el cual moverse es la forma implacable y paradójica de estar petrificado (pienso en anotar esto último en la libreta pero me da pereza y me digo que, de todos modos, no es gran cosa).
En cambio, me deslizo un poco más buscando la concavidad del asiento. La mujer que está a mi lado no se sacó el abrigo y ocupa más lugar del que le corresponde. El cálido vaho verde de un mate recién empezado, que adivino en el asiento de atrás pero no veo, me toca la nariz y las ganas se convierten en saliva. 
Pienso en las personas que conozco y en las que no, la mayoría debe estar despertando en este momento, en camas distintas de ciudades diferentes. Las caras arrugadas e hinchadas de sueño, el aliento rancio, el cabello pegado al sudor. En todos los casos,  el siseo del gas en la cocina calentando la pava o la caldera, según sea la orilla que le haya tocado en suerte al mate.
Parece que la niebla insiste, pero no, son las ventanas empañadas. Abro un redondel con la mano. Detrás del vidrio los verdes aparecen al fin, deslumbrantes, lustrados por el rocío. El día arremete: “Mi corazón es de río y ha salido más el sol”, me dice al oído la canción como si supiera.
Durante un buen trecho un cable de alta tensión subraya, paralelo, la línea del horizonte. Cosas de pais lisito. Pronto entraremos en el camino de las palmeras y enseguida llegaremos a Colonia.
Aunque ya se hizo de día y sé que es inútil tratar de dormir, cierro de nuevo los ojos:  necesito recuperar algo que dejé en la noche anterior. Vuelvo a sus fauces para traer de vuelta la visión de la luna poniente, hace una hora y algo, en el taxi camino a Tres Cruces. Explotó ante mí justo al doblar a la derecha desde la Rambla hacia Propios. Lástima no poder compartir un recuerdo tan exagerado con alguien más, culpa de la hora.
Tengo al menos este pequeño truco de cerrar los ojos para rescatarla solo para mí: inmensa, una luna absorta y estriada como la pupila de un cíclope, asomada por encima de los pinos del cementerio del Buceo. 


Calling you / Pedro Aznar / A solas con el mundo, 2010:
http://grooveshark.com/s/Calling+You/3lF0xn?src=5