6.7.12

Tocar de oído



¿Dónde estará mi pasacasete? Me pregunto y ubico con el puntero de la memoria o la imaginación el rincón del altillo donde está la única caja de zapatos con aquellas primeras atesoradas canciones en cajita. ¿Existe en realidad o solo sobrevive en mi memoria? ¿Mudé la caja en la última mudanza?

No eran mis propios casetes. Eran las canciones de mi madre. Se las fui hurtando de a poco; quedaban en la casa, pero en mi territorio. De noche, muy bajito, cuando leía a mansalva o escribía debajo de la frazada para que no se viera la luz insomne en la rendija, escuchaba música. Tenía unos auriculares parecidos a los que ahora están de moda, grandes y ridículos. Durante mucho pero mucho tiempo, solamente tuve tres casetes para escuchar: uno de Kenny Rogers, otro de los Carpenters y uno de ABBA. En español. Shiquitita dime por qué.

Siglos después, llegó mi primer disco comprado por mí misma: The Joshua Tree. Para entonces, ya estaba totalmente minada por el folclore y contaminada por las canciones de la parroquia. Aquellos salmos y letras de iglesia se sumaban con total ecumenismo musical, junto a Silvio y Charly en la carpeta. (Digresión: nunca reflexioné, sin embargo, el efecto que en mi personalidad, tuvo el haber copiado y cantado tantas veces el estribillo de El Puente.)

Una día, tirado en Navarro y Artigas, me encontré un casete de los Bee Gees. Original, atenti, no grabado. Miracolo. Tenía la cinta enroscada y flácida; hizo falta pegarle un pedacito con scotch y rebobinarlo con la bic varias veces para un lado y para el otro. Quedó como nuevo.

Mucho después llegaron las primeras canciones propias. Elegidas. Llegadas, varias, por obra y gracia de los novietes melómanos. Había quienes tenían doble casetera y te la prestaban para copiar. El detalle, no menor, era juntar la guita para comprar los casetes Bosch, que venían en un plástico de a tres y eran carísimos.  

“Y por qué no buscabas la canción en yutube o en el gugle y ta, la copiabas y ta”, pregunta mi hijo. No se lo puede imaginar. Realmente, este tipo, con su magnífica inteligencia 2.0 de siete años no puede encontrar la operación, la ruta mental para concebir la existencia de la música sin internet.

Mientras conversamos y copiamos letras de la web, tararea: “I say hello you say goodbye…” (Acá está diciendo hola qué tal no, ma?). Pero no pierde el hilo y me vuelve a preguntar cómo era antes lo de las letras.

Sus interrupciones me dan tiempo para pisar el acelerador del De Lorean hacia el pasado.


Siento el aroma a tinta de la vieja carpeta henchida de letras, borroneada; los lamparones verdes de apoyar el mate sobre las páginas como pétalos locos. Los dibujos en el margen –yo repetía frenéticamente una mujer adentro de una gota de agua, herencia y plagio de una publicidad de Casa de Troya, según creo- y cruces corazones iniciales, tonos encima de tonos, va con fa o va con re menor?, tachados y vueltos a escribir. Olor a canciones. Olor a amor. Devoción. Fiebre de aprender las letras, primer sendero más o menos bizarro de la poesía. 
Llegó a ponerse tan obesa la carpeta que apenas podía guardarla en el forro de la guitarra, forzando el cierre que un día se falseó.

Tenía un grabador chatito marca Braun. Lo heredé o alguien me lo regaló usado, no me puedo acordar. La tapa se levantaba así, clic, con el play nomás; ponías el casete y te preparabas para anotar lo más rápido posible. Play, sop, play, stop. Rewind, stop, play, stop. Si era en castellano, fácil. Si era en inglés, copiabas por fonética.

Las canciones a veces quedaban registradas en frases sin sentido, repetidas hasta el infinito del error, con inocencia y con la fe puesta en supuestas licencias poéticas hechas para rimar.

Yo cantaba con convicción y, guiada por el cuaderno, que no me deja mentir, le hacía decir a Reyes “Junto al estero del bajo, lo encontré tendido casi al espiar. Repetía el furzio sin entender qué clase de nombre -tal vez un animalito?- era la paicarrita que le dio su amor al tipo del tango. Del wincofón copié íntegro Permiso -Larralde recitaba clarito, por suerte-  pero se ve que nunca revisé y me quedó clavado el “les debo advertir que son muchos los que  callan y por temor a la biaba comen en las pavadas churrascos de agua caliente”.

Era más difícil, mucho más, copiar del wincofon porque no te dejaban correr la pua hacia atrás para que el disco no se rayara. Que me pasó, me pasó. Me tuvieron lejos del aparato por un buen tiempo.

La otra era copiar de la radio. Un arte, ponerle el stop justito antes de que empezara la voz del locutor para cagarte la fruta con un anuncio. El virtuosismo no era lo nuestro, alcanzaba con escuchar.

La mayoría de los que nos criamos tarareando folclore o tango, lo hicimos por la sencilla razón de que no había otra. No había una militancia ni una industria de la cultura musical para niños. Ni siquiera en la escuela. Y aunque María Elena y Leda estaban ahí, prendidas al corazón, mi sempiterna maestra de música, la señorita Josefina -una mujer muy bajita y muy tímida- nos hacía ensayar las canciones patrias una y otra vez hasta el punto de que llegaras a detestar a San Martín, al Sargento Cabral y a Alfonsina. Punto. Era rarísimo que te compraran un disco solo para vos. Yo, privilegiada, tuve -y eso de muy chica- el disco amarillo de Pipo, las Ardillitas y Bárbara y Dick.

Rafaella Carrá, Sesto, Iglesias, Nino Bravo, los Olimareños, Figeroa Reyes, Gardel, Goyeneche, Cafrune, la Negra, el Varón, eran la música de todos. Sencillamente, no teníamos edad, como Gigliola Cinquetti, para tener discos propios. Escuchabas lo que escuchaban los grandes; heredabas letra y música.

Los oídos de mi infancia se cocinaron en la olla adobada por la voz de mi madre. Ay, Perales. Una no entendía por qué la vieja lloraba de ese modo. Detenía lo que estaba haciendo. Se quedaba con la mirada clavada en algún lugar de la pared del reloj pero como si no hubiera reloj. Paraba de cocinar, se amuraba de espaldas a la mesada de la cocina y con el borde del delantal (“¿Y cómo es él / En qué lugar se enamoró de ti / De dónde es? / A qué dedica el tiempo libre), se limpiaba una lágrima y se corregía el rimmel. Pregúntale por qué.

Levantabas la vista de los deberes y eras testigo de las garras misteriosas de la canción. Por alguna razón, el instinto o el pudor te indicaban que no hacía falta copiar las letra de esas canciones; las aprendías por repetición, como un mantra, y las cantabas al voleo nomás, pegadizas y desgarradoras, con suficiente información para un futuro garantizado de análisis lacaniano y constelaciones familiares.

Este fin de semana, después de postergaciones y excusas de índole inimaginable para un niño, cumplo con mi promesa de ayudarlo a armar su propia carpeta de canciones. La hacemos a la antigua, una por una, escuchando, eligiendo, pero con la facilidad y la velocidad de los nuevos tiempos: google, youtube, música.com e impresora láser. Cuando terminamos con los Beatles, me pide que le busque unas de Mateo y Notevagustar, del Cuarteto, de Charly, de Maia, de Fabi, de los Redondos y Divididos, de León y del Flaco. Y la del mundo que le falta un tornillo y esa zamba que tenés en el celular, también, imprimimelás todas, que un día las voy a querer cantar”.

Domingo. Ya estoy con la mitad de la masa neuronal en los dilemas del laburo que me espera en unas horas. Todavía resta la faena de hacer la mochila, sacarle punta a los lápices, firmar el cuaderno, armar el bolso de deporte, el de piscina y la merienda. Y el baño y lavarse los dientes y leer al menos un capítulo. Otra vez se me hizo tarde, me cacho.

Bajamos la escalera a los tumbos, medio bailando, moviendo el culo -Cleo cleo patra la reina del Nilo, Cleo cleo patra, la reina del twist-, locos de felicidad y muertos de hambre.

Termino descongelando la milanesa que sana y salva, y cortando una ensalada fresca de lechuga y cebolla. Me abro una botellita de cerveza mientras controlo la sartén. No hablamos. Dice la música.

La laptop en la mesada, Beatles a todo dar. Absorto, hojea sus letras recién cosechadas. Las lee con el asombro inmortal de las primeras veces.  Pone un título, organiza las páginas como le parece, busca otra canción en la playlist, anota alguna cosa que no llego a ver en el margen de Help.

Una nueva carpeta de canciones empieza a respirar. A pesar de los años y la aparatotecnia, la historia, milagrosamente, se repite: la cocina, la canción, la herencia de la música casera. 

Agarro mi Pilsen, tomo del pico. Como mi vieja, pero sin reloj y sin Perales, me amuro de espaldas a la mesada y tarareo con él: “Es-con-de-me en tu memoria, quiero vivir, quiero vivir”

Y cierro los ojos. Sigo copiando canciones en un cuaderno invisible que tengo adentro. Escucho crecer a mi hijo.





22.6.12

Diario de un avatar III


El relámpago parte en dos el cielo de negro raso y alumbra a los contendientes por un intervalo.

De un lado, Bradamante se yergue montada en el hipogrifo. Es un ser majestuoso de amplias alas negras y el pico afilado del mismo material indestructible que los cascos de caballo. La mujer lo domina, lo obliga a hacer pequeños círculos a un lado y al otro en un signo de infinito que pronto acabará. 

Del otro lado, el mago la espera de pie en la atalaya. Pinabel ríe pérfido y demencial con el arma homicida al costado del cuerpo. 


La espada destila a sus pies una alfombra de sangre.  Ha asesinado a los reyes y sus vasallos, a los hidalgos y las damas del palacio, a sus nodrizas, a los niños, aún a los recién nacidos. De todos ha conservado para sí el avatar, el soplo de vida eterna que hay en cada ser, y los ha arrojado luego al vacío que se yergue tras los cimientos.

Los luchadores son tragados nuevamente por la noche sin luna.

Un trueno se desenrosca lerdo, es la detonación de cien tambores que da inicio a la contienda.  La mujer aprieta los muslos y clava los talones en el abdomen del animal con más apremio que el usual. Casi podría afirmarse que para corroborar su lealtad, desea producirle dolor.

Una agitación y un jadeo recorren el cuerpo afiebrado de Bradamante. El águila advierte, sin embargo,  que esta vez se trata de un salvataje diferente. Aunque ella jamás lo admitirá, aquel caballero encerrado en el punto más alto de la torre no es solamente otra misión que el emperador le ha encomendado a su mejor servidora.

Ella no lo conoce, nunca lo ha visto, pero el animal intuye que la amazona le ha jurado una entrega desmedida, sin reservas y sin pretensiones de posesión. A veces poco importa poseer lo que se ama, sobre todo cuando uno sabe que jamás tendrá un lugar seguro donde conservarlo.

El hipogrifo recibe las señales del organismo de Bradamante por el contacto que tiene con su alma. O tal vez es al revés, nunca lo supo con certeza.  En cierto sentido son el mismo ser: en parte rapaz, en parte corcel y en parte mujer.  Una criatura monstruosa y difícil de entender.

El amor, en su calidad cegadora, la torna tremendamente vulnerable, y a él lo desconcentra.

Lo que de ave rapaz hay en el hipogrifo duda un instante en obedecer la señal de atacar en picada o huir, esconderse, llevársela de allí.  Su lado equino, en cambio, no piensa, nunca razona, pone su cuerpo y su magnífico impulso siempre hacia adelante; estúpido animal con el que le ha tocado compartir la existencia.

La guerrera se aferra a las crines y se abalanza sobre el villano. Del choque de los aceros brotan nuevas centellas a la par de las que el cielo profiere. Lejos del riesgo, con un segundo refucilo del cielo, la silueta del caballero se hace visible, recortada tras la ventana de la torre. El hipogrifo podría jurar que el cautivo observa la batalla con los brazos cruzados.

Bradamante va a luchar hasta el final. Para eso ha sido concebida.  Su amigo lo sabe y es claro que vencerá o morirá junto a ella. No hay más destino que aquel que nos elige.

El animal mitológico rodea al mago, se ladea y echa hacia atrás las formidables alas para permitir la parábola más amplia al filo de la espada de su compañera. Un corte en el rostro y otro en la espalda agrega la sangre de Pinabel a la de los inocentes.

De pronto, el hipogrifo siente una inesperada pérdida de peso. La amazona ha saltado a la atalaya y ahora pelea cuerpo a cuerpo con el enemigo. El caballo se agita pero no ve el peligro. El águila flanquea a los contendientes avivando el aire denso con las alas.

A punto de ser derrotado, Pinabel retrocede, precisa apoyarse en la baranda caliza. Con la espada empuñada a la altura del cuello, la amazona avanza casi sin rozar el suelo para dar fin al malvado.

Un rayo imposible rompe el cielo en pedazos y perfora la piedra; el pináculo de la torre empieza a arder endemoniado. Todo es muy veloz a partir de entonces.

La décima parte de un instante es lo que Bradamante utiliza para mirar hacia el lugar donde permanece el cautivo. Ni el águila ni el caballo sabrán jamás lo que ella vio. Pero ese instante es el mismo tiempo insignificante que Pinabel aprovecha para tomarla de los cabellos y empujarla al precipicio. 

La espalda de Bradamante cruje contra la piedra y su cuerpo gira en una contorsión hacia el vacío.

El hechicero la sostiene del cabello, sobre la nada, solo el tiempo suficiente para lanzar una carcajada.

Lo que sucede después, llevará mucho tiempo comprenderlo. 


La espada de Bradamante cae en la oscuridad y no toca el fondo. El mago abre el puño y la suelta. El hipogrifo se lanza fulminante detrás de ella y con la última pluma negra del ala, rígida como una lanza, arrastra al tirano hacia la muerte.


Pero entonces, en caída libre y con el rugido más feroz que jamás una mujer ha proferido,  la amazona le ordena salvar al hombre en la torre. 


El águila se negará, se partirá en dos su alma, pero es el caballo el que manda. Siempre es el caballo. 

Bradamante cae más pesada todavía por el peso de su armadura y más rápido; su cuerpo desaparece de inmediato hasta convertirse en un punto ciego en el abismo. 

¿Quién puede juzgar el error cuándo es el amor quien lo motiva? ¿Es posible salvar a otro sin pagar el precio de emplazar un abismo insuperable entre el salvador y el salvado?

El hipogrifo piensa en ello mientras transporta al caballero de regreso al pequeño reino al que pertenece. No le preguntará su nombre.  Tampoco será capaz de juzgar si merecía o no el alto precio que se ha pagado por su salvación.



Intuye que Bradamante no morirá con la caída. Las mujeres y los abismos se entienden bien. 

Su parte de caballo seguirá trotando alegremente con el correr de los meses. El otro, su lado de águila, no dejará pasar una sola noche de luna sin sentirse abandonado.

13.6.12

Tormenta vespertina


Cuando la vi sonreír supe que llegaría a amarla. Supe también que aquel amor desigual no cambiaría de estación.
La tarde a la que me refiero, la lluvia caía pesada y burocrática, como si el cielo tratara de deshacerse de todo el agua en el menor tiempo posible.
La adiviné cruzando en sordina el corredor de baldosas resbaladizas. El cansino rumor del aguacero y los truenos esporádicos eran la coartada perfecta para cualquier delito.
A la vez que el cielo, escuché el tronar de sus rodillas junto a la cama. 
El sonido de su respiración despertó al pájaro en su jaula. Y ese animal narcotizado que habitaba a la vez entre mis piernas y en el esternón, abrió las fauces para cazar al vuelo su mirada de colibrí.
Lo que vino después se repitió otras veces; pero yo la retuve como una única tarde fatua, poblada de visiones. 
El secreto de mi nombre gemido en otro idioma, el mechón pendular sobre su frente en el vaivén de la cópula, mi dedo dibujando caracoles en su espalda.
Sentada sobre mi vientre, era una cebra pintada por el eclipse de los relámpagos a través de las persianas. Hubiese podido escribir mil ficciones sobre aquellos renglones de luz.  Hubiera deseado viajar kilómetros por la colina de esos senos ínfimos; pechos ingrávidos, de margarita, deshojados una y otra vez en la quimera de la palabra que jamás habríamos de pronunciar.  Mucho, poquito. Nada.

El verano acabó; aquella mujer, no. Todavía llueve su nombre en mi cuerpo longevo como un desierto. Todavía fulgura su silueta imposible, un boceto agitado, hecho a mano, onírico y fugaz, en el papel en blanco de la siesta de un domingo. 

29.5.12

Tres Plumas*


«Viajar, hacerle un tajo de lado a lado al mundo a bordo de un barco»

Se despertó pensando en el océano. Estaba mareado. En su cabeza se multiplicaban las ondulaciones del alcohol de la noche anterior.

Vagamente, recordaba la discusión con su jefe por unas monedas de menos, la injuria y la defensa, la piedra certera en la vidriera del bar. Daba igual. Estaba hastiado de ese empleo absurdo desde el primer día

Había caminado durante horas, olfateando el rumbo como un animal doméstico que se ha perdido después de la lluvia. 

Al llegar a la pensión, apenas quiso comer un poco de pan con queso. Recostado sobre la mesa, había gastado la noche entera junto a la botella de Tres Plumas y el cuaderno. Al mediodía siguiente, no le quedaba ni un solo rastro de lo que había pensado o tal vez, escrito; tampoco del momento en el que la ebriedad había derrotado su conciencia y lo había arrojado vestido sobre la cama.

Se levantó, puso agua a calentar y esperó junto al fuego. Los pensamientos y las cosas reverberaban. No había manera de que se estuvieran quietos.

Una baranda, el faro, la piedra. Los fragmentos del sueño que había tenido explotaban frente a sus ojos como pompas. Una falda roja, una noche sin luna, una bahía.

El hormigueo de la caldera le avisó que el agua ya estaba caliente. Preparó un café negro y volvió a la cama con la taza, el cuaderno y la birome. Algo sonrió en su interior cuando advirtió que era bien pasada la hora de entrada al trabajo. Quiso rescatar aquel sueño del olvido pero el gorjeo de una pareja de gorriones en la ventana le robó la intención. Los chiflidos le llegaban abultados,  como si él estuviera de un lado de un tubo y los pájaros del otro. Cuando apoyó la lapicera en el papel, las visiones del sueño se habían escondido. No hay caso; correr detrás de las pistas de un sueño es tan inútil como perseguir a un cachorro con una rama en el hocico. Hay que ignorarlo. Hacer otra cosa. Entonces el sueño vuelve y te deja atrapar las imágenes tras los barrotes de los renglones.

Pensó en buscar pan y deshacerlo en migajas sobre la ventana pero desechó la maniobra pensando que las aves se asustarían y luego tardarían en volver.

Volvió al cuaderno. Al principio su mano estaba muda. Después las nociones fueron llegando, primero de a una, luego asomándose varias y agolpándose para salir de sus dedos como una multitud desordenada y ruidosa de niños huérfanos.

No era la primera vez que, en estado de resaca, su afición natural por la escritura rodaba con facilidad. No escribía nada inventado; es como si estuviera copiando, a la mayor velocidad posible, algo pronunciado en su interior, algo que normalmente no es posible escuchar. Escribía frenético,  las cursivas se dibujaban carnosas y orondas sobre la página en blanco. 
Cuando detuvo la lapicera, una mancha de tinta creció desde la punta y se derramó hasta formar una verruga negra sobre el papel. Se quedó mirando la gota hasta que fueron dos en vez de una. Tuvo ganas de oler la tinta y se llevó la hoja a la nariz. La gota se derramó formando una lágrima invertida; respiró aquel sudor astringente con los ojos cerrados. Olía a azul, pero era negro.

Recién entonces una puntada leve empezó a picotearle la frente. «Tengo los gorriones adentro » . El súbito pensamiento lo impresionó porque al levantar la vista los pájaros ya no estaban en la ventana.  Tomó un sorbo de café pero no quiso buscar una aspirina. Mientras el dolor fuera así, un pichón distraído en su cabeza, quería soportarlo.

Varias veces se había sorprendido a sí mismo tolerando pequeñas molestias físicas: la rodilla de la humedad, un dolor de cintura, la carne afiebrada alrededor de una cutícula. Le gustaba transportar esos dolores sin atenuarlos, como un íntimo ejercicio de resistencia. 

El alcohol tenía el poder de espantar al miedo y sin él, el sufrimiento era inofensivo. Por obra de la resaca, el dolor redondeaba sus aristas, se volvía esférico y acolchado, confortable. Con la espalda incrustada en la almohada y en la soledad del cuarto, recordó haber leído que ciertas tribus de Oriente Medio decidían sus estrategias de guerra en total estado de ebriedad. Mientras los generales del ejército se daban la gran farra acodados en la mesa sobre los mapas de la región, un escriba abstemio anotaba las decisiones tomadas por los jerarcas. Maniobras, traiciones, batallas; todo lo que decidían los borrachos quedaba registrado. Todo se anotaba con precisión, por más extravagante, suicida o sanguinario que fuera. A la tarde siguiente, con la cabeza fría, los generales se reunían en el mismo lugar y se leía en voz alta lo que el escriba había anotado. Casi nunca se cambiaba una coma de lo escrito y el documento se utilizaba como protocolo. De guerra, como si hiciera falta aclararlo.

Los gorriones habían vuelto. Ahora picoteaban las rendijas de masilla de la ventana. Pensó en los generales. Volvió las hojas del cuaderno hacia atrás y empezó a recorrer, curioso, las páginas que había escrito bajo el mando del alcohol la noche anterior. Cuando terminó de leer, cerró el cuaderno. «Por qué no?»

Se dijo que, en sus decisiones, aquellas tomadas con el razonamiento intacto y abstemio, las personas sobreestiman aquello que tienen para perder. Y aunque creen decidir por sí mismas, muchas veces es el miedo quien decide. El alcohol, como los sueños, no ayudan a razonar con mayor claridad pero sí es un gran consejero para identificar el lugar en el que se alojan los deseos. Se puso de pie y abrió las ventanas de par en par. Las aves huyeron; la ciudad entró a su cuarto. Ofreció su mejilla a la cachetada del viento y le devolvió un suspiro.

No había nada más que pensar. Tomó una ducha, se calzó el vaquero y las botas. Buscó su mochila debajo del ropero y puso sus pocas cosas adentro –la ropa, los tres libros, el reloj, la foto de su hermana y de su madre- y cerró los cordeles. Antes de salir, deshizo una hogaza de pan sobre el alféizar de la ventana.

Caminó calle abajo, hacia el puerto. De lejos vio al barco cargando grano. 
Probablemente zarpara ese día. ¿Hacia dónde? Qué importaba. Se sentía un poco por encima de las cosas, a salvo de todo, de la rutina, de la prudencia, del control. Mientras la brisa marina le iba lavando la resaca, se dio ánimo. Cantaba por dentro y todavía sentía una punzada en las sienes.

Nunca antes había subido a un barco;  por eso se sintió más mareado de lo que ya estaba cuando cruzó el breve puente entre el muelle y la cubierta.

El viejo estaba hincado sobre una gran rueda de aparejos gruesos y encerados. Se rascó la barba cana y lo midió palmo a palmo al escuchar la pregunta. Le dijo que que, efectivamente, era su día de suerte; salían ese día y les hacía falta un marinero.



*De El Horóscopo del Bebedor. 1994